Se echan las manos a la cabeza ahora los colaboradores, periodistas y presentadores que llevan décadas haciendo programas de corazón. Se echan las manos a la cabeza por haber sido el altavoz de un maltratador y por haberlo sentado a la mesa, por haberle dado alas y por haberse creído su única versión. Ahora, dicen, hacen autocrítica, pero siguen alimentando y llenando los programas con personas que son capaces de despellejar al otro sin ningún tipo de vergüenza ni piedad. Te puedes llamar Dakota o ser la supuesta amante de Iker Casillas que tu presencia es bienvenida en esa televisión cuando de lo que se trata es de rajar del otro para ponerlo a caer de un burro. Pobre del que caiga en esa red porque poca defensa tiene cualquiera que termine rodeado de esa jauría y de ese modo terrible de contar. Con una sola versión, la propia, basta para dañar y herir de muerte al otro. Solo hay que ver lo que todos los días sueltan por esa boca. De la Pantoja se han dicho barbaridades porque con el relato de su hijo ha sido suficiente. Y lo mismo ha sucedido con Rocío Carrasco (y con Rocío Flores, ojo) y tantos otros que han optado por no decir lo que piensan y sienten o porque simplemente se los ha silenciado. Se les acoge con la certeza de ese todo vale para dar de comer a la audiencia. Son otro tipo de víctimas de maltrato: del mal trato que les dan quienes salen a diario a humillarlos y despreciarlos.

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Víctimas de otro maltrato