El título puede sonar a manual de filosofía. Nada más lejos. Enfrío la expectativa desde este momento. 

Acudo al Diccionario de la lengua española para buscar el verbo influir, cuya tercera acepción conduce al significado de «ejercer predominio o fuerza moral». Ergo, una persona influyente debe ser una mujer o un hombre que tiene y ejerce poder, superioridad, influjo o fuerza sobre alguien o algo. O quizás, en otro sentido, sea una referencia de buena conducta que ilumina y conduce nuestra vida individual y, sobre todo, colectiva. Finalmente, como en esos pasatiempos infantiles, uno todos los puntos de mi reflexión, pero me doy cuenta enseguida de que el último eslabón no existe, dejando un perturbador vacío que no consiguen llenar quienes abusan y se apropian de una definición que no es suya. 

A estas alturas, no vamos a hablar de las ventajas de internet y las redes sociales. Son tan obvias que da pereza recordarlas. Si me apetece escuchar una canción olvidada en vinilos que fueron a la basura, lo hago sin más en unos segundos. O sigo la ruta hasta ese chigre de pueblo en el mapa digital. O tramito una licencia municipal desde la toalla en la playa. O termino una investigación académica con documentos de una biblioteca situada al otro lado del mundo, cuando hasta ahora eran inaccesibles. Habría ejemplos de todo tipo. 

Lo que ocurre es que, como un coche de alta gama, podemos conducirlo cumpliendo los límites de velocidad, o podemos convertirnos en un riesgo para la sociedad. Libertad, claro, pero sujeta a límites (como cuando hablamos de salud y coronavirus). Y una frontera muy evidente es la que hace linde con los valores morales (no uso la palabra decencia para no parecer aún más antiguo). 

Cuando escucho decir a uno de estos personajes que «España les roba», no puedo sentir más que desprecio. Se aprovechan de sus canales con millones de visitas para defender la elusión y hasta la evasión fiscal, elevando la insolidaridad a categoría de cosa respetable. Olvidan que gracias a los impuestos se pagan universidades (a las que no van, eso es cierto) o aeropuertos (que sí usan para sus viajes de lujo). Ahí es cuando debemos poner el pie en el freno, por seguir con el símil automovilístico. 

Se enorgullecen de no haber terminado sus estudios básicos o de no haber leído un libro en su vida (ignorancia). Presumen del puro placer sin responsabilidad (hedonismo). Supuran resentimiento hacia un sistema del que forman parte (hipocresía). Defienden soluciones radicales -incluso autoritarias- a problemas sociales muy complejos (osadía). Emiten soflamas populistas en contra de una democracia que, justamente, les permite hacer lo que hacen (desfachatez). Cargan contra todo lo que dure más de dos minutos (impaciencia de bebés). Y todo ello exhibido con luces y colores (impudicia). 

Alguien podría achacarme que en el párrafo anterior estoy retratando el perfil de un adolescente de cualquier momento. Podría ser (y seguro que ni yo mismo me libraría). Pero la diferencia estriba en que en este primer tercio del siglo XXI estamos ante personas que ya han superado el umbral de la edad del pavo, algunas convertidas en millonarios sobrevenidos y, desde luego, con unos altavoces que -merecidos o no- producen resonancias muy peligrosas. El apoyo virtual les da alas para seguir perpetrando ciertas conductas que en otro tiempo nos parecían vergonzantes y ahora las hacen pasar por causas justas y reivindicativas (en otro orden, valga el botellón como muestra). 

En su propio descargo, esas personas -mujeres y hombres por igual- suelen alegar que no tienen pelos en la lengua. Hago el esfuerzo mental de ponerme en la piel de su abogado defensor y asumo que esto puede ser cierto, lo que tampoco equivale a asumir que sea algo bueno («por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón», canta Sabina). Lo que no me creo en absoluto es la supuesta improvisación. Estoy casi convencido de que siempre hay un guión detrás, más o menos explícito, pero con un patrón evidente. Nos engañan, como en los programas televisivos de salvación, presentados como pura espontaneidad, pero donde todos los colaboradores llevan pinganillo en la oreja.

Se puede influir con criterio y sensatez. ¿Arbitrismo por mi parte? ¿Utopía? En absoluto. Sin ir más lejos, hay magníficos blogs y canales de divulgación científica, cultural o turística, con gente detrás que -pásmense- tiene en su haber licenciaturas, doctorados, miles de lecturas a sus espaldas, empresas solventes, patentes industriales, iniciativas sociales o, por sintetizar, algo valioso, útil o gracioso que contar, no el último modelito de ropa o la penúltima necedad discurrida mientras peinan bombillas. Algunas instituciones y empresas también apuestan por esta necesaria transferencia del conocimiento para despertar conciencias e impulsar proyectos. 

«¿En qué momento se había jodido el Perú?», se preguntaba Vargas Llosa. «En el fondo, fuimos mejores por carta», parece contestarle Bryce Echenique.

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La futilidad de la influencia