La participación de Joe Biden en la reunión de seguridad de Múnich y en la cumbre del G7 ha sido la presentación virtual (por medio de videoconferencia) de una política exterior impresa en negativo. Biden quiere dejar claro que no es Trump y, como en política interior, quiere borrar todo rastro de su predecesor. Esto no es difícil en la retórica (Biden ha dicho que «vuelve la diplomacia») ni en los gestos (Estados Unidos ha regresado ya al Acuerdo del Clima de París y a la Organización Mundial de la Salud). Pero otra cosa son las políticas concretas, condicionadas por realidades tozudas que van más allá de los buenos deseos, las voluntades o la diferencia de personalidades entre Trump y Biden.

La relación con Europa es el primer ejemplo de esto. En los cuatro años de Donald Trump, la zafiedad del personaje hacía fácil fantasear con que él era todo lo que separaba a Washington de Bruselas. La realidad es que la UE y Estados Unidos tienen intereses realmente contrapuestos y llevan muchos años alejándose. Lo más probable es que, incluso con Biden, la relación, siendo más cordial en la superficie, sea más antagónica en el fondo. Por ejemplo, para Estados Unidos, sus empresas tecnológicas son una apuesta estratégica; Europa quiere grabarlas fiscalmente y limitar su, a todas luces, excesivo poder. La UE mantiene un discurso duro con la Rusia de Putin, pero varios de sus países miembros, se han hecho muy dependientes de sus exportaciones de gas (Alemania, por ejemplo, le compra más de un tercio del que consume). En el plano comercial, Estados Unidos sigue siendo el principal socio europeo en el sector servicios; pero en manufacturas, ahora es China el socio prioritario de los europeos, y esa preeminencia no ha hecho sino crecer durante la pandemia. Esto preocupa en Washington no solo porque afecta a su balanza comercial, sino también porque uno de los sectores de la economía europea en los que China se está abriendo paso es, precisamente, el tecnológico. Y así sucesivamente.

En el resto de las cuestiones Biden anuncia un retorno a la «era Obama». Esto no es tan tranquilizador como pudiera parecer. Aunque prematuramente galardonado con un premio Nobel de la Paz, la política exterior no era el fuerte de Barack Obama, que siguió una senda errática, belicista y muy pobre en resultados. En esto, Biden haría bien en salirse de la sombra carismática de su antiguo jefe. Y seguramente no tendrá más remedio que hacerlo. Afganistán podría ser su primera oportunidad. Trump ha dejado programada la retirada total de tropas que Obama había prometido infructuosamente tantas veces; Biden tendrá que decidir rápidamente si también en eso quiere borrar el legado de Trump. Irán será otro tipo de «test»: Obama hizo un mal acuerdo nuclear, Trump lo rompió precipitadamente sin poner nada en su lugar. Ahora Biden va a tener que encontrar un equilibrio entre aquel apaciguamiento y esta tensión. Venezuela, el norte de África, el mar de China Meridional, Corea del Norte… Trump, pensando solo en corregir a Obama, no dio con buenas soluciones. Si Biden también se limita a corregir a Trump, tampoco las encontrará.

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Biden se presenta ante el mundo