No, Luis Arias, no estamos locos. Es peor, es la catástrofe moral


Redacción

En el primer año de latín, de aquella a los doce años, un día me dio la lata el participio de presente del verbo scribo. La traducción a la que había que llegar era que a Platón lo sorprendió la muerte escribiendo. Aquel acusativo, scribentem, solo podía ir con Platón, pero el libro de texto insinuaba que había que traducirlo como «el que escribe» y no cuadraba. Se me vino a la cabeza ojeando las últimas publicaciones de Luis Arias Argüelles-Meres, tan recientes y tan a pie de obra que pensé si su fallecimiento fue también escribiendo. En su último artículo, casi su último aliento, se preguntaba si nos habíamos vuelto locos. Seguramente no, o no de la manera que él imaginaba, sino de otra peor. Le indujeron esa pregunta las imágenes del Capitolio, con aquellos espantajos fascistas rugiendo su vaciedad y su brutalidad, con aquel adefesio sentado en la silla de Nancy Pelosi como si estuviera clavando una pica en Flandes y con el demente que los instigaba aún con el poder de lanzar misiles. Luis Arias murió asombrado de tal atropello de la razón y preocupado por su extensión. Asombro y preocupación. No podía morir sin esos atributos. El asombro y los ojos en pasmo eran, según su admirado Ortega, el gesto gremial del intelectual; y la preocupación está en la naturaleza del compromiso.

A cierta escala puede parecer que nos volvimos locos. A finales de los 60 Mandelbrot explicó que no se puede establecer la longitud de la costa de Inglaterra. Cuanto más pequeña sea la regla y más resolución tenga la medida, más mide la costa y no hay criterio matemático que impida llevarla al infinito. El acierto o el error puede estar solo en la escala de observación. Si miramos la actualidad con mucha resolución, la de la novedad diaria de la prensa o de los caprichos de las redes sociales, la pregunta de Luis tiene todo el sentido porque hay síntomas de desvarío y, como él dijo, no en EEUU, aquí mismo. Hagamos un ramillete desordenado: Casado se deja ver con una pala quitando nieve; Ayuso se ocultó porque había hielo; el Gobierno de Madrid lleva toda la pandemia calculando cuánto se gana desquiciando y enloqueciendo el ambiente para a continuación desquiciarlo y enloquecerlo; los cargos electos creen que una situación de alarma es una situación sin ley; por eso en Cataluña creen que las elecciones son opcionales y por eso los presidentes autonómicos se sienten virreyes y piden poderes a Sánchez, como si se pudiera juguetear con poderes de excepción; nadie entiende el precio de la luz, seguramente porque no hay nada que entender; Pablo Iglesias parece ver más factible la República que intervenir en el recibo de la luz; el mismo Iglesias le deja a los Comunes un batiburrillo de exilios imposible de gestionar para las elecciones; los opinantes peroran que, si una fuerza grande impide cambios que quiere una fuerza pequeña coaligada, quien incumple es la fuerza pequeña; el Poder Judicial dice que la separación de poderes exige que su renovación sea opcional; Pedro Sánchez e Iván Redondo hacen cuentas y eligen colores de fondo; en las Consejerías empiezan a trapichear con las vacunas; Rivera quiere vacunar primero a los políticos; el Rey hablará la próxima Navidad. Parece que nos volvimos locos.

Y nos volveríamos locos si tomamos cada insensatez como la tarea política que requiere gestión y pronunciamiento. Si los izquierdistas ven en Madrid el contenedor de todo lo que hay que combatir y el espacio en el que proclamar todas las luchas, deben saber que eso es justo lo que pretende la otra parte. Se llama provocación, se usa para distraer, para mirar la costa de Inglaterra con tanto detalle que no se vea su forma, para volvernos locos, y a eso se aplican con dedicación los camorristas como MAR. Las sociedades como la nuestra tienen inercia institucional, esa solidez que es la resistencia al cambio. Lo que socava las instituciones no son las provocaciones ni la locura que inducen. La locura está en otra parte. Javier Ruiz sintetizó hace unos días la catástrofe moral de la que habla la OMS. Los países que tarden más en vacunar tendrán más muertos y serán más pobres. En un contexto de competencia, cuanto más tarden en levantarse menos espacio tendrán al que levantarse porque otros habrán llegado antes.

El ritmo de vacunación no está dependiendo de la inmoralidad y tontuna de gente como Ayuso. Está matemáticamente vinculado al dinero que los países pagan a Pfizer. Israel va en cabeza por ese motivo. Le siguen Emiratos Árabes y Bahrain. Israel paga 47 dólares por dosis y Europa 14,76. De eso depende el ritmo. El programa Covax, con el que los países ricos ayudarían para que hubiera vacunas para los países pobres, de momento no tiene ninguna vacuna. Habrá un momento en que Occidente, unos antes que otros, estará inmunizado y con su economía recuperándose, mientras los países pobres seguirán muriéndose y haciéndose más pobres. El Gobierno israelí dice, con razón, que si se inmunizan rápido habrá un momento en que sean el único destino turístico posible. Las empresas como Pfizer y Moderna tuvieron fuertes ingresos de arcas públicas para desarrollar las vacunas y es bueno que así haya sido. Un reportaje de L. Hooker y D. Palumbo para la BBC explica con detalles lo que ya sabemos. La iniciativa de las empresas protagonistas era tímida y necesitada de incentivos. Las vacunas que eliminan enfermedades no son lo que más beneficios aporta y además tienen una ventana temporal de negocio limitada. En unos meses habrá decenas de vacunas.

Ni Pfizer ni Moderna son crueles. La gente no circula en carretera por su derecha porque sea racional y ordenada. El sistema es así. Sin duda, sin lucro y ganancias hubiéramos tardado más en tener vacuna y hubiéramos sufrido más entierros. Y sin duda, sin intervención pública, sin la corrección social que exige, no el comunismo, sino la humanidad y alguna dosis de justicia, el lucro es así: acapara con impiedad más riqueza donde ya la hay, llena de desesperación lo que ya era pobreza y lleva la injusticia hasta ese límite máximo de la vida y la muerte. La tragedia del coronavirus es tal que los perfiles más dañinos de la emoción nacional están singularmente reforzados. Está todo el mundo más lejos que nunca de la piedad y un orden justo, es inimaginable que resista cualquier Gobierno que acepte un ritmo más lento de vacunación en su país para que otros países tengan resuello. Esa es la catástrofe moral. Esa es la locura.

Nuestra mente está incompleta en nuestra cabeza. Se completa anclándose en el entorno. Por eso ponemos los calcetines en un cajón y las camisetas en otro. Así tenemos más memoria. Pensamos con lo que tenemos en la cabeza y con las cosas a las que se aferra. Los hombres y mujeres de Altamira eran como nosotros, tenían nuestro mismo cerebro. Pero no nuestra mente, el entorno que la completa era demasiado distinto. En la catástrofe moral está la locura. Si el mundo en el que se completa nuestra mente normaliza cada vez más el reparto cruel de la vida y la muerte y de la pobreza y la dignidad, la mente resultante es cada vez más despiadada y acepta cada vez más órdenes políticos como los que llevaron al Capitolio o los que gota a gota quieren que vayamos aceptando aquí (enseguida vendrá otra reforma de las pensiones; el resultado nunca es que los ancianos cobren más, siempre se reforman para quitar). Qué ironía es oír estos días a quienes hace unas semanas gritaban por la cultura de la vida, a propósito de la eutanasia, gritar ahora por la economía, así nos cueste las vidas que nos cueste.

Por eso si estamos locos es peor que como decía Luis Arias. La locura que él decía requería cerebros enfermos. Esta otra consiste en mentes enfermas con cerebros sanos. No hay vacuna que la frene sin dos atributos que perdieron un referente con la muerte de Luis: conocimiento e integridad. Para su recuerdo, un abrazo tricolor, como él decía.

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No, Luis Arias, no estamos locos. Es peor, es la catástrofe moral