«Tudo o que não presta» (Los que sobran)

OPINIÓN

Envío de miles de migrantes escoltados por Bielorrusia a la frontera con Polonia, que mantiene un despliegue masivo de su Ejército (unos 15.000 militares) para contener cualquier entrada al territorio.
Envío de miles de migrantes escoltados por Bielorrusia a la frontera con Polonia, que mantiene un despliegue masivo de su Ejército (unos 15.000 militares) para contener cualquier entrada al territorio. RAMIL NASIBULINBELTA HANDOUT | EFE

13 nov 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

En 2014 el diputado brasileño Luis Carlos Heinze se refirió a los brasileños de origen africano, a los gays, a las lesbianas y a los indios como «tudo o que não presta», o sea, «todo lo que no sirve». Iba sonando el soniquete de Bolsonaro. Pero eso también se oyó en España varias veces. Y Apple y Facebook no lo dijeron así, pero casi. No habría que hablar de ello si no estuviera cada vez más dentro de la política ordinaria. La injusticia consiste en el daño que sufren una personas por el beneficio de otras. Una forma de mantener a la gente desafectada de la injusticia que sufre otra gente es negarla. Y la manera de negar la injusticia es ignorar a la gente que la sufre o negar que su sufrimiento sea injusto. Aquí ya se dijeron cosas como las de Heinze. En el mismo 2014 Mónica Oriol dijo que era muy alto el salario mínimo porque lo cobraba un millón de jóvenes que «no valen para nada» (não prestam, diría Heinze). Si no producen, no sirven y no pueden cobrar. El salario mínimo era entonces de 645 €. La solución para esa generación que no vale para nada era que cobraran bastante menos que eso. Trabajando por casi nada serían «atractivos» para las empresas y entonces sí servirían y además «se formarían». La razón de que ese millón de jóvenes estuviera en paro, decía Mónica Oriol, es que habían dejado la ESO para meterse en la construcción y tener pasta los viernes y sábados para vacilar con las chicas y ligar. Cuando Mónica Oriol habla de jóvenes, se refiere a jóvenes propiamente dichos, es decir, a varones. Ella es mujer, pero no cuenta porque ella nació siendo Mónica Oriol, sobre todo Oriol. Así, no hay injusticia que reparar. Los que trabajamos podemos limitarnos a acompañar a Oriol en su aflicción condescendiente: qué hacemos con todos estos pobres chicos.

Las mujeres deben valer más que los indios o los gays, pero no mucho más. Por aquellas fechas dijo también Mónica Oriol desde la presidencia del Círculo de Empresarios que ella prefiere contratar a mujeres de menos de 25 años o más de 45 para no cargar con el «gran problema» de los embarazos. Encabezó aquella «idea» con la expresión que se suele utilizar para decir disparates sin parecer idiota: «voy a decir algo políticamente incorrecto». Con esa coletilla parece que cualquier réplica se haría por corrección política, es decir, por postureo. Y de paso parece que se está diciendo algo auténtico, fresco, incluso rebelde. Años antes el mismo Círculo de Empresarios había propuesto que las mujeres pagaran un seguro especial hasta la edad de la menopausia para cubrir los gastos de los embarazos. Fecha de caducidad, dijo uno para referirse a la menopausia; fin de la fertility, dijo otro, mientras se sonreían entre sí con refinamiento. Apple y Facebook financian la congelación de óvulos para que las mujeres puedan dejar su maternidad para edades provectas y así en las edades clave para su profesión no estén engrosando la bolsa de los que não prestam.

Los afilados aires del neoliberalismo rapaz están extendiendo el recurso de acabar con la injusticia ninguneando o despreciando a quienes la padecen. El veneno de la ultraderecha está tiñendo el desprecio directamente de odio y agresividad. No olvidemos que la ultraderecha no influye porque sean listos. Influye y tiene presencia porque la maraña de agrupaciones ultracatólicas o fascistas de diversos pelajes está muy financiada precisamente por quienes deciden quiénes no sirven para nada y cuánto sirves si eres indio o puedes quedar embarazada. El sistema que quieren, el que hay, provoca por sí mismo la exclusión y la desigualdad y por eso la propaganda tiene que incluir la denigración de las víctimas de esta desigualdad creciente. Cada vez hay menos gente que sea propietaria de la vivienda en la que vive y sin embargo cada vez se venden más pisos. Cada vez más gente es inquilina de cada vez menos propietarios. La gente vive en una permanente subasta y arrecian inversores que quieren poner y quitar inquilinos, con prácticas muchas veces mafiosas, según las ganancias de esa puja invisible. El lucro desbocado tritura el derecho constitucional y humano de vivir en alguna parte. Y a medida que se acumulan víctimas de este descontrol arrecia la propaganda de que hay tantas okupaciones que no puede uno bajar al buzón sin que se le llene la casa de intrusos. Los inquilinos atropellados se presentan así como okupas, morosos y destrozones y se disfraza su maltrato de defensa de una propiedad asaltada. La voz de la infamia puede ser la de los anuncios de la banca March con su Securitas Direct, la de Díaz Ayuso o la de algún palurdo desokupa fingiendo que protege a una anciana. Los inquilinos a los que hay que echar para mejorar el negocio pasan a la bolsa de tudo o que não presta, de los parásitos que no sirven para nada. En la misma bolsa están quienes subsisten con alguna asistencia social, denigrados ellos como vagos y la asistencia como paguita. Se asocia a inmigrantes con delincuencia inventada. Se agitan prejuicios e inercias sociales para ahondar la discriminación de género y de minorías raciales o de otro tipo.