Cuando jura el mercader, en guardia te has de poner. Este pareado menor que nos sale, bien podría haber sido recitado en los tiempos medios, y en los antiguos, y en los modernos también. Quintiliano advirtió hace dos milenios que no conviene jurar, aunque hizo una salvedad: la necesidad. ¿Tenía necesidad Pedro (San) de jurar (negar), y hasta tres veces, que no conocía a Jesús para luego ser crucificado cabeza abajo? ¿Tenía necesidad Pedro (Sánchez) de jurar (negar), y hasta nueve veces, de adversarios e imposturas para luego políticamente prostituirse? (El presidente cantó cuan gallo bíblico poco antes y poco después de llegar a La Moncloa la lista de los nueve compromisos de los que ahora re-niega. Por nuestra parte, examinaremos los más transcendentales, que agruparemos en tres bloques).

Bloque A. Primer canto del gallo. Pactos

Ya da tedio referir la repulsión que le causaba a Sánchez la sola idea de abrirle a Pablo Iglesias las sábanas de la cama conyugal para consumar el matrimonio. Ahora bien, este acto ano-político, en sí, santificado conforme a los mandamientos de la Iglesia del Pueblo Tonto del Culo, es el comienzo habitual en las uniones de conveniencia, que con idéntico hábito suelen degenerar al poco tiempo.

En este «descenso a los infiernos» de la pareja de moda, Iglesias, de idiosincrasia ultra populista, explora y explota las debilidades del ultra ego de Sánchez, dilatando su cuerpo para que acoja a otros miembros de diámetro mayor, Arnaldo Otegi y Gabriel Rufián: pacto de Podemos con Bildu y ERC en los Presupuestos del Estado. Es decir, que una parte del Gobierno, Podemos, se la mete doblada a la otra, PSOE.

Los pactos, de palabra o pluma, se exportan a las comunidades, como la navarra, en la que la socialista María Chivite, presidenta cum laude por la gracia de Bildu, con esta formación aberchale acaba de atar las cuentas de 2021. Hace cinco años Sánchez, con una rotundidad creíble («lo digo cinco, o veinte veces») negó que fuera a pactar con ellos (los que someten al «terror popular» a Alsasua, población en la que los niños cantan a los guardias civiles un estribillo que empieza con «¡hijos de putaaa!, ¡hijos de putaaa!». ¿Los derechos de la infancia?, salvaguardados; ¿la tarea del ministro del Interior?, cumplida).

Ha de quedar resuelta la siguiente cuestión, muy al gusto de los falsos progres. Bildu (y ERC) es un partido constitucional y con legítima representación en el Congreso, aducen los falsos. Pero también lo es el fascista Vox, aducimos nosotros. Por consiguiente, igual de repugnante es conciliar con los que no condenan los crímenes de Franco como con los que no condenan los crímenes de ETA.

Sin embargo, agravios al olvido, que el vice sigue entronizado, a la izquierda del presi, para que ponga «la mano izquierda sobre mi cabeza, y con la diestra me abrazará» (Cantar de los Cantares).

Bloque B. Segundo canto del gallo. Nacionalismos

En 2016 Pedro Sánchez afirmó en el Congreso: «Lo digo aquí para que conste en acta. Yo no voy a permitir que la gobernabilidad de España descanse en partidos independentistas». Solo tres años después la gobernabilidad en ellos descansa. Como si se reescribiera el título del libro de Stephen Vizinczey En brazos de la mujer madura por el de En brazos de los hombres maduros (en ellos descansa la gobernabilidad y Sánchez, que tanto des-monta).

Adriana Lastra sostuvo que son las «nuevas generaciones» socialistas a las que «toca tomar decisiones, no a nuestros mayores». Este mensaje fue un puntapié a esos «mayores» dado en menos que canta un gallo. Dejando aparte que Fernández Vara, Adrián Barbón, García-Page, Javier Lambán y Susana Díaz no están entre «nuestros mayores» (tampoco Chivite, Puig y Armengol, pero estos, a cambio de efímeras chucherías elaboradas expresamente para adultos golosos, ceden sus reinos a los nacionalsocialistas; y tampoco lo están los ministros Nadia Calviño, Margarita Robles, Juan Carlos Campo y Reyes Maroto, que empiezan a atreverse a denunciar las traiciones del de Galapagar). Dejando esto de lado, señalábamos, lo no sorprendente es lo «descuidado» que Lastra tiene las lecturas de los textos que fundaron Europa, los grecolatinos, en los que las sentencias de «sus mayores» iban a misa.

Pero véanse más promesas del comandante general de estas «nuevas generaciones», que dice la Lastra del antes era javierista, ahora soy sanchista y, mañana, Dios proveerá. Sánchez está preparando una reforma del Código Penal para rebajar las penas por sedición, que el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, nos ha traducido: beneficiará a Puigdemont y a los sentenciados del procés. Por birlibirloque, esta «gracia» es posterior al compromiso adquirido por el monclovita en la última campaña electoral, por el que incluiría como delito la convocatoria misma de referéndums ilegales.

La apertura de sus carnes a otros, de la que su consorte Iglesias no solo disfruta como cornudo, sino que le lleva de la mano de catre en catre, tiene su felicísima plasmación en la expulsión del castellano de Cataluña (y País Vasco, etcétera, etcétera). De hecho perseguida, perseguidos sus hablantes al modo del Santo Oficio Siglo XXI, el castellano, con la Ley Celaá, es oficialmente condenado a la hoguera.

Anotar que el Artículo 3 de la Constitución, en su apartado 1, establece que «el castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla», es una vaciedad, un equivalente a la «nieve frita» buenista, papel mojado por las aguas fecales que le arrojan desde periferias atiborradas de viagra.

Bloque C. Tercer canto del gallo. Monarquía

Donald Trump explota la Buena Nueva que han traído los Nuevos Tiempos, el nacimiento y crecimiento del mesías digital. A través de él, Trump está demostrando que se acabaron los golpes de Estado con tanques, que más determinantes que estos son los tuit-consignas, pero no los meramente falsos, sino los muy, muy falsos. Cuanto más falsos, más creíbles. Más encandilan. Más arrebatan.

Ejemplos. El 71 por ciento de los votantes republicanos asegura que les han robado las elecciones; la pandemia del coronavirus es un invento, una conspiración planetaria de poderosos para hacerse con el control del Mundo; la monarquía (española) «maniobra» contra el Gobierno. Esto último es cosecha de Pablo Iglesias, que es, precisamente, lo contrario de la verdad que, a su vez, se erige como tal, como verdad. Porque es Iglesias el que maniobra contra la monarquía. Porque Iglesias sabe (lo sabe hasta quien, no estando leída/o, es avispada/o: Adriana Lastra) que el rey es bastión a derruir.

Resultados. Entre otros desprecios, el pasado 1-O Sánchez le prohibió a Felipe VI viajar a Barcelona, aduciendo cínicamente que no se podía garantizar su seguridad. Cínicamente porque el entonces presidente de la Generalidad, el hiper racista Joaquín Torra, sostuvo lo contrario.

En suma, y reiterándonos, esta ya no es una nación. Es una mierda que se extiende por medio millón de kilómetros cuadrados. Y no hay vuelta atrás. Y el último gran hacedor es el Sánchez de las palabras y los hechos, que de antiguo vienen las advertencias del Hijísimo: «Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?» (Lucas, 7, 15-16). En román paladino: «Obras son amores, y no buenas razones».

(Como Sánchez no es un filósofo, sino un político, un político además golfante, fue incapaz de pergeñar la sabia estrategia de Anaxarco. Cuenta Máximo Valerio que Alejandro Magno iba a mandar su ejército contra la ciudad de Lasata, en la que vivía Anaxarco que, como Aristóteles, fue maestro del macedonio. Como Alejandro intuía que Anaxarco le pediría que no lo hiciera, al verlo acercarse le dijo al anciano: «Yo juro por los dioses no hacer cosa alguna de cuantas me pidieres», a lo que Anaxarco respondió: «Te pido y suplico, Señor, que derribes y aniquiles la ciudad de Lasata, donde yo nací». Y Alejandro, o sea, Iglesias, no atacó la ciudad, o sea, España, y Anaxarco, o sea, Sánchez, salvó a su pueblo, o sea, a los españoles).

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De las palabras y los hechos de Pedro Sánchez