Los bulos, el control de la información, Europa


En las conversaciones que tenemos con los amigos no solemos contarnos nada. Para eso son los amigos. Felizmente, no es habitual que necesitemos su ayuda o lealtad. Los amigos son para compartir el tiempo sin propósito, para que el tacto social sea grato y para poder hablar sin decir nada y solo para estar ahí. Hablamos solo para estar presentes. Es un alivio. Malo sería que a todas horas tuviéramos algo que decir. Y malo sería que no viéramos a los amigos más que cuando tenemos algo que decir. Hablar sin decir nada es una bendición.

Tan cierto como esto es que en breve la mayor parte de lo que nos digan en medios públicos será falso. A diferencia de lo que nos pasa con los amigos, los medios públicos solían usar el lenguaje para decir cosas. La manipulación y la falta de ética periodística son males que existieron siempre, como la estafa o el pedrisco. Pero ahora la prensa tiene una doble presión de las redes sociales. Una es la rapidez, porque en la red social la información es descuidada e insolvente y por eso es el primer sitio en el que se difunden las novedades. Y otra es la progresiva deformación del receptor, cada vez más impaciente y más ávido de estridencia y de fogonazo rápido, para quien el periodismo va resultando lento e insulso. En la vida pública, entonces, el lenguaje también va dejando de usarse para decir cosas, pero aquí es para embrutecer, avivar odios y petrificar certezas grupales necias.

Se habló mucho de la intervención rusa en la elección de Trump a través de campañas de bulos. Ahora mismo Trump intenta una especie de golpe de estado, haciendo que los colegios electorales de ciertos estados asuman los votos electorales suplantando los votos populares. Para ello necesitan complicidades en órganos judiciales con fuerte presencia ultra. Pero necesita una fuerte controversia en la opinión pública sobre la limpieza de los recuentos. Y de nuevo tenemos la campaña de bulos para alimentar esa controversia. También se habló de la intervención extranjera en ciertos momentos del intento secesionista catalán. Algo habría. Claro que también fue una cadena de bulos la que llevó al mayor Trapero a una petición de diez años de cárcel y acaban de reponerlo en su puesto.

El daño de los bulos es una evidencia. Envenenan las situaciones críticas, confunden a la población y agitan prejuicios. EEUU prefiere una Europa a granel a la actual UE. Trump maniobraba con brutalidad, pero que nadie espere otra cosa de Biden. Rusia también lo quiere así. China ya veremos. Y Turquía provoca quiebras entre Francia y Alemania. Las potencias actuales y las que vienen no quieren a la UE. Europa hace bien en sentirse amenazada porque lo está. Y es verdad que la desinformación es una herramienta de la amenaza. También, desde dentro, la extrema derecha corroe las democracias y se están destacando en el recurso a los bulos, siguiendo la estela de Trump y el asesoramiento que les llega desde allí. Hay un problema con la desinformación, de eso no hay duda.

La ley contra la desinformación aprobada por el Gobierno parece solo un primer paso hacia algo. Si es lo que parece, es maligna. Si no lo es, su puesta de largo fue bien torpe. Los bulos y su intoxicación se deben pensar como pensamos en los gérmenes que amenazan nuestro cuerpo. Siempre están ahí asediando. Las potencias los utilizarán como parte de sus estrategias geopolíticas. La ultraderecha los utilizará para crear el estado de enfrentamiento que lleva al sistema totalitario. Hay dos cosas que no hacemos para defendernos de los gérmenes: las curas abrasivas y la asepsia desmedida. Una vez vi a alguien hirviendo el chupete de su pequeña porque había tocado el suelo de la cocina. Le pregunté con coña si cuando ponía la mano en el suelo también se la hervía. No hacemos curas que dañen el cuerpo. Cuando los anticuerpos son tan abrasivos que atacan a nuestro cuerpo tenemos una enfermedad autoinmune, no una protección. Y tampoco nos protegemos con trajes de astronauta en tiempos de gripe. La asepsia desmedida crea más problemas que la gripe en sí. Una comisión gubernamental (no pública, gubernamental) que distingue la información verdadera y actúa contra la difusión de la falsa es delicada y puede ser ella misma el termitero de la democracia. En el caso más suave puede ser una protección que asfixie libertades básicas y en el más grave puede ser una enfermedad autoinmune, un sistema que ataca igual la información dañina que la simplemente discrepante. No debemos olvidar que la extrema derecha no busca ya golpes de estado y dictaduras militares. Busca ocupar la democracia e inutilizarla sin derruirla. Una herramienta de protección abusiva o de coerción mal reglada a la información, en manos ultras, es el tipo de herramienta que lleva a la democracia disecada que buscan: con su forma intacta, pero muerta.

Además no es una cuestión de verdad o falsedad. Los bulos, las fakes, no siempre intentan engañar. Intentan envolver estados de ánimo con clichés fáciles de repetir que encajan con emociones negativas de quienes los repiten, que ayudan a propagar esa emoción y que operan en sus seguidores como sucedáneos de inteligencia: gritar esos clichés disparatados les hace sentirse con ideas claras. Por supuesto, acaban distorsionando la percepción de las cosas, pero es una ingenuidad creer que se combate a los bulos con la verdad.

En tiempos de confusión no íbamos a esperar réplicas políticas de altura. El PP confía en que no nos acordemos de que Javier Krahe o Willy Toledo se vieron ante un juez por expresiones que disgustan a la Iglesia, mientras algunos de sus púlpitos tronaban odios contra homosexuales o feministas. Pero además la forma en que el PP moverá este asunto será, como otras, un ejemplo de desinformación organizada por políticos y prensa lacaya. Si un partido denuncia a la UE una ley de su país, la UE delibera y acepta o rechaza la denuncia. El PP tiende a llevar a Europa todos sus frentes con el Gobierno para dar la sensación de que Europa lo cuestiona. Mientras la UE delibera cada denuncia, la prensa lacaya pondrá titulares de que Europa vuelve a recelar del Gobierno. Se trata solo de generar propaganda y titulares espurios durante un tiempo: justamente desinformar. A esto se aplicará con esta ley. Y las asociaciones periodísticas que fingen sofocos en nombre de la democracia tendrían más crédito si habitualmente señalasen y denunciasen las faltas a la ética profesional y a la independencia periodística (la falla ética no es ser conservador, católico, monárquico o de izquierdas; es no ser independiente).

Como digo, habrá que ver hacia dónde quiere llevar el Gobierno esta cuestión, pero desde luego no fue un lince el que la puso en marcha. En una democracia es legal ser idiota y hasta mala gente y mostrar la idiotez y la maldad en expresiones públicas. Los fenómenos nuevos, como la proliferación de bots, bulos y grupos organizados en la red social, pueden obligar a formas nuevas de vigilancia, pero no a redefinir la convivencia y mucho menos los derechos. La información debe tener emisor conocido y responsabilidades para ese emisor cuando haya daños deliberados. Ya hay leyes para eso. Lo más eficaz para el control de los bulos, aparte de dispositivos eficaces que los señalen y desmonten cuando se producen, es lo mismo que nos protege de los gérmenes que siempre nos acechan: los anticuerpos ordinarios del organismo. Y eso tiene siempre dos ingredientes de partida: una población verazmente informada y una población razonablemente culta. Las asociaciones de prensa que dejen de fingir desmayos por el ataque a la libertad de expresión y se ocupen de lo primero, y eso ahora mismo implica crítica severa y habitual. Y el Gobierno que se ocupe de lo segundo. Si el sistema educativo sigue eliminando las materias que sitúan a la población en los procesos históricos y que fortalecen la observación, el buen juicio y el buen gusto, cada vez tendremos más bobos gritones consumidores de bulos que, eso sí, a lo mejor saben pilotar drones, programar videojuegos o montar una empresa de apuestas.

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