Sociedad del silencio


Un estudio de la Universidad de Colorado, comentado hace unos días en este diario, ha llegado a la conclusión de que hablar bajo disminuye mucho el contagio de covid-19, al reducir la emisión de las partículas con contenido viral emitidas desde las vías respiratorias de las personas potencialmente transmisoras. Ese es el motivo por el que los cines, donde los usuarios permanecen en silencio, con mascarilla y a la distancia adecuada, pueden ser más seguros que los restaurantes, donde estamos sin mascarilla y participando activamente de la relajante tertulia con los amigos; y por otra parte el metro de Tokio, lleno de pasajeros caladiños, más seguro que el de Madrid, colmado de parlanchines.

Pero la palabra sigue siendo, después de siglos, la herramienta imprescindible para exponer y discutir los problemas y acordar soluciones que convengan a los ciudadanos, por lo que los políticos no pueden apoderarse del silencio. En estos tiempos revueltos, algunos de ellos se han situado en el otro extremo, haciéndose verbalistas y excesivamente retóricos. Parece que se prestan más a la representación que a la discusión y la comunicación de lo que acontece, imitando a los oradores políticos atenienses, que copiaron a los actores del teatro griego.

Demóstenes, el más grande, se peló la cabeza, a fin de verse obligado a mantenerse confinado y poder dedicar todo su tiempo al entrenamiento en la oratoria. En estos tiempos no le hubiese valido para forzar su reclusión, ya que, afortunadamente, nos podemos relacionar socialmente tanto con la cabeza rapada como con el moño recogido en la nuca. Cuestión de genética y de ideología.

No es necesario que le pidamos a nuestros líderes que apoyen la verdad de sus palabras en la virtud de sus vidas, pero sí que dimane de un trabajo concienzudo capaz de aportar soluciones y no la confusión, que nos lleva a una sensación de abandono y de impotencia.

En estos tiempos en que libramos una guerra cruel contra una pandemia sería bueno conocer si alguno de nuestros políticos se atreverá a hacer la pregunta reflejada en la primera filípica: «¿Cuándo pues, atenienses, cuándo cumpliréis vuestro deber?». En esta España, con muchos ciudadanos actuando como un público poco reposado, incapaz de renunciar a festejos y celebraciones, otros con recursos escasos viviendo en precariedad, y demasiados políticos vacíos de contenido, da la impresión de que ese deber nuestro no lo cumpliremos. Parece que dependemos solo de la ciencia para ganar nuestra contienda al coronavirus.

Por Francisco Martelo Secretario general de la Real Academia de Medicina de Galicia
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