Hace unos cuantos siglos, cuando los campesinos vascos bajaban los domingos de los montes con sus mejores galas para asistir a misa, al salir, para divertirse, hacían concursos para ver quién cortaba troncos más rápido o levantaba las piedras más pesadas. Algo parecido hacían los leñadores canadienses de Maria Chapdelaine. En cambio, los ingleses jugaban al fútbol, o, cuando iban al pueblo, recorrían el camino golpeando una piedra con un palo, y así nació el golf. Los señoritos, en verano, antes del té de las cinco, jugaban a pasarse una pelota por encima de una red que colocaban en el prado de hierba perfectamente cortada. Eran juegos. Pero la gente comenzó a acercarse para mirar, y los jugadores comenzaron a recibir dinero por pasárselo bien. Eso ahora se llama la «liga de las estrellas» o el Open de Australia, cosas así. Y hay tipos que creen, como nuevos odiseos, que son los elegidos de los dioses, olvidando —porque nunca han ido a un circo— que a base de entrenamiento puedes andar por un alambre o, si eres japonés, cortar un pez venenoso con la suficiente precisión para que los comensales de un restaurante en lugar de morir te paguen una pequeña fortuna. El tenista del que todos hablan, como suele ser frecuente, lo que mejor hace no es pensar, sino jugar al tenis, y no suele publicar artículos en la revista The Lancet. Su padre, tampoco. Ni lo uno ni lo otro. Pero yo les traigo a los australianos una propuesta irrenunciable: que al tenista le defienda el título Miguel Bosé.
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