La plazuela San Miguel

Plazuela de San Miguel, Gijón
Plazuela de San Miguel, Gijón

Poca gente habrá que conozca Gijón y no conozca la plazuela. Lo que no sé es cuanta gente sabrá que no es la plaza del arcángel San Miguel sino del general San Miguel. Es posible que alguien se acuerde de ver el busto de un señor con barba, pero realmente ¿cuánta gente sabe quién era? Evaristo Fernández de San Miguel y Valledor es como se llamaba. Evaristo era un chaval de familia acomodada que nació y se crio en Gijón. Con 20 años se hizo militar y se fue a vivir a Madrid. En 1808, cuando Evaristo tenía 23 años, a Napoleón se le antojó invadir España y los Borbones le dijeron, pase usted, todo suyo, está usted en su casa. Así José Bonaparte fue rey por la gracia de las espadas. 

El 25 de mayo de 1808, la gente de Oviedo se enteró y se lo tomó a mal. Así que sugirió, con las armas en la mano, que se hiciese una declaración unilateral de independencia, como la de Cataluña, pero en serio. La Junta General de Asturias se declaró soberana, organizó un ejército y solicitó ayuda al gobierno inglés. Riego y Evaristo se marchan de Madrid, regresan a Asturias y se unen al ejército asturiano.

Si esto no te suena y el 2 de mayo sí, quizá sea porque interesó más contar una revolución fracasada que una triunfante. Eso del pueblo que se inmola en el altar de la patria está bien, pero yo casi que prefiero recordar las victorias. Es la rebelión del pueblo de Oviedo y los ilustrados asturianos la que tiene éxito. La «salvación de España» en aquel momento no estuvo en Móstoles, sino en Oviedo y en Cádiz. Nuestro amigo Evaristo lucha en el frente hasta caer prisionero y permanece varios años hasta el fin de la guerra en prisión en Francia volviendo luego a Madrid con 29 años.

Por su parte, Fernando Borbón, que había vivido como un rey en Francia, volvió con la guerra finalizada. Al llegar vio que dónde va a parar que haya leyes frente a la hermosura de que un rey decida graciosamente sobre la vida y la hacienda de sus súbditos. Así que derogó la constitución y reinstauró el absolutismo. Vamos, dio un golpe de estado. Siempre hay algún perroflauta que se queja de los reyes legítimos, por lo que, los años siguientes, entre 1814 y 1820 hubo cierta crispación política. Como no había tertulias en televisión para insultarse, se dieron anécdotas como la de la sublevación de Valencia.

Un grupo de militares se juntaron para conspirar contra el capitán general de Valencia, del que se decía que era un poco chulo. Cuando estaban reunidos una noche, un chivatazo permitió al tal capitán general aparecer allí sable en mano a detenerlos. El cabecilla de la sublevación, un coronel, sacó su propia espada y arremetió contra el general, pero parece que tenía poca puntería o había poca luz, porque le dio al marco de la puerta, el general tenía mejor vista y le atravesó con la espada. El juicio fue rápido, todos condenados a muerte, primero ahorcarlos y luego arcabucear los cadáveres, por si acaso. Para matarlos la costumbre era vestirlos con túnicas negras, pero el coronel se murió mientras lo vestían, de resultas de su herida. Aun así, ahorcaron y arcabucearon su cadáver. Luego lo dejaron expuesto en la plaza.

Hay que decir en honor a la verdad que cuando los liberales llegaron al poder al año siguiente, le hicieron una visita al tal capitán general de Valencia, que acabó con el sujeto metido en una caja de pino. Pues en esta hermosa España, arrasada por la guerra, hambrienta y atrasada, donde la inquisición, si hacía frío podía prender una hoguera y quemar alguna bruja, aparecen realmente en la historia San Miguel y Riego. El 2 de enero de 1820 al frente del regimiento Asturias, proclaman de nuevo la constitución de Cádiz. Riego es el cabecilla, pero San Miguel es quien está con él desde el principio. Era su amigo, ambos asturianos y que se conocen casi desde la infancia. Fernando Borbón no era muy listo, ni muy valiente, por lo que a pesar de que la sublevación de Riego y San Miguel fue un poco chapuza, el rey dijo aquello de «caminemos, yo el primero, por la senda constitucional». Vamos que se hizo tan «constitucionalista» como alguno que yo me sé. Y ahí empezó el trienio liberal, donde Evaristo, el de Gijón, empezó a tomar una gran relevancia política. Le llamaban exaltado, porque quería que no se quemase a nadie en la hoguera y que antes de cortarle la cabeza a alguien hubiera un juicio justo. En fin estas cosas que andan siempre pidiendo los perroflautas de todos los tiempos. De aquella lo de perroflauta no se llevaba, pero exaltado sí y lo de romper España también. Bendito país que lleva 200 años rompiéndose y aquí sigue.

Su papel fundamental fue en 1822, cuando hay una conspiración del amigo Fernando Borbón, que se aburría allí en su palacio firmando leyes. La Guardia Real entra en Madrid a sangre y fuego. Pero he aquí que Evaristo, político experimentado y militar valiente, ya con 37 años, al frente de las milicias nacionales consigue derrotar al ejército que entra en Madrid. Ejército que quiere entrar en Madrid con propósitos autoritarios, milicias que resisten... ¿cómo era aquella frase de si no conoces tu historia estás condenado a repetirla?

Lo que hace después de eso le granjea enemistades, porque se niega al revanchismo, de hecho, no intenta aniquilar a las fuerzas absolutistas. Ni tampoco, después como instructor militar de la causa contra los rebeldes, busca su muerte. Digamos que retorció la ley como fiscal para que no se aplicase la pena de muerte. Tanto él como Riego tenían el prestigio y el poder suficiente como para haber provocado un baño de sangre y haber eliminado al rey. Pero no lo hicieron. Y luego el rey mató de forma miserable y cobarde a Riego y no mató a San Miguel porque no pudo.

Si lo hubieran hecho, ¿habría sobrevivido el liberalismo, hubiera sido mejor para el país? No lo podemos saber, pero creo que es bueno honrar la memoria de la gente que aun teniendo que vivir con las armas en la mano, demostraron, como luego San Miguel siendo capitán general de Aragón, que hacen lo que está en su mano porque no se derrame sangre, ni siquiera la de una persona tan infame y miserable como Fernando Borbón.

Mientras tanto en Rusia había unos señores que llamaban los decembristas y que miraban para los liberales españoles como un ejemplo, ¿Y quién eran los decembristas? Ni idea, pero no se llevaban bien con el Zar de todas las Rusias y padre de todos los rusos, de todos, menos de los decembristas, claro. El caso es que al Zar de todas las Rusias no le gustaba que esta gentecilla española diese mal ejemplo y se juntó con Alemania, Francia y Austria para darles un escarmiento.

Vamos a ponernos en situación. Hay un chaval de un pueblo de Tineo y otro de Gijón que se montan una revolución, y entonces los reyes/emperadores/gerifaltes de 4 de las 5 potencias mundiales más importantes hacen una cumbre para decidir quitarlos de en medio porque les tienen miedo. ¿Nos imaginamos a un asesor entrando apresurado en el despacho de Putin diciendo «presidente, presidente, Barbón acaba de decretar el cierre perimetral de San Martín del Rey Aurelio»? ¿Y a Merkel que la levanten de la cama por un tuit de Barbón? ¿Y a Macron? ¿Nos damos cuenta de lo que significa que esos países se pusieran de acuerdo para acabar con el gobierno liberal e invadieran España?

Evaristo San Miguel era ministro cuando recibió el gobierno el ultimátum del ejército invasor. Redactó un comunicado consensuado con el resto del gobierno, fue al Congreso de los diputados, lo leyó, a continuación dimitió, se vistió el uniforme y fue a lucha a primera línea de combate. Fue gravemente herido. Tardó un año en sanar de sus heridas, pero tuvo suerte, lo llevaron prisionero a Francia y de allí pasó a Inglaterra. Riego no tuvo tanta suerte, lo llevaron herido y prisionero a Madrid, donde el rey lo humilló y degradó hasta matarlo en la plaza pública. San Miguel entró unos años después como guerrillero a través de Cataluña. Con Fernando Borbón muerto, ascendió y obtuvo mando de tropas que defendían la constitución liberal. Al frente de esas tropas, las del gobierno legítimo,  luchó en la primera guerra carlista. Jugó un importante papel político que culminó en su papel pacificador en la revuelta de 1854, cuando tenía ya 69 años y se bajó desarmado de su caballo y se dirigió a la multitud para decirles que si no confiaban en él lo matasen, le cortasen la cabeza y la paseasen colgada de una pica. Por cierto, ese programa de actos no era demasiado inhabitual en las revoluciones. Era tal su prestigio, que lo cogieron, lo subieron a hombros y lo pasearon vitoreándolo.

Andamos escasos de referentes. Solo sabemos quejarnos de lo mal que va todo. Hubo tiempos mucho peores, en lo que gente corriente que paseó por las calles por las que paseamos hoy, hizo cosas extraordinarias. Lo hicieron porque había un caldo de cultivo de la ilustración que supuso que Asturias diese muchos personajes que lucharon por el progreso. Algunos quieren construir su identidad remontándose a Pelayo. Ni siquiera sabemos si existió. Ni quién era, ni como hablaba, ni cómo pensaba. Jovellanos, Flórez Estrada, Riego o San Miguel sabemos cómo eran, cómo escribían, cómo pensaban, cómo vivieron. Sabemos que hablaban asturiano y castellano, que caminaron por la arena de San Lorenzo mirando al mar. Y que sin perder su asturianía, trabajaron por el bien común de una patria mucho mayor.

Somos como somos por lo que pasó en el siglo XIX y XX, no por lo que pasó en el siglo X, sintamos orgullo de recordar de dónde venimos y aprendamos de ello, para construir una Asturias que sea ejemplo de democracia y libertad. Respetando identidad e historia, entendamos y afrontemos los retos globales del siglo XXI.

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