El retorno del Rey, el suicidio de Verónica y la democracia

OPINIÓN

Verónica Forqué en la gala de los Premios Goya en 2011
Verónica Forqué en la gala de los Premios Goya en 2011 BENITO ORDÓÑEZ

18 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

En la misma semana se ruge que el Rey emérito va a volver, se suicida Verónica Forqué casi sin apagar el fogón de Masterchef y el señor Carrizosa vocifera que un niño de Canet pidiendo más clase en castellano es como Miguel Ángel Blanco en un descampado con dos tiros en la cabeza. Eso sí, dijo que «salvando las distancias». Porque para las derechas no hay distancia insalvable. Seguro que él mismo podría ser un nuevo Gandhi, salvando las distancias. Pero no nos desviemos. La cosa es en qué se parece el retorno del Rey, el suicidio de Verónica Forqué y las derechas salvando las distancias de la decencia.

Se habló mucho de Masterchef y los realities por el suicidio de Verónica Forqué, que ocurrió justo después de la exposición mediática de su evidente desequilibrio y de un estrés llevado hasta el agotamiento. Vincular el programa con el suicidio trivializa el complejo caso de los suicidios y caricaturiza a la actriz. Masterchef no puso a Verónica en el corredor de la muerte. Pero una persona irreconocible y extraviada puesta de escaparate sí fue parte de la dieta de audiencia del programa y eso sí es de lo que va este tipo de programas: humillación en vivo, competencia y ambición desmedidas, zancadillas, delirios de triunfo, la dichosa memez de tener y perseguir tus sueños para que la normalidad se perciba como fracaso y la bondad como limitación (y a lo mejor como «carencia de emprendimiento»). Pero no es esta trillada senda lo que me interesa ahora. Estos programas se llaman realities porque no son películas o series de ficción, sino que se presentan como la exhibición de situaciones reales no actuadas. Eso es lo que parece y lo que es, no creo que sea todo una actuación amañada. Parece que, sin actuación ni coacción, lo que vemos es realidad sin filtros.

Si queremos saber cómo es alguien «en realidad», ¿en cuál de sus momentos «reales» deberíamos fijarnos? ¿En las convulsiones enardecidas de un concierto de rock? ¿En el cabreo de un atasco de tráfico? ¿En la abulia de un día de cansancio y hastío? ¿En la alegría radiante tras una buena noticia? ¿En el dulce abandono de un orgasmo? Todo es real y nada de esto nos dice cómo es el sujeto «en realidad». A esto lo llamamos sesgo. Los momentos sesgados no son la realidad de nadie. Lo que muestran los realities parece real, pero la realidad sesgada no es la realidad. Si ponemos a gente real en un concierto de Marilyn Manson, conseguiremos un cierto tipo de conducta colectiva aparentemente espontánea, pero en una circunstancia que va a sesgar esa conducta. Los realities, con su fuerte audiencia, nos acostumbran a tomar por realidad y por normales comportamientos sesgados por las situaciones ideadas por los diseñadores del programa y por el propio casting de los concursantes. Al final lo que veremos son las conductas previstas en el diseño del programa que abundarán en insanias de todo tipo y cautivarán la atención de una audiencia que va siendo educada en los valores de esas conductas sesgadas y en tomar como realidad la aparente espontaneidad de lo que ven. Creerá incluso que la libertad era eso.