Sama, el cielo de Alepo

Diez años después de la primavera siria, un documental sobre el asedio de Alepo remueve el alma y se erige como la mejor crónica periodística de lo que llevamos de siglo. «Para Sama» es la carta de una periodista a su hija, nacida bajo las bombas en el hospital que su padre improvisó en un antiguo hotel de la ciudad, reducida a escombros


Diez años después de que Putin, Erdogan y Bashar Al Assad comenzaran el asedio que redujo a cenizas la ciudad de Alepo, un documental remueve el alma y aniquila el sueño. Se llama Para Sama y es la emocionante carta de amor que una madre, la periodista Waad Al-Kateab, le escribe a su pequeña, nacida bajo las bombas. Con el pretexto epistolar, la joven realizadora cuenta su historia y la de su marido Hamza, el médico activista que cuando la ciudad perdió los ocho hospitales que tenía decidió improvisar un modesto sanatorio en un antiguo hotel. Sama, que quiere decir cielo, es la metáfora de ese cielo bombardeado por los aviones rusos. La historia de la primavera siria. El primer amor entre la estudiante y el doctor. La boda bajo las bombas. El nacimiento de la pequeña, su primer año de vida, la escapada clandestina a Turquía para despedir al abuelo exiliado que se muere. Y la derrota final, huyendo en un convoy humanitario que acelera para esquivar a los francotiradores. Sollozando porque no se quieren ir del infierno. Dejando un legado de casi mil operaciones y más de 6.000 vidas salvadas. 

Pese a estar nominada, Al-Kateab no ganó el Óscar porque, cosas del show business, se lo llevaron Michelle y Barak Obama con la también excelente American Factory. Pero ni falta que le hace, porque la historia de Waad, Sama y Hamza está dando la vuelta al mundo y se ha convertido probablemente en la mejor crónica periodística de lo que llevamos de siglo.

Contra lo que pueda parecer, Para Sama es una crónica intensamente vitalista. Con toques de excelente humor negro. Un ejercicio de activismo y resistencia conmovedores. No se quieren ir de una ciudad sitiada porque es su lugar en el mundo, porque los escombros les pertenecen. Un grito ahogado contra los nacionalismos excluyentes y los casi siempre inmorales intereses geopolíticos. También es una reivindicación del a veces denostado oficio médico. Es memorable la secuencia en la que resucitan a un bebé recién nacido. Pocas cosas hay más sagradas que quien se atreve a tocarnos para intentar sanarnos. Aunque a veces lo olvidemos. Y el karma, vaya año llevamos, tiene que susurrarnos que somos mortales.  

Pero sobre todo es una sublime crónica periodista. Una película de terror en el que las bombas no explotan como en las superproducciones, sino gélidamente huecas. En la que casi se huele el cloro con el que son gaseados. En este mundo de influenciadores y tuiteros verbeneros, que se sobresaltan con una foto de una uña rota, Al-Kateab demuestra que la única forma de empezar a arreglar un problema es conociéndolo y difundiéndolo. ¿Habría evolucionado igual la instrucción del accidente de Angrois sin el excelente trabajo gráfico de Xoan Soler y Mónica Ferreirós, los primeros fotoperiodistas que llegaron al lugar de la tragedia? ¿O sin el martillo pilón de Pablo González, que lleva nueve años dedicado al caso, como antes hizo con el complejísimo caso judicial del Prestige?

¿Seguiríamos haciendo el tonto si los políticos dejaran entrar a los periodistas a la sangrienta batalla que desde hace catorce meses se libra en las ucis de todo el mundo? El momento más conmovedor de la cinta es cuando una madre, sosteniendo ensangrentada el cadáver de su bebé, le implora a Al-Kateab: «Graba todo. Para que se vea lo que nos hacen». Igual que Churchill no ganó el de Nobel de la paz, sino el de literatura, por la brillantez de sus discursos, Waad, Sama y Hamza no solo merecen el Óscar, sino el reconocimiento de toda la humanidad. Por su capacidad de resistencia. Por su heroica lucha para intentar salvarnos de la tiranía. Por recordarnos que, como dejó dicho Julio Anguita cuando un misil iraquí le arrebató a su hijo periodista, «malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».

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