La futilidad de la influencia

OPINIÓN

EL RUBIUS (YOUTUBER). Rubén Doblas, más conocido como «El Rubius», anunció esta semana que se muda a Andorra. El youtuber, con casi 40 millones de seguidores en la plataforma de vídeos, argumentó que lo hacía porque todos sus amigos estaban ya allí, aunque el atractivo fiscal era «un plus».
EL RUBIUS (YOUTUBER). Rubén Doblas, más conocido como «El Rubius», anunció esta semana que se muda a Andorra. El youtuber, con casi 40 millones de seguidores en la plataforma de vídeos, argumentó que lo hacía porque todos sus amigos estaban ya allí, aunque el atractivo fiscal era «un plus».

10 feb 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El título puede sonar a manual de filosofía. Nada más lejos. Enfrío la expectativa desde este momento. 

Acudo al Diccionario de la lengua española para buscar el verbo influir, cuya tercera acepción conduce al significado de «ejercer predominio o fuerza moral». Ergo, una persona influyente debe ser una mujer o un hombre que tiene y ejerce poder, superioridad, influjo o fuerza sobre alguien o algo. O quizás, en otro sentido, sea una referencia de buena conducta que ilumina y conduce nuestra vida individual y, sobre todo, colectiva. Finalmente, como en esos pasatiempos infantiles, uno todos los puntos de mi reflexión, pero me doy cuenta enseguida de que el último eslabón no existe, dejando un perturbador vacío que no consiguen llenar quienes abusan y se apropian de una definición que no es suya. 

A estas alturas, no vamos a hablar de las ventajas de internet y las redes sociales. Son tan obvias que da pereza recordarlas. Si me apetece escuchar una canción olvidada en vinilos que fueron a la basura, lo hago sin más en unos segundos. O sigo la ruta hasta ese chigre de pueblo en el mapa digital. O tramito una licencia municipal desde la toalla en la playa. O termino una investigación académica con documentos de una biblioteca situada al otro lado del mundo, cuando hasta ahora eran inaccesibles. Habría ejemplos de todo tipo. 

Lo que ocurre es que, como un coche de alta gama, podemos conducirlo cumpliendo los límites de velocidad, o podemos convertirnos en un riesgo para la sociedad. Libertad, claro, pero sujeta a límites (como cuando hablamos de salud y coronavirus). Y una frontera muy evidente es la que hace linde con los valores morales (no uso la palabra decencia para no parecer aún más antiguo).