«Inside Paco Umbral»

Iñako Rozas

OPINIÓN

Paco Umbral
Paco Umbral

Septiembre siempre llega. El ser humano se carga de propósitos de curso nuevo que luchan contra las depresiones postvacacionales, las matrículas para escuelas de música y de idiomas, las vueltas a los despachos y a los nudos Windsor. Menos mal que, año tras año, tenemos San Mateo y las novedades editoriales para hacer todo eso más llevadero. En apenas unas semanas uno se dejará todo el dinero que no ha ahorrado durante las vacaciones y verá crecer en su mesa de escritorio una montaña de libros por leer que se acumularán a los ya presentes. 

La mentira por delante, de Lorenzo Montatore, editado por Astiberri, es la primera novedad que ha caído en mis manos. Hace ya meses que la esperaba y ha superado con creces mis altas expectativas. Pues bien, no sé si llamarlo cómic, tebeo, biografía gráfica o qué, pero el autor hace del Maestro Umbral un personaje casi de tira cómica, sublime con interrupciones, y que me recuerda al Woody Allen, de Inside Woody Allen, creados por Stuart Hample, y recopiladas en un volumen de Tusquets hace unos años.

Por las páginas de esta colección de ilustraciones desfilan Camilo José, su querido Miguel, Lola Flores, Joaquín Soler, Berlanga, Pi-ti-ta —tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes—, los tres Ramones —Ramón, Don Ramón y Juan Ramón—, el Café Gijón, María España y Pincho, claro. Montatore suma un imprescindible, un must como se suele decir, a la larga bibliografía de Umbral. Y es que ese hombre que hizo de su persona literatura, que creó el personaje de sí mismo —Umbrá, yo creo que en tu casa ere de una manera y cuando sales es como si t’hubiesen metío un bastón por la esparda—, se ve ahora convertido en viñeta, y qué bien le queda.

Uno, que es umbralista militante, que se sabe las entrevistas y los manierismos del niño de derechas, las memorias y novelas del joven malvado, sus años por tierra de Castilla, sus travesías y amores de, y en, Madrid, reconoce en cada página a un autor detallista, cuidadoso —pienso en ese cuarto de baño azul del comienzo de Las Ninfas—, y no puede más que ver cómo se le erizan los pelos, querer vivir la vida literariamente y le entran volver a Umbral. Si es que se puede regresar a un lugar que nunca se dejó. Ojo a lo de Montatore, que sabe lo que se hace.