La peligrosa banalización de la barbarie

OPINIÓN

Vladimir Putin brinda con el primer ministro húngaro, Víktor Orbán.
Vladimir Putin brinda con el primer ministro húngaro, Víktor Orbán. SPUTNIK | Reuters

02 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Un periódico madrileño relataba el pasado viernes que, acuciado por la necesidad de encontrar alternativas a la energía rusa, occidente está estrechando lazos con países autoritarios. De inmediato me pregunté ¿cuándo dejó de hacerlo? Durante la guerra fría cualquier anticomunista era bueno, aunque fuera tan sanguinario como Trujillo o Videla, pero no debe olvidarse que la OTAN, la alianza «occidental» por excelencia, nunca mostró especial interés por la democracia o los derechos humanos. De hecho, no le hizo ascos al Portugal de Salazar, miembro fundador, a la Grecia de los coroneles o a varias dictaduras militares turcas. Tras el fin de la Unión Soviética, tanto las potencias europeas como EE. UU. continuaron cultivando la amistad de tiranías si la consideraban provechosa.

Probablemente el pragmatismo en las relaciones internacionales sea inevitable, aunque conduce a desconfiar de las selectivas cruzadas por la democracia, que suelen esconder otros intereses. En cualquier caso, convivencia no es lo mismo que amistad. Una confederación de países construida no solo por intereses, sino sobre valores comunes, como la Unión Europea, no puede ser tolerante con fuerzas políticas contrarias a los más elementales derechos de la persona, especialmente si llegan al gobierno. No sirve alegar que eso es la democracia, si la mayoría de los electores de un país europeo elige a dirigentes que combaten los valores sobre los que se construyó la Unión debe saber que eso significa que decide abandonarla.

De una u otra forma, todas las extremas derechas amenazan la libertad individual, la igualdad y la democracia, pero las recientes declaraciones del primer ministro húngaro en Rumanía, por explícitas, han saltado una barrera hasta ahora infranqueable. Las fuerzas antidemocráticas, incluido el fascismo, siempre han sido cínicas a la hora de exponer sus planteamientos más extremos hasta que ocuparon el poder. El señor Orbán ya lo detenta en Hungría, pero aún no ha logrado, esperemos que nunca lo consiga, que sus secuaces gobiernen en otros países de la unión o tengan mayoría en el Parlamento Europeo. La agresión rusa contra Ucrania lo ha separado de Polonia, a cuyo gobierno ha hecho más flexible la necesidad de amparo frente a la amenaza del imperialismo putiniano. En cualquier caso, el descaro racista que ha mostrado el líder húngaro prueba que el peligro de que se imponga la barbarie es muy real. La reacción de la señora von der Leyen ha sido demasiado tibia, tampoco se ha visto la contundencia necesaria en otros dirigentes europeos.