La Real Academia de las Ciencias sueca ha otorgado el Premio Nobel de Química 2020 a dos investigadoras, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna por «el desarrollo de un método de edición genética». Su mérito es incuestionable, han premiado la aplicación, pero las bases las sentó el microbiólogo español Francis Mojica cuando descubrió la técnica de edición de genoma CRISPR como un mecanismo de defensa de unas bacterias de las salinas de Santa Pola contra los virus que las acechan. Charpentier y Doudna han revolucionado la biotecnología y biomedicina al aplicar el conocimiento publicado por Mojica a la edición de material genético de prácticamente cualquier especie, lo que conlleva múltiples aplicaciones, incluido el potencial tratamiento de enfermedades genéticas o el desarrollo de kits de diagnóstico. CRISPR es el paradigma de que sin ciencia básica no hay ciencia aplicada. En ciencia, como en cualquier otra disciplina, la comunicación y el lobby, trabajado de forma ética, son esenciales. Nuestra diplomacia y estructura de lobby no han sido lo suficientemente efectivos; en Europa quizás somos más conocidos por el fútbol y el turismo. Igual es hora de cambiar de rumbo. Estamos en el siglo XXI, y el covid-19 nos ha demostrado el poder de la ciencia: el que descubra antes, gana. El resto compra y paga los puestos de trabajo en los países que han generado esas tecnologías, fármacos, kits de diagnóstico o vacunas.

Un laboratorio medio en España y en Galicia como el de Mojica no puede competir con Charpentier o Doudna porque su presupuesto es infinitamente menor. No tenemos las infraestructuras, apoyo y capacidad de desarrollo que sí tienen otros países. La I+D+i no es una prioridad en nuestro país. Las patentes de CRISPR tienen un volumen de mercado estimado superior a 46.000 millones de dólares solo en medicina. Pero no son españolas.

Un claro ejemplo de lo poco que se valora a nuestras científicas y científicos fue la concesión del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica del 2015 únicamente a Charpentier y Doudna. Si ni siquiera nosotros hemos promovido suficientemente la candidatura de Mojica ¿cómo podemos ahora reclamárselo a la Real Academia de Ciencias sueca? En ciencia un ladrillo sienta las bases para otros descubrimientos. Es el puzle del conocimiento científico, y en este caso la pieza inicial la ha puesto sobre la mesa un español. Mojica es para siempre parte de la historia de este premio y del futuro tan prometedor de su CRISPR. Es difícil no sentirse decepcionada y desatendida. Hemos perdido una gran oportunidad.

Por María D. Mayán Santos Directora del grupo de investigación CellCOM, del Instituto de Investigación Biomédica (Inibic)

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España, Mojica y aquella oportunidad