Lo prudente es continuar en estado de alarma


redacción

Los hechos siempre son tozudos y con frecuencia las normas influyen poco sobre ellos. No caben muchas dudas sobre que el estado de alarma se levantó de forma un tanto precipitada y sin cumplir los plazos que habían propuesto los especialistas. Las razones eran poderosas, pero los riesgos también, aunque la decisión la haya tomado Europa prácticamente por unanimidad, tanto de países como de fuerzas políticas. En la práctica, los gobernantes se han quitado de encima la responsabilidad y nos la han pasado a los ciudadanos.

A nadie se le ocultaba que, con varios cientos de contagios diarios en España, la movilidad entre comunidades autónomas facilitaría la aparición de brotes de la epidemia en los lugares más diversos. La llegada de turistas extranjeros agrava el riesgo, aunque moderadamente si proceden de países con un índice de nuevos casos similar al nuestro, lo malo es que las fronteras se hayan abierto a británicos y suecos, especialmente a los primeros. La seguridad que ofrecen los actuales controles en los aeropuertos es pequeña, pero nadie parece acordarse que el año pasado entraron en España 13 millones de turistas, contabilizados, por carretera, es posible que fueran más.

De todas formas, probablemente sea más peligroso el deseo de normalidad que los viajes, por eso es tan importante que la ciudadanía siga en estado de alarma. Es muy comprensible que hayan proliferado las fiestas de amigos o familiares y resulta casi inevitable que en ellas se relajen las medidas de precaución, pero la amistad o el parentesco, la proximidad afectiva, no suponen ninguna garantía de protección. Cualquiera de los reunidos puede ser un contagiado asintomático o estar incubando la enfermedad, todos sabemos lo que eso puede suponer. No se trata de mantenerse en un aislamiento voluntario indefinido, pero sí de evitar las reuniones numerosas y de mantener la distancia, aunque cueste, y las mascarillas, por incómodas que resulten, especialmente cuando se habla. También es muy recomendable evitar los espacios cerrados, aunque perjudique a los restaurantes sin terraza y a las peligrosísimas discotecas, y abusar de los geles hidroalcohólicos. Que este año salgamos menos y reduzcamos la vida social no tiene que ser una tragedia.

Lo razonable es mantener una confianza crítica en los gobernantes. Me refiero a los razonables, no a personajes como Trump o Bolsonaro, pero incluso aquellos toman decisiones como mínimo sorprendentes. El confinamiento de cinco días decretado por la Xunta de Galicia en a Mariña lucense es una medida inédita en el mundo, cuyo soporte científico no ha sido explicado. Hay que tener mucha confianza en el señor Feijóo para no encontrar una relación directa entre su brevedad y que el 12 de julio se celebren elecciones. El político gallego tiene la suerte de no ser «socialcomunista», lo que conduce a la mayoría de los medios a tratarlo con un cariño especial. Está claro que Vox no ha tenido mucho éxito al definirlo como nacionalista, «progre» y republicano.

Tampoco está claro que la sanidad se haya reforzado adecuadamente, ni que los sanitarios recibiesen de las administraciones el trato que su esfuerzo se merecía.

Mantengamos, pues, la alarma y la memoria. La primera nos ayudará a sobrevivir hasta que llegue la vacuna, la segunda a decidir cuando toque votar. Ojalá la tengan bien viva los norteamericanos, de su elección depende en buena medida el futuro de la humanidad, al menos durante unos años que se presentan cargados de incertidumbres.

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