El senador circunspecto y el presidente bronceado

OPINIÓN

Sánchez y Feijoo se saludan en el Senado
Sánchez y Feijoo se saludan en el Senado FERNANDO ALVARADO | EFE

11 jun 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Conviene planificar las tareas extensas con fechas y estimación de tiempos, y no solo por organizarse. Cuando ponemos una tarea en el tiempo, ganamos dos cosas, además de la organización. Una es que disolvemos la ansiedad, que normalmente consiste en sentir las obligaciones colapsadas aquí y ahora. Desplegar las preocupaciones en el tiempo es a la mente lo que unos vahos de eucalipto a los pulmones. La otra es que da ánimos, porque un trabajo puesto en el tiempo se ve abarcable y factible. Incluso una planificación desastrosa nos alivia la ansiedad y nos mejora el ánimo. Cuando vamos angustiados al médico y nos explica lo que nos pasa y le da nombre, también sentimos consuelo en dos cosas: en que el médico nos entienda y en que sepa más que nosotros de lo que nos pasa.

Se lo pedimos siempre a los gobernantes, que nos entiendan y que sepan más que nosotros. Lo segundo no sirve sin lo primero. Las circunstancias pueden influir mucho en cómo afecta a la conducta colectiva que nos sintamos entendidos o ignorados. Las circunstancias son, desde hace un par de años, desquiciantes. Pasó sobre nosotros como una apisonadora una pandemia devastadora, que no solo se llevó vidas y riqueza, sino también certezas, orientación y brújula moral. Ahora estamos en guerra, con precios de guerra, con prioridades de guerra (lean lo que va a gastar Europa en defensa), con urgencias e incertidumbre de guerra y con pillaje de guerra. Los de la «cultura del esfuerzo» bendicen y protegen los beneficios caídos del cielo de las eléctricas y petroleras. Lo de beneficios caídos del cielo es figurado, quiere decir que son riquezas obtenidas sin dar un palo al agua. En sentido literal, no caen del cielo sino del saqueo a la nación de estos oligopolios que actúan como cárteles delincuentes. La cultura del odio y la exclusión de la ultraderecha, bien diseñada y financiada internacionalmente, es parte de la perturbación general. Para que no hagan caja los que solo se nutren de alaridos y para que no afecten a la conducta colectiva sus patrañas, se requieren los alivios que rebajan la ansiedad y los bálsamos que mejoran el ánimo. Con ansiedad y desmoralización no cabe el sentido común.

En momentos de tanta incertidumbre y desconfianza, la primera obligación de quien está al frente es que la gente se sienta entendida, la dichosa empatía, que depende en no poca medida del gesto. Salvador Illa tuvo un subidón de popularidad durante lo peor de la pandemia. No fue ni más ni menos eficaz que los demás. Pero el suyo era el gesto de la nación: desbordado, con la camisa remangada, pidiendo rigor, angustiado y tenaz. Parte del éxito de Díaz Ayuso se basó en eso. El momento era distinto y el gesto en el que la gente se reconocía era el de dejar atrás la amargura, abrir las ventanas y tomar una caña. Una cosa es el abracadabra del márquetin y los mercaderes y otra cosa es que cuando vamos al médico o vivimos una calamidad, el sentirnos entendidos afecta a nuestro buen juicio. Es notable que nadie parezca entenderlo en la Casa Real, porque ese debería ser el trabajo de un Rey en democracia, ser el gesto del país. Convencimientos republicanos aparte, no hubo un solo momento en que la monarquía fuera útil en la emergencia. La monarquía y el emérito, no hacen más que lo que Sánchez predica del PP: estorbar, estorbar y estorbar.