Pandemia, España y tristeza


Estamos muy hartos, y acomodados, de oír las bondades de nuestro infortunio: ¡Ah!, España es un país de genios, pero no sabemos apreciarlo. Es cierto que nos regocijamos en un cainismo patriotero y que todo lo de fuera siempre fue mejor: ¡cómo se vive en Suiza, que aparte de hacer los mejores relojes atan los perros con longanizas! ¡Qué democracia la inglesa, la más antigua, sólida, comprometida… con líderes universales como Churchill… (o Boris Johnson)! ¡Cómo se inventa por ahí fuera, y aquí ni palo al agua!

Es cierto, que todo es cierto. Somos un país de gentes ingeniosas y muy capaces, pero maltratadas por su propia administración y sus vecinos. No somos unos piernas de barrigas cerveceras, indolentes y cara al sol; esos están más al norte. Más bien sufrimos desgobiernos continuos que impiden el desarrollo de una genética creativa y maltratan la ciencia y la cultura. La pandemia nos ha dejado expuestos una vez más. ¿Por qué no tenemos una vacuna española? ¡Pero no somos tan buenos! Excelente pregunta para los programas de televisión rosa, pero tan estúpida y desviada como la ignorancia que encierra. Y si no, que se lo pregunten a mis colegas Mariano Esteban o Luis Enjuanes, del CSIC, provectos jubilautas que han tomado la responsabilidad de la primera línea de fuego en la investigación sin un duro, en lugar de disfrutar de su nietos (tómese, también, como metáfora rosa) y, a pedales, están desarrollando maravillas científicas viendo los derroches financieros que acunan a otros allende las fronteras. Ya no se trata de retomar la, a menudo, mal interpretada expresión de Unamuno cuando interpelaba a Ortega y Gasset, aquella de ¡Que inventen ellos! Es que esto se está convirtiendo en una realidad por el estrangulamiento económico que sufre nuestra ciencia. De nuevo se nos llenarán los oídos con las soflamas del Gobierno acerca de «las mayores inversiones que nunca se han realizado en ciencia a raíz de la pandemia» y bla, bla, bla. Sí, al igual que se han impulsado proyectos de investigación desde Brasil hasta Jordania, España ha dedicado fondos para el tema que han permitido desarrollar muchos proyectos inteligentes y arriesgados con futuro incierto (eso es ciencia) y poco coste. Pero lo que se dice gran inversión… ¡tururú!, y si no me creen, revisen a qué nivel estamos con respecto a épocas anteriores a la crisis económica. Y esto es una constante en los últimos años, haya virus o caspa por el medio. Pareciera que la corrupción es un pozo muy voraz, ¡qué lástima! Y en este caso es pertinente recordar al francés Robespierre, lástima es traición a la Patria.

Un último apunte para nuestro pueblo de gentes capaces pero impotentes. Suele ser una práctica habitual para analizar el éxito científico y cultural de un país (o una universidad, aquí ni entramos) considerar los premios Nobel que han aportado. España cuenta con siete en total. Es notable que cinco de ellos fueron escritores, y solo dos científicos. Fíjense que cuento entre estos últimos a Severo Ochoa que, en realidad, siendo hijo de Asturias, hizo lo más importante de su trabajo en EE.UU., renunció a la nacionalidad española y obtuvo la americana. Al final, puro y duro, nos queda don Santiago Ramón y Cajal. Genio de la neurociencia y español hasta las trancas, quien con su increíble trabajo e inventiva, un microscopio y pocos fondos, dio luz interminable para muchas generaciones de científicos. Da la impresión de que la historia nos quiere decir algo: o cambiamos a los de arriba o el futuro será con papel y bolígrafo.

Por Javier Cudeiro Catedrático de la UDC y director del Centro de Investigación Cerebral de Galicia

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

Pandemia, España y tristeza