Gobiernos de ciencia ficción


Ciudades en las que no se puede entrar o salir, vigiladas por controles policiales; personas que increpan y delatan a sus vecinos; negocios señalados como proscritos y obligados a cerrar; anuncios por megafonía en el metro y el autobús que advierten «evitad hablar»; colas de hambrientos; médicos animando a inocular de forma forzosa a la población; un gobierno que pretende instaurar un Ministerio de la Verdad...

Podría ser una historia de ciencia ficción, una de esas distopías que pueblan la literatura y el cine: Fahrenheit 451, 1984, Cuando el destino nos alcance, Doce monos, Los juegos del hambre y tantas otras. Pero es real. Y lo peor es que no es nueva, esta pesadilla ya la hemos vivido. Podríamos estar hablando del gueto de Varsovia; del NKVD (policía secreta y ministerio del interior) de la Rusia de Stalin; de la Alemania que marcaba con una estrella amarilla las tiendas de los judíos; del Holodomor o hambruna ucraniana como consecuencia de los planes de colectivización soviéticos; del doctor Mengele y sus experimentos con niños; de la censura franquista.

Siempre que hay una crisis existe la tentación por parte de los que gobiernan de prohibir, restringir, recortar derechos o directamente anularlos. Pero no estamos en guerra, no se pueden aplicar medidas más propias de un estado de excepción que de una democracia. Menos toque de queda y más decisiones proporcionadas.

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