El extraño caso del Suzuki Jimny

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto CRÓNICAS DEL GRAFENO

OPINIÓN

10 sep 2020 . Actualizado a las 09:52 h.

En el 2018, hace solo dos años, el fabricante japonés Suzuki presentó la cuarta generación de Jimny, un pequeño todoterreno de menos de 3,5 metros y con una única motorización de gasolina que rinde 102 caballos. A pesar de sus modestas cifras, resulta que este modelo se lleva fabricando desde 1970, cuando se lanzó con la denominación LJ10, y desde entonces se han vendido más de 2,5 millones de unidades. Uno más de los muchos éxitos de la industria automotriz nipona.

Este último Jimny llegaba a un mercado saturado de SUV y crossover -vehículos elevados con aspecto de 4x4 pero en realidad escasas aptitudes camperas, pensados para los coroneles tapioca urbanitas- y en plena fiebre del ión-litio, con las mecánicas híbridas en auge y marcas como Tesla apuntando a un futuro exclusivamente eléctrico. A priori, la propuesta de la firma de Hamamatsu era un anacronismo, pero...

Pero el diseño de esta versión del Jimny se reveló como un auténtico acierto, con sus faros redondos, su carrocería de puertas y ventanillas rectas, y un interior que combinaba detalles retro -como la palanca de cambio con base de fuelle- y las últimas tecnologías de seguridad -luces led, detector de fatiga del conductor, aviso de cambio involuntario de carril, reconocimiento de señales, control de descenso, frenada de emergencia...-. Encima era un auténtico todoterreno, con tracción total, unos ángulos muy favorables, buena distancia libre al suelo (21 centímetros), reductora y chasis de largueros y travesaños.

Los pedidos se dispararon y la lista de espera llegó a ser de varios meses, hasta que llegó la Unión Europea y dijo basta: las emisiones del Jimny superaban la norma de 95 gramos de CO2 por kilómetro recorrido. La misma UE que acepta mastodontes diésel e híbridos que pesan más de dos toneladas y cabalgan con cientos de caballos, pero que gracias a un pequeño motor eléctrico pueden pasar las pruebas anticontaminación, aunque luego nunca vayan a circular en las condiciones de homologación.

El Jimny, a pesar de su éxito, dejó de venderse en Europa. Pero ahora Suzuki lo ha resucitado como vehículo comercial ligero, a los que Bruselas permite llegar hasta los 147 g/km de CO2. Es el mismo coche, pero con solo dos plazas y toda la zona posterior convertida en un área de carga de fondo plano. Sigue teniendo un encanto irresistible y su precio —en España partía por debajo de los 20.000 euros— lo pone al alcance de muchos bolsillos. Ya veo a la gente encargando la banqueta y el respaldo traseros y burlando así a los burócratas de Berlaymont. Larga vida al Jimny.