Cataluña, Holanda y el hombre del saco

Tomás García Morán
Tomás García Morán EL LABERINTO CATALÁN

OPINIÓN

PIROSCHKA VAN DE WOUW | Reuters

Artur Mas llevó la nave catalana contra el acantilado con la promesa de convertirla en Dinamarca. Pero la mala copia se ha acabado convirtiendo en la Holanda española, en la peor acepción del término.

07 feb 2021 . Actualizado a las 10:14 h.

Dios creó el mundo y los holandeses crearon Holanda. Es un dicho popular pero es cierto. Hace un par de veranos tuve la feliz idea de recorrer los Países Bajos en bicicleta junto a mi mujer. Fanático de la geografía, urbanista frustrado, pedalear por la ribera del río Vecht, entre Ámsterdam y Utrech, donde conviven en armonía casoplones de las grandes fortunas históricas del comercio con explotaciones agrarias en funcionamiento, o entre los molinos de Kinderdijk, fue un placer para los sentidos. Pero lo más impresionante fue recorrer la margen derecha del Mossa, entre Dordrecht, Róterdam y la salida al Mar del Norte. En esa ruta se puede ver algo imposible de fotografiar. A la izquierda está el río, prácticamente a la altura de la carretera. Y a la derecha está el resto de Holanda, en algunos tramos claramente visible varios metros por debajo del nivel del mar. Así que es cierto, cuando llegaron los holandeses, allí no había nada. Holanda la crearon ellos.

Los holandeses también presumen de su sinceridad calvinista, lo cual tiene muchas cosas buenas, pero no deja de ser un salvoconducto para decir lo que a uno le dé la gana.

En su día le preguntaron a Churchill qué opinaba de los franceses. A lo que respondió: «No sé, son muchos y no he tenido la suerte de conocerlos a todos». Con los holandeses me pasa lo mismo. Pero como no soy Churchill, sino periodista por definición imperfeccionista, me atrevo a decir que el problema de los holandeses no es lo que dicen, sino lo que piensan.

El escándalo que ha provocado la dimisión del primer ministro neerlandés, Mark Rutte, y todo su gobierno, ha vuelto a poner el foco sobre unos políticos demasiado bocazas. El ex ministro de Finanzas Jeroen Dijsselbloem abrió la caja de los truenos cuando hace tres años le dijo al diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung que los países del sur de Europa gastan el dinero en mujeres y alcohol, y después piden ayuda. Su sucesor, Wopke Hoekstra, lideró la oposición a los coronabonos de Holanda y el resto de países denominados austeros, acusando a España e Italia de los «deberes mal hechos», en unas declaraciones que fueron tachadas por el primer ministro portugués, Antonio Costa, de repugnantes. Aunque en aquel momento Portugal era ejemplo mundial de contención del virus, Costa sabía que no se puede escupir para arriba, quizás porque tiene 59 años y Hoekstra 45.

El problema de Rutte y sus ministros, una coalición de cuatro partidos, es la amenaza que representa Thierry Baudet, un ultra de 38 que hace un año ganó las elecciones al Senado con un partido orgullosamente racista y xenófobo. El propio Hoekstra, exMckinsey, es un halcón que lidera a los democristianos de la CDA, el tercer partido del Parlamento. El escándalo holandés se produjo cuando Eva González, una abogada cacereña cuya eventual afición etílica no ha probado el tal Dijsselbloem, destapó que miles de familias extranjeras, etiquetadas por su país de origen, fueron acusadas por un delito fiscal no cometido.

Las conexiones de Cataluña y los Países Bajos son infinitas. De Holanda admiramos a Cruyff, su arquitectura y sus bicicletas, la capacidad logística de Róterdam y su ejemplar ingeniería hidráulica. Pero no nos gusta el sándwich holandés, esa ingeniería fiscal que está en el origen de su oposición a la armonización comunitaria. Ni tampoco que el hombre del saco sea español. Artur Mas llevó la nave catalana contra el acantilado con la promesa de convertirla en un país nórdico. Si no fuera por los gandules extremeños, andaluces y gallegos seríamos Dinamarca. Pero la mala copia se ha acabado convirtiendo en la Holanda española, en la peor acepción del término.