El título del artículo precedente, El mal común, es opuesto a lo que suele ser usual, que parece exigir que el adjetivo común acompañe siempre y exclusivamente al sustantivo bien. Afirmar lo del bien común y esconder lo del mal común es resultado de hipocresía, miedo o fingimiento. El mito empezó pronto, allá en el Paraíso mesopotámico, con el árbol mortífero, apetitoso y engañoso, que fue el del llamado conocimiento del bien y del mal. Desde entonces, no dejamos de parlotear sobre ello, sobre lo divino y lo humano, dando vueltas y vueltas como peonzas fantásticas, ocultando la realidad verdadera de la desnudez.
Salvo la unanimidad en el abstracto deseo del bien y de rechazar el mal, lo demás, lo restante, es discutible, desde su naturaleza al origen del mal. Por un lado están quienes gustan del bien superlativo, los llamados partidarios del «buenismo», que ven en el bien la fuente del progreso de la humanidad, un avanzar desde el bien, y para evitar lo peor o el mal. Por otro lado, están quienes, en oposición a los anteriores, son los llamados superlativos del mal, y sostienen que el bien es posible gracias precisamente al mal, que es hijo suyo, su motor o dinámica; en último término, dicen que se progresa hacia al bien para evitar caer en el mal, que es la real base de la historia. Advierto presuroso que lo del progreso, aquí utilizado, nada tiene que ver con el mito progresista o la fe en el progreso que resultó falsa y falaz, con tanto descrédito después de lo ocurrido en el siglo XX.
El mal es provocador y cuestiona mucho más que el bien, pudiéndose llegar al bien precisamente a través del mal, y al mal desde el bien mismo. Se llegó a escribir que no hay peor cosa, para el bien, que pretender hacerlo a lo bobo, pues tratando de hacer el ángel, el ángel bueno, se concluye haciendo el ángel malo, el demonio o diablo, y contra el cual no hay exorcismo ni esoterismos que lo combatan con eficacia. Y se siguen escribiendo muchas páginas, incluso escatológicas, sobre el llamado «misterio del mal»; y también sobre «el problema del mal», como si el bien no planteara problemas ni fuera misterioso; no se habla de «problemas del bien». Se llegó, incluso, desde la Literatura, a «banalizar el mal» (Banalización la de Hannah Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén y banalización la de Ariel Magnus, en su libro El desafortunado). Y ahora estamos ya en la banalización de la Justicia.
Es verdad que el COB-19, sea lo que sea, o pandemia o sindemia, es una enfermedad muy complicada y multifactorial. Por una parte, nos iguala a todos, haciéndonos peligrar de muerte y de enfermedades; está modificando nuestras cortas vidas, tanto la física, aparente y visible, como la mental, angustiosa y dolorosa. Y por otra, acabará por destruir los esfuerzos realizados, sin fin, para alcanzar, por vías no totalitarias, una mínima igualdad social, calculándose que las desigualdades irán a más, a riesgo de la misma democracia. Si la mortalidad de los cánceres es por colapso del vivir, la del COV-19 es, simplemente, por colapso del con-vivir.
Este nuevo mal, pandemia o sindemia, zarandea hasta lo más aparentemente sólido, caso de la práctica religiosa y sobre bondad y omnipotencia del Dios, Uno y Trino, propiedades infinitas proclamadas en teodiceas y filosofías escolásticas, que obligan a que ahora, con ocasión del coronavirus, clérigos y predicadores tengan que efectuar, en predicaciones y sermones, piruetas teológicas muy arriesgadas para con-vencer. Se vuelven a plantear cuestiones y cuestionamientos tan enjundiosos y difíciles como el llamado sufrimiento injusto, la Teología de la Cruz, la existencia del mal y la bondad de Dios. La historia de Job sobre el dolor, ya no basta en estos tiempos, en los de ahora, como tampoco basta acudir a hipotéticos «misterios», ni el de Dios ni el del mal.
Creí percibir un desbarajuste de lo divino al escuchar, hace días, una conferencia, pronunciada en un tradicional centro de especulación teológica castellano-leonés, cómo el clérigo disertante afirmaba, con seguridad y aplomo, que en la actual pandemia, Dios era una de las víctimas y, por supuesto, carente de responsabilidad. Y tal afirmación no fue explicada por el predicador, como sin duda hubiese merecido. En los actuales tiempos, acaso la historia repetida de Job sobre el dolor humano ya no baste, como tampoco baste decir que lo inexplicable es un misterio, como si todo fuera un misterio: «misterio del Mal, misterio de Dios y hasta misterio de la Iglesia».
Y, por supuesto, desbarajuste humano de todos, de las élites y no élites, ante la actual pandemia, que todo lo arrasa, desde la Política a la Ética, no habiendo espectáculo más lamentable, repudiable, asqueroso que los favoritismo en la vacunación contra el COV-19, cuya dimensión real se esconde en los arcanos del poder político; otro y nuevo secreto de Estado. Las élites eclesiásticas y civiles violadoras de la justicia y equidad en las vacunas ya tienen un nombre: «los vacunajetas» o banalizadores de la Justicia. Lo que parece cosa pequeña, una minucia, es de enorme dimensión, pues revela la realidad de unas élites meritocráticas españolas, incrustadas en lo más alto de las instituciones civiles y eclesiásticas; revela su pretensión ventajista, su afán por seguir manteniendo privilegios de otro tiempo para continuar en el status.
Es interesante recordar lo que escribe Michael J. Sandel en la página 274 de su libro La Tiranía del mérito: «La pandemia de 2020 condujo a muchos a reflexionar, aunque fuera de modo fugaz, en la importancia de las tareas realizadas por cajeros, repartidores, cuidadores y otros trabajadores esenciales pero remunerados modestamente». Y que también haya «vacunajetas» en las élites eclesiásticas es aún más aberrante, de un total desorden, y cuestiona, desgraciadamente, muchas buenas intenciones de clérigos muy preocupados con lo de la fe en estos tiempos de pandemia. Es como si el maligno estuviera incrustado muy dentro, en torres babélicas ocupadas por viejos narcisos, ciegos y sordos, incapaces de entender y ver cómo su Titanic religioso de miles de años se está hundiendo. Y ya casi da igual que los «vacunajetas» continúen como si tal cosa, incluso predicando en televisión sobre la venidera Semana Santa. ¡Para qué perder tiempo con aquello tan antiguo de Roma locuta est, causa finita est!
Un análisis, parecido al de Sandel, sobre la meritocracia, sobre los méritos y merecimientos de las élites españolas, masculinas y femeninas, debería realizarse, habiendo necesidad de muchas explicaciones, pues si es verdad que la desigualdad social es menor en Europa que en Norteamérica, y que en España en las últimas décadas ha funcionado una ágil movilidad social, el ascenso social a base de méritos y merecimientos en los ámbitos privados y públicos, civiles y eclesiásticos, arrastra servidumbres y privilegios de un subdesarrollo no muy lejano.
Todo hay que conocerlo por exigencias de Ética y de Justicia. Acaso por eso, en Norteamérica, sean los filósofos prácticos, los de la Política y el Derecho, como Rawls, Walzer, Dworkin y Sandel, unos más liberales y otros más social/demócratas, unos más individualistas y otros más comunitaristas, los denunciantes de las desigualdades crecientes por ir contra lo ético y lo justo. Los textos de aquéllos autores, en verdad complicados y no de fácil lectura, son necesarios tratados de Ética y de Justicia contemporáneos, pareciendo humildes tratados de Sociología.
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