Miguel Souto

Los líderes que están saliendo mejor parados de la pandemia no son aquellos que han puesto las mentiras, la polarización y la división por delante de la unidad y la estabilidad, ni los que han puesto el negacionismo por delante de la evidencia científica, ni tampoco los que siguen una lógica divisiva y autoritaria y hacen todo lo posible por erosionar las democracias allí donde gobiernan. Lo cierto es que el nuevo coronavirus ha puesto en evidencia al populismo ultra y a sus líderes incompetentes y los ha destapado como a los monstruos que salieron de las vacaciones que Mary Shelley, Lord Byron y el médico Polidori pasaban juntos en Suiza a las orillas del lago Lemán.

Ahora es tiempo de elecciones, y las próximas de noviembre en USA son tan importantes que ya hay observadores dignos de crédito que ven factible la posibilidad de que Donald Trump no acepte el resultado que salga de las urnas. Esas elecciones se van a celebrar, además, en plena escalada de la guerra tecnológica con China, país con el que EEUU está librando una dura batalla por la influencia geopolítica. (Como parte de esta dialéctica geopolítica, y con Rusia como tercero en discordia, destaca el pulso de la investigación en vacunas y tratamientos de la covid-19.) Lo que ahora está en cuestión es la arquitectura creativa y de seguridad que reflejaban los compromisos alcanzados tras la segunda guerra mundial, con China en el papel de la antigua URSS. China, que era un país medieval en tiempos de Mao, sigue siendo un régimen totalitario, pero ha desarrollado una industria de primer orden y destaca en casi  todos los ámbitos de la investigación y la tecnología, desde la inteligencia artificial hasta la producción de misiles.

La reelección de Trump, cuyo mandato no ha estado libre de sobresaltos ni de actuaciones extemporáneas, se complica seriamente, según parece. Además, dos grandes crisis se han cruzado en su camino en estos últimos meses: la pandemia y George Floyd, víctima de la violencia policial en Minneapolis el pasado 25 de mayo. Y ya es sabido que ha gestionado ambas crisis con unos pésimos resultados.

Por consiguiente, la pandemia ya está influyendo en los sondeos, en los que la mayoría de los encuestados contestan que Biden, que iría por delante, habría gestionado la crisis sanitaria mejor que Trump. En noviembre veremos si la covid-19 también influye en los resultados, y no solo en las encuestas.

La situación de Europa, si se compara con ambas superpotencias es de desventaja, con gran dependencia de la tecnología de los dos grandes, y está por ver que pueda jugar un papel relevante desde el punto de vista global, que en lo geopolítico se caracterizaría por combinar el mercado con los derechos sociales y las libertades. Después de vencer la resistencia de los tacaños frugales (Países Bajos, Austria, Dinamarca y Suecia), Alemania ha vuelto la mirada desde su «hinterland» hacia el sur de Europa. Uno de los objetivos principales sería  traer de vuelta la fabricación de productos de primera necesidad, como los sanitarios, para prevenir interrupciones de la cadena de suministros y reducir la dependencia de los países receptores de las deslocalizaciones. Pero también promover un mercado con potencia para la transición digital y ambiental, y con muchas dosis de formación continua.

En España, con el reto de una mayoría para los próximos presupuestos, el control de la pandemia está ahora muy ligado a las comunidades autónomas. Y todo indica que algunas no han tomado las medidas que debieran. La atención primaria, que no se ha reforzado, está en situación de gran sobrecarga y, bajo los efectos de los recortes de la década pasada, sin los medios adecuados. Además, el número de rastreadores sigue siendo insuficiente.

Sacamos esto a la palestra porque aunque ya se sabe que los grandes retos que tiene por delante la humanidad, como el cambio climático, la automatización o la propia pandemia son de naturaleza transnacional y requieren por tanto soluciones transnacionales (Michael Fuchs, Foreign Affairs), hay que dar la importancia que se merece a las elecciones de ámbito más regional, tanto a las que se han celebrado el 13-J como a las que vendrán. En las que se acaban de celebrar, el nuevo coronavirus ya ha influido: Feijóo y Urkullu han recibido votos de ciudadanos que pedían certidumbres y un cierto continuismo. En las gallegas, lo que podría parecer una cuestión evidente esconde en realidad un escenario muy ligado a la crisis sanitaria: Feijóo aparecía como el único líder opositor al Gobierno central, al tiempo que Ana Pontón emergía como la única oposición al PP.

Esto sucede cuando el convertirse en una réplica de la extrema derecha ha llevado a Casado a un estrepitoso fracaso, tanto por su nula capacidad de condicionar la gestión del Gobierno, como por su más que pobre resultado electoral. En realidad, la nueva victoria con mayoría absoluta de Feijóo en Galicia ha puesto en evidencia que habría un amplio margen para otra política conservadora. Una estrategia moderada que sin embargo la dirección de Casado ha subestimado. El anuncio de la moción de censura, después del escaso resultado electoral de la estrategia de desestabilización, solo se puede explicar como una huida hacia adelante que solo convencerá a los más aguerridos. Una oportunidad del PP para desmarcarse, que no culminará en un cambio de estrategia.

*Gaspar Llamazares Trigo (médico y analista político) y Miguel Souto Bayarri (médico y profesor da Universidade de Santiago de Compostela). 

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