Fútbol sin alma

OPINIÓN

Una camiseta con el 10 en el Wanda Metropolitano anoche, en el partido entre el Atlético de Madrid y el Locomotiv de Moscú.
Una camiseta con el 10 en el Wanda Metropolitano anoche, en el partido entre el Atlético de Madrid y el Locomotiv de Moscú. SERGIO PEREZ | REUTERS

27 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Finalizó la Liga y con ella el purgatorio para los puristas del fútbol que protestaron contra la reanudación de la competición con las gradas vacías tras el virus. «El fútbol sin público es un fútbol sin alma», sentenció Jorge Valdano. «No podría ver un partido así, me haría mal», rechazó con asco Menotti. Abrazados a su biblia del fútbol en verso, despreciaron la ocasión de mirarlo desde un ángulo inédito, sin la intensidad ni las urgencias de la grada.

Pese al rechazo de los teólogos mandaron los mercaderes y el fútbol sin alma se puso en marcha. Desde el principio me gustó. Sin la bronca de la jauría afloraron los sonidos esenciales del juego: el golpeo del balón en un desplazamiento largo, una voz agitada pidiéndola en un desmarque en carrera, el silbato del árbitro -siempre en contra de los nuestros-, el poste temblando al devolver un balón que parecía que entraba… Disfrutar el privilegio de un partido de calle y patio de escuela entre los mejores del mundo, sin nostalgia de Manolo «El del bombo», al parecer elemento legitimador y constitutivo del juego.

Pero el silencio completo duró poco. El periodismo deportivo necesita del ruido para mantener su engendro de excesos, y pronto se impuso en las retransmisiones un fondo enlatado de bulla canchera, con aplausos, gritos o protestas, a medida de cada lance del partido. No solo el silencio se les hizo insoportable, también el vacío. Por todas partes se multiplicaron iniciativas para llenar las gradas desiertas: el Borussia Monchengladbach colocó trece mil figuras de cartón en los asientos con las caras de sus aficionados; el AGF Aarhus instaló pantallas en las gradas reproduciendo a sus hinchas animando desde casa a través de Zoom. Cualquier cosa valía para llenar el vacío vírico y global que nos interpelaba desde una pantalla acostumbrada a ofrecer solo ruido. Al final se generalizaron las retransmisiones televisivas superponiendo recreaciones digitales de la hinchada sobre la grada. Los ruidos enlatados se impusieron al silencio y el vacío se cubrió con trampantojos.