Luis Enrique se presentó en la Eurocopa con veintipico desconocidos. Cuando los periodistas le preguntaron quién era el líder podría haber contestado una bordería de las suyas. Pero fue sincero: «El líder soy yo». Los primeros partidos fueron una calamidad. La caverna afilaba el cuchillo. Pero el gijonés insistió en que de un momento a otro se abriría la botella de cava. Aún nos mesamos los cabellos recordando a un desconocido como Dani Olmo y a un imberbe como Pedri humillar a la mejor Italia en décadas. Y hay que reconocerle al líder que si no ganamos esta Eurocopa fue por la porca miseria de casi siempre. Pero tenía razón y hay que dársela.
Ni Luis Enrique ni Pedro Sánchez tienen un problema de autoestima. Comparten más cosas. A distintos niveles, ambos han tenido que pelear con graves situaciones en los últimos años. De manera que no es descabellado pensar que a estas alturas del partido, Pedro ha optado por la táctica de Luis Enrique. Aquí mando yo, ya he aprendido cómo funciona esto y a partir de ahora, no digamos con Pablo Iglesias jubilado, os vais a enterar.
El primer análisis de la crisis de gobierno de este sábado de julio es que tres años después de llegar por primera vez a La Moncloa, Sánchez ha decidido hacer todo lo contrario que entonces. El denominado gobierno bonito, con una mezcla de veteranos del PSOE (Borrell, Ábalos, Calvo) y fichajes mediáticos (Duque, Màxim el breve,...), todos ellos con grandes currículos, se pasa a un consejo de ministros en el que apenas va a quedar nadie capaz de decirle «presidente, te estás equivocando». El nuevo gabinete parece una comida de alcaldes socialistas a la salida de un congreso de municipalismo. Y las carteras parecen asignadas por un algoritmo automático.
El tamaño de la escabechina, no solo en el Gobierno sino también en el PSOE, puede ser un indicador de que el tamaño de la grieta abierta por la crisis Murcia-Madrid primero y por los indultos después es mayor de lo que admite el capitán del barco. Solo así se entiende la humillación a Iceta, que ya casi celebraba su ascenso a vicepresidente y portavoz, y su sustitución por la alcaldesa de Puertollano.
El causante de todas esas crisis también se va. O lo echan. Eso no lo sabremos nunca. Aunque Iván Redondo deja en su despedida un enigmático «nos volveremos a ver». Y quizás ese es el cambio de mayor enjundia. Para hacer frente a Casado, Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez, mejor los fontaneros del aparato de Ferraz de toda la vida.
Que siga el núcleo duro económico, con Calviño al frente es, además de coherente, inevitable. Marear a los electores es una cosa, marear a Bruselas es otra. También es admirable el descaro con el que Sánchez admite que no tiene ninguna potestad sobre los cinco ministros de Podemos. Aunque probablemente le da igual. El líder soy yo.
Por último, el AVE a Galicia no lo inaugurará Ábalos ni un ministro gallego, sino la hasta ahora alcaldesa de un pueblo de Barcelona. El PSdeG sigue jugando en la segunda división.
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