De ciencia, política y maniqueos al final de la pandemia

«Una ciencia empírica no puede enseñarle a nadie lo que debería, sino sólo lo que puede y, en determinadas circunstancias, lo que quiere», Max Weber

Técnicos sanitarios del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), trabajan en el interior de la cabina de seguridad del laboratorio de virología de este centro de referencia del Principado
Técnicos sanitarios del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), trabajan en el interior de la cabina de seguridad del laboratorio de virología de este centro de referencia del Principado

De nuevo, como las lluvias en la primavera, arrecian los manifiestos de sociedades científicas frente a la estrategia de vacunación y los pronunciamientos de los expertos en confinamientos domiciliarios y aerosoles, así como de los medios de comunicación, ahora críticos frente a la decisión de finalizar el estado de alarma o sobre las dudas en la segunda dosis de Astra Zeneca. También continúan los convencidos de la estrategia de erradicación del virus y discrepantes por ello con la estrategia de control y contención de la pandemia, por otra parte mayoritaria en Europa y en los países occidentales, agitando una vez más el ejemplo del sudeste asiático.

Vuelven los expertos y los técnicos desde la atalaya de su independencia y su conocimiento objetivo con una seguridad casi absoluta, en abierta oposición la política sumida en la incertidumbre, las contradicciones, las dudas e incluso, también para algunos, las oscuras intenciones. No es de extrañar que, atrapados entre la inseguridad y el ruido de descalificaciones y rechazos, en un clima de desconfianza y desafección de la política, de las instituciones democráticas y de los medios de comunicación, la opinión pública en las recientes encuestas del CIS se apunte al escepticismo, cuando no al populismo, la teoría de la conspiración y la antipolítica.

Seguimos, después de más de un año casi desde el inicio de la pandemia, empantanados entre los maniqueos por principio incompatibles que nos hacen incapaces de dialogar, en la agitación del populismo que nos distancian aún más que el del virus y la infodemia que más que informar nos aturde y confunde. De nuevo los argumentos maniqueos al final de la pandemia. En la estrategia frente a la pandemia, entre la negación del virus y el covidcero. De nada sirve que con las olas sucesivas y la situación actual de la pandemia, se haya demostrado que los países que eran modelos de éxito ayer, con las mismas o parecidas medidas, hoy están siendo devastados por la pandemia y mañana quién sabe. Porque el ensañamiento de la pandemia en la India, más que con las nuevas variantes dobles o triples, convergentes o divergentes, tiene que ver con la pobreza, la densidad de población y las carencias sociales y sanitarias, con sus determinantes sociales. Ya casi al final de la pandemia parece que no hemos aprendido las lecciones de la modestia y de la solidaridad.

También obviamos que en España estamos logrando contener la pandemia en esta cuarta ola y que no es cierta la acusación de haber preferido salvar el turismo y la hostelería como explicación a cada brote y a cada ola sufrida, polarizada de nuevo entre los confinamientos estrictos y la flexibilización de las medidas de contención. Cuando el hecho diferencial hoy es el cada vez más alto nivel de vacunación, por tanto de inmunidad entre los mayores de edad y los grupos vulnerables y como consecuencia de ella la importante reducción de la mortalidad. Después vendrá con toda seguridad la reducción de los ingresos en UCI y luego la de las hospitalizaciones al final de la pandemia.

Asimismo, surge otra vez el maniqueo del final del estado de alarma frente al manido plan B de legislación de salud pública. Ambos en la actualidad inviables. El uno porque la prórroga de la declaración de estado de alarma resulta hoy por hoy inviable al carecer de la mayoría parlamentaria requerida, y el otro, el manido plan B porque ninguna modificación legal puede autorizar a los gobiernos autonómicos la potestad de limitar derechos fundamentales, cosa que según la Constitución solo lo puede hacer la declaración del estado de alarma. Otra vez un debate maniqueo en falso, que en vez centrarnos unos y otros en la labor de concretar las medidas necesarias  de desescalada y los compromisos del gobierno central y las CCAA en salud pública, rastreo y atención primaria para cumplirlas, nos recreamos por contra en la polarización alimentando un populismo irreconciliable.

Finalmente, aparece el maniqueo sobre si administrar ya la segunda dosis de Astra Zeneca o esperar para en su caso acudir a la combinación de las vacunas. Con la información que tenemos hoy, por parte de la agencia europea del medicamento y las recomendaciones de la OMS en el mismo sentido, lo lógico sería  continuar ya con la segunda dosis de Astra Zeneca. A priori, no parece más seguro ni efectivo el combinar la segunda dosis con otra vacuna, pero tampoco parece que los gobiernos franceses, alemán y español, entre otros, pequen de exceso de prudencia ni que sean cobardes y mucho menos perversos para dejarnos desprotegidos a la espera de la segunda dosis. Ni los políticos son cobardes electorales ni la ciencia valiente. Al menos teóricamente, los gobiernos cuentan con toda la información científica, económica y de opinión pública para evaluarla y decidir con equilibrio. Para eso los hemos elegido.

La política debe decidir sobre bases científicas pero tiene que valorar también otros factores sociales, económicos o de opinión pública, en un contexto de incertidumbre. Se puede coincidir o discrepar, pero no descalificar con adjetivos gruesos, que lejos de facilitar el debate y la rectificación en su caso, promueve la antipolítica. Por supuesto, los científicos y los técnicos son imprescindibles como asesores, pero no deciden. Los científicos se atienden a la evidencia pero no se someten al veredicto del voto. El que decide es el gobierno elegido, y no las sociedades científicas ni las empresas.

Por otra parte, como se sabe, las agencias del medicamento como la EMA no son solo ciencia y las comisiones de vacunas y salud pública tampoco son políticas sino técnicas. La comisión de vacunas y la de salud pública están compuestas por profesionales de salud pública, epidemiología. Tan científicas pues como cualesquiera otras sociedades científicas que suscriben manifiestos y discrepan.

Hay demasiados sectores que últimamente parecen interesados en oponer la ciencia y la opinión pública frente a la política. Con todo ello nos perdemos valorar aciertos y corregir errores. Como el excelente trabajo de planificación y vacunación, empezando por los más vulnerables. Al final se puede empañar el excelente trabajo de planificación y administración de vacunas en España. Con esta inquina nos perdemos también la posibilidad de un aprendizaje mutuo entre ciencia, comunicación y política. El de la objetividad, la experimentación, los datos y la evaluación de la ciencia, el del análisis, la transparencia y la crítica de los medios de comunicación, junto a la intuición, la superación de contradicciones y la dirección de la sociedad en condiciones de incertidumbre de la política. Porque nadie creía posible hace unos meses ni la culminación de la investigación de las vacunas en tan poco tiempo ni tampoco una vacunación tan rápida durante el primer semestre de 2021. La ciencia y la política lo están haciendo.

Primero se decía que no llegábamos, luego que no éramos capaces de administrar las vacunas y ahora nos encontramos obsesionados sobre los efectos adversos y la segunda dosis, ignorando que la gran mayoría de la humanidad sigue a la espera y a veces sin esperanza. Así como los retrasos y el reparto desigual de las vacunas han sido debidos al incumplimiento de los contratos por Astra y Pfizer y sus intereses comerciales los unos, y a la complicidad de la política los otros y como consecuencia sufrimos hoy el drama de la insolidaridad con los países empobrecidos que nos avergüenza.

En definitiva, parece que salimos de la pandemia, unos y otros desde nuestra respectiva atalaya, con un alto concepto de nosotros mismos y como consecuencia con un pobre concepto de todos los demás: sobre todo en relación a los políticos que hemos elegido. No es de extrañar el cansancio y el escepticismo de la opinión pública ante la democracia y los medios de información. Demasiados maniqueos, infodemia y populismo en pandemia. Ya es hora de que seamos todos responsables de nuestras obras y decisiones. En este sentido, salir de la pandemia con un poco más de humildad y solidaridad no nos vendrían nada mal.

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