Pablo e Isabel, no nos contéis historias raras

Efe

La televisión generalista en abierto en España es tal bodrio que lo más valioso para darle un respiro a Netflix son los programas que se limitan a pasar cintas de hace treinta o cuarenta años. Son irreverentes, plurales, respetuosos, desbordan talento desde las cortinillas y los printers… ¿Son el reflejo de la España de entonces o tenemos el país como lo tenemos porque le regalamos el ocio familiar a dos empresas italianas, Mediaset y Atresmedia, y a un empresario indepe, Jaume Roures? Es imposible saber si el huevo fue anterior a la gallina.

La semana pasada, coincidiendo con los Óscar, pasaron por televisión el filme que obtuvo la primera estatuilla lograda por el cine español: Volver a empezar, de José Luis Garci. Una película maldita que fracasó en los cines y recibió malas críticas. De un director maldito que siempre ha sido tachado del facha que no es. O sí, él sabrá y a nadie más le importa. Quizás porque siempre ha huido del dogmatismo dominante en España desde la noche de los tiempos. Salvando las infinitas distancias, a Garci le pasó en la transición de los ochenta lo mismo que a Mecano, el grupo más exitoso del mundo en castellano. Los hermanos Cano y Ana Torroja, que firmaron himnos sobre el amor homosexual o la lucha contra el sida, fueron etiquetados de pijos y fachillas. Peleados contra la llamada movida madrileña ortodoxa, a Ana Torroja se le atribuye una frase memorable para referirse a Alaska y los Pegamoides, a quien llamaba los Alaskitos: «Nacho Canut es hijo del dentista del rey, la Alaska es hija del embajador de no sé dónde, el Carlos Berlanga es hijo de Berlanga... O sea, que a mí no me cuenten historias raras».

A Garci, decíamos, le ocurrió algo parecido. Volver a empezar cuenta la historia de un trío de amigos íntimos. Los dos chicos futbolistas profesionales. Ella galerista. La Guerra Civil los separa. Uno de ellos, Antonio Miguel Albajara, también escritor, huye en barco a Francia. Después, campos de concentración, México, EE.UU. Una cátedra en Berkeley, varias novelas, el Nobel de literatura… La película cuenta el reencuentro con sus dos amigos en una última visita fugaz a España. Garci se la dedica a la generación interrumpida.

No tiene ningún mérito hoy día que te llamen facha, pijo o podemita. Y menos a los que escribimos y publicamos libros, guiones, canciones, columnas… Nos ocurre a diario. Estos días, al final de la campaña electoral más infame de la democracia, se ha sabido que Pablo Iglesias ya ha pactado con Roures presentar un programa de televisión a la vuelta del verano. No hace falta haber ido a estudiar a Berkeley para pronosticar, como hicimos desde este lejano oeste hace un par de semanas, que ya está en otra pantalla. En la de Roures o en la del mejor postor. Que su actual carrera política está agotada. Pero regresará. Porque nunca se irá. Porque desde antes de pedir el hipotecón de Galapagar, ya sabía que podrá vivir de la empresa Pablo Iglesias el resto de sus días.

La pantalla que viene ahora es la de  Ayuso, a quien Nacho Cano adora porque tiene los teatros abiertos. A su pesar, Isabel no podrá ocupar el 100 % de las pulgadas, sino compartir plano con Monasterio y su séquito. Esta campaña distópica, en la que hemos pasado de los insultos a las balas y las hostias, nos ha recordado que seguimos viviendo en el mejor país del mundo. Pero que tendremos que andar con mascarilla más de lo que nos gustaría, porque el hedor es insoportable.

Benditos sean Torroja, Garci y Albajara. Y malditos los que pretenden hacernos creer historias raras. Aquellos que se han propuesto destruir todo lo que construyeron nuestros abuelos y nuestros padres.

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