redacción

Lo normal es que los invasores extraterrestres del cine quieran aniquilar a la raza humana. Es más original la idea de La invasión de los ultracuerpos y su antecedente. Lo que viene del espacio son unos microorganismos que no destruyen a los humanos, sino que los «ocupan». Los infectados conservan su aspecto, memoria y conocimientos, pero se hacen fríos e inexpresivos y se constituyen en una especie de colmena desapasionada. Los alienígenas son los propios humanos «ocupados». Los regímenes totalitarios siempre tuvieron que derrocar a la democracia y la libre elección de representantes. Tuvieron que combatirla, prohibirla y prohibir el uso público de su vocabulario: libertad, elecciones, participación; esas palabras aquí fueron subversivas. Las mutaciones recientes del fascismo no hacen eso. No es probable que Bolsonaro o Trump quieran el fin de los partidos y las elecciones. En España la extrema derecha a la vez difunde vídeos nazis y exige democracia «auténtica» y Constitución. El autoritarismo actual prefiere el sistema de los ultracuerpos, no destruir la democracia, sino «ocuparla» y que la democracia sea el cascarón de esa sociedad totalitaria que siempre es la misma. No hay espacio aquí para hablar de esas democracias ocupadas y no nos hace falta. Basta mirar para Brasil, Hungría o Polonia. La sociedad se hace totalitaria cuando desaparece de hecho la división de poderes, la prensa independiente, el control al Gobierno y la posibilidad real de alternancia, aunque haya elecciones y las leyes acepten el pluralismo. Para llegar a eso tiene que envenenarse la política, arrastrar a la población al sectarismo y a una trinchera permanente contra enemigos imaginarios y tener a la gente distraída de lo que le están quitando. Ese tipo de actividad ultra está en nuestras sociedades y la pandemia creó un espacio emocional alterado que lo facilita. La atención a los asuntos públicos tiene que fijarse en los incidentes que mueven las conductas colectivas en esa dirección, teniendo en cuenta que no siempre las instigan los interesados.

Hay revuelo con la campaña severa del Ayuntamiento de Gijón, en la que se regaña a la juventud por su conducta con la epidemia. No me interesa aquí la discusión sobre si la juventud se está comportando bien o mal. A ese respecto, solo percibo ciertas obviedades: 1. La conducta de grupos de jóvenes es demasiadas veces entre descuidada y negligente y no hay que echar azúcar a la irresponsabilidad. 2. Las conductas juveniles en otros países son parecidas, por lo que el mayor daño económico y sanitario que sufre España no puede achacarse a los jóvenes de aquí. 3. Las fiestas juveniles no son los únicos focos de los brotes y no son la razón por la que se tema la llegada de septiembre. Una campaña que los señale de manera tan prominente es inevitablemente arbitraria. Pero lo que me interesa no es esto sino el molde de la campaña a propósito de los hilos de autoritarismo que culebrean en nuestras democracias. Asociar hechos menores con grandes males, por ejemplo una campaña municipal con el fin de la democracia, es una actitud sectaria. Pero no escrutar los incidentes de la actualidad y la dirección a la que apuntan es una simpleza. Sin ánimo de sectarismo ni simpleza, diría que hay tres aspectos en esta campaña que no provocarán la caída de Occidente, pero que son dañinos.

El primero es culpar a la población de sus problemas. Es una parte esencial de la propaganda neoliberal que quiere dar apariencia ética a las desigualdades. Consiste en proyectar a los desfavorecidos (solo a los desfavorecidos) la moral del padre severo intachable: no encuentras trabajo, porque no te formas o no te esfuerzas; pierdes tu casa por endeudarte por encima de tus posibilidades; no puedes pagar el máster de tu hija porque lo gastaste en otras cosas; no puede vivir con la jubilación porque no ahorraste. La extrema derecha intensifica esa propaganda asociando la pobreza con grupos, reales o imaginarios, a los que pueda denigrar con mentiras, exageraciones o distorsiones. Es un paso más. Ya no es que los desfavorecidos se lo buscaran sino que son gentuza. Recordemos que estamos hablando del molde de la campaña y lo que entiendo que son malas costumbres. No se trata de que la campaña defienda la desigualdad. Se trata de que ese molde de culpar a la población de su situación, que aquí se usa para dar una colleja a los jóvenes, refuerza una manera de tratar con la población utilizada intensamente para privarla de derechos. La gente debe sentirse responsable de los asuntos públicos, pero debe ofrecer resistencia a la tendencia de hacerla culpable de lo que se le quita. El formato de «ahora no me vengas con lágrimas» se está empleando para los peores contrabandos.

El segundo aspecto está relacionado con el primero. La desigualdad es más aceptable si convencemos a la gente de que los desfavorecidos se aprovechan de la mayoría y la perjudican. Es importante convencer a los desfavorecidos de que lo son por el privilegio de otros desfavorecidos. Hay un tipo de moralidad que estimula con mucha naturalidad este aspecto de la propaganda. Es la que hace consistir la integridad propia en el juicio de los incumplimientos ajenos, esa conducta avinagrada de señalar y condenar y sentir el bulto de la dignidad propia en ese señalamiento y condena. En el Reino Unido y EEUU, por ejemplo, se consiguió que mucha gente incluso se movilizara para limitar la atención médica a los fumadores, por ser responsables conscientes de sus riesgos. A partir de ahí, las aseguradoras americanas pretenden negar la asistencia al que come beicon o grasas. No hay nada mejor para afirmar la desigualdad que sea la población la que defienda la exclusión y para eso no hay nada mejor que educar el hábito de ver la virtud propia en el juicio del vicio ajeno. La pandemia fue un ecosistema muy fértil para esta actitud, como recordamos. Una vez más, la campaña no pretende publicitar la desigualdad. Pero es evidente que el mensaje de los carteles no es para los jóvenes, aunque parezca apelar a ellos. A quien más moviliza el mensaje es a los demás, incita a que todos nos digamos que es verdad, que ya está bien, que parece que con ellos no va la epidemia. Repito que no hay que echar azúcar a la irresponsabilidad, pero la campaña educa en la población esa actitud insana de escrutinio y condena de lo ajeno que se está estimulando en otros frentes para causas abiertamente reaccionarias. Hay leyes, hay policías, hay multas y castigos. Con esos mimbres de un día para otro todo el mundo, jóvenes y mayores, dejaron de fumar en lugares cerrados. Que funcione el sistema, sin espontáneos que salten al ruedo a poner orden.

El tercer aspecto dañino de la campaña es la de señalar a un grupo reconocible como causa de un problema general. No pasa nada por criticar con aspereza una ideología, un partido o una actitud. Pero cuando se habla de un grupo de personas reconocibles a simple vista y se da más relevancia al grupo que al individuo se está entrando en zona peligrosa y se está educando un tipo de actitud muy delicado. No hace falta recordar lo querido que es este formato de propaganda para la ultraderecha. Como en los casos anteriores, no se trata de que la campaña contenga mensajes ultras. Se trata de que la costumbre de buscar en grupos humanos, insisto, que se puedan ver a simple vista (raza, género, edad, vestimenta definitoria, elementos externos de culto, …) la causa de los males comunes es un potro que no se puede domar y reservar para las causas «buenas». Una vez desbocado, es incontrolable.

En el muestrario tópico de frases de Churchill se incluye la de que la buena suerte es el cuidado de los pequeños detalles. La campaña del Ayuntamiento de Gijón pasará sin pena ni gloria por la historia universal. Pero es desafortunada en el sentido apuntado por Churchill. Hay en ella detalles cuyo descuido tiene que ver con los males con los que los ultracuerpos autoritarios quieren ocupar y vaciar las democracias. Que no tengamos que decir «te lo dije».

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La democracia ya no excluye la dictadura. Te lo dije