El profesor J. L. Jiménez, de la Universidad de Colorado, ha lanzado al mundo un remedio infalible para someter al virus que nos asola: estar calladitos. Se estima que si la humanidad estuviese callada durante dos meses la pandemia desaparecería. Los virus se transmiten a través de las partículas de saliva que proyectamos -como si fueran un aerosol- al hablar: cuanto más alto y más tiempo hablamos aumentan las probabilidades de transmitir el bicho; hablando bajito la probabilidad se reduce cinco puntos, y estando en silencio llega a los cincuenta.

La demostración la da Japón, que tiene un 98 % menos de muertes por covid que EE.UU. o nosotros, y sin parar su actividad. Los metros de Tokio o de Nueva York van igual de abarrotados, pero en el japonés está prohibido hablar en voz alta (si es que se habla).

Jiménez propone implementar en la sociedad las normas de las bibliotecas y colocar en la entrada de todos los centros de reunión un cartel que diga: «Silencio, por la salud de todos». Se entiende mejor por qué nuestro país es uno de los más afectados del mundo si tenemos en cuenta los decibelios que emitimos al hablar, lo que nos gusta cantar y los berridos de berrea que lanzan nuestros adolescentes y talludos ciudadanos. Sin duda sería una medida eficaz, y una de las pocas derivadas positivas de este condenado virus: conseguir bajar de tono la comunicación y cultivar más el silencio.

Creo que fue el maestro Antonio Bienvenida -hombre parco en palabras- quien, sentado en el porche de su finca mirando al infinito de la dehesa andaluza, recibió la visita del mayoral, que saludaba sin parar: «Buenas tardes, maestro, qué bien que está usted ahí, qué tarde más guapa». A lo que el maestro, inmutable, contestó: «Calladitos estamos mejor». Pues eso.

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