La buena muerte: certezas en la incertidumbre

Ascensión Cambrón PRESIDENTA DE LA ASOCIACIÓN DERECHO A MORIR DIGNAMENTE GALICIA

OPINIÓN

Javier Lizon | Efe

26 jun 2021 . Actualizado a las 09:40 h.

La mayoría de personas no saben cómo será el final de su vida. Es imposible saberlo. Sin embargo, muchas tienen claras las situaciones que querrían evitar. Dicho de otro modo, en qué condiciones preferirían morir a seguir viviendo. Pero para cada cual son diferentes esas condiciones: la incapacidad de controlar el sufrimiento, la pérdida de la propia autonomía o el deterioro de la lucidez son algunas de las más habituales.

Hasta ahora, en España no había una respuesta satisfactoria para las personas que reunían alguna de estas circunstancias. Unas, en su desesperación, se quitaron la vida de forma clandestina y violenta, o, si disponían de recursos económicos, se desplazaron a países como Suiza en busca de un suicidio médicamente asistido. Otras, como Ramón Sampedro y María José Carrasco, buscaron la colaboración de sus seres queridos, que arriesgaron su libertad para ayudarles. La mayoría simplemente tuvieron finales espantosos, obligadas a vivir en contra de su voluntad durante meses o años.

La actual ley de eutanasia, la buena muerte, permitirá que algunas personas, en esas circunstancias dramáticas e irreversibles, puedan adelantar su final y así evitar una existencia que consideran inaceptable, contraria a su concepción de vida digna. Se trata siempre de una decisión que sin excepciones ha de ser voluntaria; nadie puede pedir la muerte para otra persona, en ningún caso y por ningún motivo. La experiencia de otros países revela que esa petición de eutanasia libre e individual supone entre el 1 % y el 4 % del total de fallecimientos anuales. En Galicia, estos porcentajes supondrían entre 300 y 1.200 muertes asistidas al año.