«Hasta que no son tus muertos...»

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Mauricio Dueñas Castañeda | Efe

07 feb 2021 . Actualizado a las 10:14 h.

Leo una jornada en un hospital de Madrid y tengo que volver atrás en cada párrafo. El reportaje me golpea con su afán de realidad, como lo hace el periodismo. El periodista deja hablar a quienes lo tienen que hacer: los que están horas y horas al pie de las camas intentando salvar vidas. «Hay muertos y muertos. Pero en algunas muertes, después de pelear mucho tiempo, te vienes abajo», dicen los sanitarios. Añaden, con la lógica aplastante del cansancio: «Es cuestión de tiempo que no aguantemos más». Van de blanco, pero podían ir de luto por todo lo que llevan vivido. La frase para concienciarnos a todos es esta: «Hasta que no son tus muertos, la gente no se da cuenta de qué es esto». «Hasta que no son tus muertos...», no se puede decir más.

La pandemia avanza y todos tenemos casos cada vez más cerca. Otro profesional contesta a la pregunta de cómo se encuentra: «¿Yo? Yo necesito días de no ver sufrimiento». No son piedras, son personas. Como personas son los enfermos a los que están atendiendo mientras desatienden a sus familias. «A mí se me mueren hasta los cactus de casa». La sanidad es una vocación, como tantos otros trabajos. Pero a nadie se le puede exigir tanto, aunque sea una vocación.

Esta saturación se vive en Madrid. Pero aquí, en el Chuac, en A Coruña, también se habla claro: «No es momento de cabrearnos, sino de apechugar, de pensar en el paciente y no si esto se planificó mal o se hizo mal. Esto se le fue de las manos a todo el mundo. Es la guerra». Siempre la alusión a la guerra. Y siguen los sanitarios: «Yo sé que es un momento muy duro y muchos pensarán: ‘que colabore Rita'. Rita no está. Estamos nosotros. Es lo que hay». Una enfermera resume: «Es sobrehumano. No vemos la luz al final del túnel. Estamos destrozadas».

Una doctora dice que sentía una rabia tremenda con los incumplidores, con los irresponsables, cuando salía de una guardia muy dura y los veía «con las mascarillas fumando en corro en la calle, en las terrazas, de pie, todos juntos, me daban ganas de cruzar y gritarles: ¡pero qué coño hacéis!». Algunos no paran, reflexiona. «Ahora, con las restricciones, los ves igual, cuatro o cinco con un café en una mano y el pitillo en la otra, en una acera. Es como si no fuese con ellos. ¿Entonces con quién va?». Las medidas que se toman son papel mojado si la gente no siente el miedo. Si el respeto no existe. Si el sentidiño se nos ha ido empequeñeciendo tanto que ha desaparecido. «No más contagios. No te despistes», lo piden los que saben. Olvidamos hasta las colas, la distancia de seguridad. No es una serie, son muertos en serie. Con nombre y apellidos. Con hijas, con nietos, con amigos.