Las réplicas del terremoto de 2018


El terremoto de 2018, conocido como Moción de censura a Rajoy, se inició, en la falla Frankenstein, cuando los corrimientos de las placas tectónicas PSOE, PNV, ERC, PDECatCompromís, Teruel Existe y Nueva Canarias derribaron al Gobierno del PP e implantaron la geometría variable. A este terremoto le sucedieron, como es habitual, tres grandes réplicas, conocidas como Elecciones generales 2019 (1 y 2), y Reencarnación de la mayoría Frankenstein, que reapareció casi intacta en la investidura del 8-E del 2020. Ayer, cuando nadie lo esperaba, y originada por el corrimiento de la placa Ciudadanos, que se consideraba muy estable, se produjo la cuarta réplica, bautizada como Asalto del binomio PSOE-Ciudadanos a la presidencia y la alcaldía de Murcia. Y, apenas dos horas después, llegó la quinta réplica, que, con epicentro en Madrid, y provocada por la falla Ayuso, se pudo sentir en toda la política nacional. De lo cual se deriva que los más expertos sismólogos del país teman nuevas y muy violentas réplicas, con epicentro en Sevilla y Valladolid.

Lo que en el 2018 habíamos diagnosticado como un enorme terremoto, que echó por tierra lo poco que quedaba de la estructura de partidos de la Transición, y forzó la reurbanización improvisada de la gobernabilidad española, se ha convertido en un cataclismo universal que presagia la desaparición de los dinosaurios, el inicio de una nueva era geológica y la conformación de un nuevo paisaje y de las nuevas especies que han de poblarlo. Y eso equivale a decir que, de rebote de este colosal estallido, quizá podamos desprendernos de la omnipresente y aburrida monserga catalana, del chantaje vasco, de los batasunismos y podemismos que quieren gobernar una España cuya existencia no reconocen, y hasta de los diputados canarios y teruelexistentes, que, en vez de hacer política, juegan a la pillota con el país. Demasiada ventura, me parece a mí, para hacerla brotar -como si del big bang se tratase- de un solo cataclismo.

El origen de las últimas réplicas solo se explica por el comportamiento de Inés Arrimadas, que, noqueada por los reveses que heredó de Albert Rivera, quiso confirmar el viejo principio de que «a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco». Claro que, en esta última parte, contó con la ayuda de Isabel Ayuso, que con una maravillosa rapidez de reflejos -apenas empañada por la tramposa jugada de presentarle una moción de censura después de haberse hecho pública la disolución del Parlamento de Madrid- podría conseguir que a Sánchez y a Arrimadas les saliese el tiro por la culata.

Aún es pronto para sacar conclusiones. Pero no para decir que España está entrando en una pandemia de desgobierno, muy estéril y obcecada, que llega en el peor momento imaginable, y que confirma, a su vez, el más viejo y hermoso dicho -«y que salga el sol por Antequera»- que anima la irrefrenable y muy española tentación de huir hacia adelante. Así que, a la espera de nuevos acontecimientos, «que Dios nos coja confesados». Amén.

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