Ha salido Meghan acusando a la familia real inglesa de racismo y la respuesta inmediata de los Windsor ha sido para dejar huella. Kate y William, inmaculados en una imagen intachable de sucesores perfectos, han hecho su primera aparición pública en la Escuela 21, tras su reapertura después de las restricciones, acompañados, cómo no, de una mujer negra. Una foto fija que, además, ha quedado subrayada por una frase a los periodistas: «No somos racistas». Al mismo tiempo, su padre, el príncipe Carlos, ha decidido que si algo necesitaba registrar, por si había alguna duda, es su foto en una iglesia evangélica de la comunidad afrobritánica en Londres. Y es entonces cuando empieza a cheirar tanto la cosa. Porque, lejos de hacerles un favor a las personas de raza negra, los han cosificado en la urgencia de limpiar aquello de lo que se les acusa. Poner a un negro en tu vida cuando te acusan de racista no deja de ser un recurso fácil, una utilización rastrera que evidencia lo que se quiere ocultar. Yo no sé qué asesores de imagen tienen los Windsor, pero tirar de los «amigos negros» cuando la cosa está que arde no deja de ser una manipulación que, en lugar de acercar y empatizar con aquellos que saben qué es el racismo, intoxica y revuelve esa misma esencia. Uno no es menos racista por hacerse una foto con un negro. Pero uno puede ser más racista si los utiliza como un objeto de exposición. Hay que tener mucho ojo con esa mirada.
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