El DAFO de la democracia. Nadie mira arriba

OPINIÓN

Mabel Rodríguez

06 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Quien quiera entender el efecto de la desinformación solo tiene que beberse una botella de tinto en ayunas o esnifar algo contundente. Cuando ves las cosas donde no están, oyes lo que no hay y caminas en el suelo horizontal como si estuviera inclinado, entonces te desajustas y te caes de culo. La desinformación es una de esas amenazas que están a la vista sin que miremos arriba, como cuando iban cayendo los meteoritos en la famosa película. Facebook es ya una red social lenta y gruesa. No satisface el ansia de chutes informativos rápidos ni el pico de exposición pública que hace cosquillas en el burbujeo social. La usa gente perezosa y falta de impulso para estar en las plazas más ruidosas, gente cada vez mayor. Demasiadas palabras. Lo que se diga con más de 280 caracteres es ya lento. Y lo que se diga con 280 caracteres o es estridente, picudo y ruidoso o resultará lento al lado de las imágenes directas o vídeos de otras redes sociales. El grueso de la información circula en frases rápidas e imágenes instantáneas. No habrá más razonamiento que el que quepa en tan estrecho formato. La brevedad y el impacto rápido traen consigo la amnesia de unos mensajes respecto de otros, se afecta a la opinión pública con mensajes contradictorios y sin discurso. La proliferación de falsos perfiles y su robotización extiende bulos, prejuicios y odios como una auténtica infección, porque no hay réplica eficaz si hay que decirla con más de 280 caracteres y tiene que consumir más de unos segundos de atención. Hasta la banal Facebook parece lenta y como de conversación calmada por contraste. Los grandes medios de prensa o televisión tienen muy pocos, muy poderosos y muy interesados propietarios. Los sesgos, las falsedades, la falta de independencia y hasta la participación en tramas mafiosas de los medios más influyentes son clamorosos. El daño de la desinformación no afecta solo a la percepción de la realidad, sino también a la percepción del conocimiento y sus fuentes. Vale más un disparate en 280 caracteres, si es un buen zasca, que la aclaración de un historiador que tenga estudios sobre el asunto. Que Toni Cantó nos dé lecciones de español y enseguida Nacho Cano lecciones de historia va con los tiempos.

Todo esto está a la vista. Sabemos que colectivamente deambulamos por la actualidad y la política como si hubiéramos bebido una botella de tinto en ayunas o hubiéramos esnifado algo, porque eso es la desinformación, una percepción distorsionada de la realidad y de la autoridad del conocimiento, un desajuste con lo que ocurre. Sabemos que un alboroto de borrachos solo beneficia al alborotador. Si alguien pretendiera que los poderes públicos pusieran normas para que no se acumulara tanto poder en tan pocas e interesadas manos, los desinformadores gritarían por la libertad y nos pedirían que no miráramos arriba. Y lo hacemos. Nadie votará a ningún partido por sus medidas contra la desinformación.

Las amenazas a la democracia son como un termitero, un conjunto de corrosiones morales, de tolerancias de lo intolerable, cada una con apariencia de pequeñez, que van extendiendo la caries que consume el tejido de las libertades. Todos los años tenemos docenas de mujeres asesinadas por ser mujeres. Aceptamos como normal que se debata si hay que hacer algo al respecto o no debemos mirar arriba, que después de todo también hay varones muertos por actos violentos, que la maldad no está en un solo sexo, que no instiguemos guerra entre sexos. Ahora están de actualidad los pinchazos de droga para eso que llaman «sumisión química» (menuda chatarra léxica). ¿Dirán que también ellos pueden ser pinchados? Cuando haya más ancianos que ahora (falta poco) y proliferen esas estafas que los desaprensivos hacen a los ancianos y ancianas, ¿dirán que no se haga nada para no criminalizar a los jóvenes y provocar guerras generacionales? ¿Dirá el Supremo de EEUU que las leyes antirracistas extienden presunción de culpabilidad sobre todos los blancos? Hay una campaña gubernamental para que mujeres obesas o de físico no agraciado se desafecten de la mirada de los demás y disfruten de la playa como todos. No presté mucha atención a la campaña. Pero me llama la atención que el académico y escritor de costumbre truene porque hace mucho que en la playa se ven físicos de toda condición y porque esta es una campaña para algo que ya está conseguido hace tiempo, para que parezca que el ministerio maldito logra algo, visto que no logra nada en el asunto de la violencia. Me llama la atención el trueno, porque todas las campañas son sobre cosas sabidas: ya sabemos que el tabaco y el alcohol son malos, que no hay que correr en la carretera, que el exceso de sol produce cáncer en la piel. Las campañas no se hacen para informar, sino para insistir en conductas. ¿Qué habría sido de las unidades antiterroristas cuando los atentados de ETA eran semanales si se les hubiera aplicado la lógica que se pretende para la violencia de género? ¿Pidió alguien que se abandonase la lucha antiterrorista cuando no había resultados? Lo que me llama la atención es cuánta reacción airada suscita cualquier campaña, acto o gesto que tenga que ver con la igualdad, como si eso fuera lo importante, y no la desigualdad en sí y esas docenas de cadáveres anuales que no parecen cabrear tanto. Estas ruinas morales son parte de ese termitero que nos amenaza sin que miremos arriba.