Las leyes y la sociedad sin ley

OPINIÓN

Marine Le Pen y Emmanuel Macron, este miércoles, antes del comienzo del debate electoral de cara a la segunda vuelta de las presidenciales francesas del próximo domingo
Marine Le Pen y Emmanuel Macron, este miércoles, antes del comienzo del debate electoral de cara a la segunda vuelta de las presidenciales francesas del próximo domingo POOL New | REUTERS

23 abr 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Esta es una semana de presidenciales francesas, de Pegasus galopando por teléfonos, de más comisionistas de más pelajes y del Día del Libro flotando entre las olas solo, como la barquilla de Lope de Vega. Es una semana en la que brilla la ley a la que se supeditan las demás leyes. No hablo de la Constitución, hablo de la ley del embudo. Se llama así porque los embudos son muy anchos por un lado y muy estrechos por el otro y es costumbre que las mismas leyes sean muy permisivas para pocos y muy estrictas para muchos. Cada vez que nos topamos con el Rey, el CNI o los comisionistas que parasitan nuestros trabajos y dineros como las garrapatas, uno piensa en los programas informáticos de las películas. El que diseña el programa siempre deja una puerta de atrás para poder colarse en el programa si quiere. El que hace la Estrella de la Muerte le deja un punto débil por si hay que destruirla. Y la ley tiene también su puerta de atrás, la famosa trampa que hace el que hace la ley, para que, cuando la realpolitik lo exija, se la pueda pasar por el forro el que decide lo que es la realpolitik. Lo curioso de esta ley de leyes es que cuanto más manda menos ley hay. A algunas bandas les gusta la ley del embudo, porque en realidad les gusta poco la ley. No disimulan que lo que quieren es «libertad», esa curiosa palabra que se gritaba contra las dictaduras y ahora la gritan contra la justicia social y los servicios públicos. El Día del Libro es un buen día para reparar en lo solas e indefensas que están las palabras en el diccionario.

Francia siempre está bien y siempre siente estar a punto de caer. Sus cifras económicas y sus niveles de protección social son muy altos. Su posición en el sindiós que viene de Ucrania es más confortable, en lo geográfico, en lo geopolítico y en lo energético, que la de sus vecinos. En la parte bella, es un país que siempre tuvo la cultura y el refinamiento como parte de su identidad. Basta poner la radio en Francia y recorrer el dial. Incluso quien no sepa una palabra de francés notará la cantidad de emisoras donde se habla por turnos sin vociferar. En la parte fea, tiene el ejército más poderoso de la UE por su arsenal nuclear. Pero siempre está al borde del todo o nada. A uno le gustaría pensar que son cosas psicológicas, pero lo cierto es que es inevitable la sensación de que en estas presidenciales Francia se juega el tipo y Europa también. Sobre la estrategia de Le Pen en el debate con Macron, los medios destacaron su esfuerzo por mostrar un perfil amable y hasta con tonos moderados. Las encuestas dicen, en línea con esa estrategia discursiva, que la mayoría de los franceses cree que la democracia no peligra con la ultraderecha. Quien escribe estas líneas no tiene ninguna duda de que sí peligra y que peligrando en Francia peligra en Europa. Los más pesimistas verán en el tono moderado que intentó Le Pen algo negativo, una mentira que pone piel de oveja a una metástasis del fascismo para llevarlo al corazón de Europa. Estoy de acuerdo con este temor pero, ya que estamos en el Día del Libro, anotemos como machado el consuelo de las hojas verdes del olmo viejo. Parece que en Francia para que crezca la ultraderecha tiene que no parecerlo. Parece que para tener alguna posibilidad tiene que envolver su barbarie en acentos civilizados para no espantar a la audiencia. Esto quiere decir que si los franceses votan contra la democracia será porque se les engañó, no porque desconfíen de ella. En España Vox crece degradando las formas, atropellando insultos, multiplicando el gamberrismo tabernario e insinuando puños. No es que sean distintos. Pero que sean unas formas u otras las que den votos tiene algo que ver con el ambiente del país. De momento, en Francia hay bajar decibelios para ser audible.

Francia forma parte de nuestra actualidad porque Europa está siendo atacada y la democracia está siendo desafiada. No por un inexistente comunismo, sino por una ultraderecha que intenta infiltrarse en su torrente sanguíneo, que está fuertemente financiada y que es del interés geopolítico de Rusia y ya veremos si de China. En España se acaba de archivar una denuncia contra Casado presentada por una tal Asociación Nacional Anticomunista, otra más. La democracia se defiende reafirmándola, no diluyéndola. La ley del embudo consiste en mantener la ley y defender excepciones injustificadas. El resultado es el mismo que si cuestionamos la ley. La ultraderecha se concentra en combatir la dictadura progre, es decir, la democracia. En su jerga lo progre es todo lo que hace que esto no sea Hungría o Franco. Es lógico que lo sientan como una dictadura, para ellos los derechos y libertades son hostiles. Por eso quieren quebrar las leyes que establecen esas libertades y reducir la Constitución al nombre de la nación y a los colores de la bandera. El problema es que una democracia en la que crece la ley del embudo allana el camino o hace menos disruptiva la quiebra pretendida por la ultraderecha.