«No las vas a volver a ver»


La frase es brutal. «No las vas a volver a ver». Es lo último que le dijo el padre desaparecido con las dos hijas a la madre de las niñas. Ella, Beatriz, cree, o quiere creer, lo que se comprende perfectamente en un corazón al límite, como debe estar el suyo, que sus niñas, Anna y Olivia, de 1 y 6 años, han sido secuestradas por su padre Tomás. «Mi mensaje es que manden mucha luz y amor a las niñas, que estoy segura de que están bien». Son las palabras de la madre. Ojalá no se equivoque.

Los mejores expertos en este tipo de casos están trabajando sin parar. Siguen dos vías de investigación. La del desenlace más radical y la de una fuga planeada hacia África. La segunda hipótesis se abrió al observar operaciones bancarias de la expareja de Beatriz, Tomás, miembro de una familia pudiente de la isla tinerfeña. Transfirió más de cincuenta mil euros. ¿El pago para sufragar un traslado con sus hijas hacia el continente africano? ¿Hubo un encuentro en alta mar pactado?

Nada es seguro. Los movimientos realizados por Tomás con la lancha hacen pensar en que quiso provocar la sensación de que se había lanzado al abismo con ellas en una zona en la que los buzos no pueden sumergirse, por su profundidad, para comprobarlo.

Todo esto que está haciendo Tomás se llama violencia vicaria y es el comportamiento de un monstruo de violencia machista al cuadrado. Al no poder recuperar a su pareja, a la que cosifica y considera suya, un objeto más de sus posesiones, la quiere golpear en lo que ella ama más. Sus niñas. Le da igual que sean también sus hijas. Solo busca castigarla a ella. Es el desprecio absoluto que manifiesta la causa única de quien solo busca saciar su sed absurda de venganza.

Esa madre le dejó a sus hijas por la tarde y, cuando fue a por ellas a la hora convenida, las 21 horas, no estaba en el domicilio. Fue su primera llamada al móvil. Le dijo que estaban cenando y que se había demorado. En la segunda llamada le dijo que no las iba a volver a ver. Hubo una tercera llamada. Una cuarta. Una conversación de madrugada. Y a las seis el móvil dio apagado o fuera de cobertura. Ese fue el camino hacia el infierno que está viviendo Beatriz. Solo un deseo: que sigan con vida.

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