La guerra, la espada y el hielo

OPINIÓN

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en una imagen de archivo.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en una imagen de archivo. JUAN CARLOS HIDALGO | EFE

13 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Allá por 2004, Carod Rovira fue por unos días Presidente en funciones de la Generalitat, al estar Pascual Maragall de viaje oficial. Con tales galones, mantuvo por su cuenta y riesgo unas conversaciones directas con ETA que armaron un buen revuelo político. En una de sus viñetas, Peridis ponía a Maragall airado llamando melón a Rovira, mientras Rovira se excusaba diciendo que es que en aquellos días él era el presidente de una gran potencia mediterránea. Peridis mordía en ese narcisismo desmesurado que se deja ver en la vida pública. Algo así debió pasarle el otro día a Almeida con la dichosa broma de los humoristas rusos. El hombre se vio llamado por el alcalde de Kiev, en esta guerra que está en las agendas políticas más importantes del mundo, y debió sentirse, no como el presidente de una gran potencia mediterránea, sino como el representante de todas las potencias mediterráneas y atlánticas. Almeida, buscando mantener la mejor sintonía con su importante interlocutor, fue subiendo sus desvaríos políticos a medida que el humorista aumentaba el desbarro de su discurso. La altura de la representación de las potencias mediterráneas y atlánticas hacía difícil reconocer el embuste, así que el sainete alcanzó niveles de esperpento.

La cuestión no es la inocencia con que Almeida se dejó ridiculizar. Se destacaron estos días algunas perlas del diálogo. Mientras creía ser un alto representante político hablando con el alcalde de Kiev, dijo encantado y en tono oficial que había que deportar a Ucrania a los ucranianos refugiados aquí para que cumplan con su deber en la guerra. Y se unió también con alegría a los denuestos bélicos del falso alcalde llamando bastardos a los rusos que viven en España. No habría que mencionar el incidente si la cosa se redujera a la acreditada cortedad de Almeida. Pero hay algo que llama la atención en esta guerra: la alegría y la cantidad de soldaditos low cost que genera. Hay gente en España movilizada contra el asedio israelí a Palestina o contra la ocupación del Sahara por Marruecos. Son causas de tendencia perdedora y los que se manifiestan al respecto lógicamente no lo hacen con alegría ni con acentos bélicos. Es lógico que la brutal invasión rusa produzca la misma indignación. Pero es también una causa de tendencia perdedora. No es esperable que esto acabe replegándose Rusia con el rabo entre las piernas. Cualquier acuerdo imaginable le dará algo a Rusia que antes no tenía, mantendrá o aumentará la influencia rusa en Europa (ojo a las elecciones italianas) y dejará alterados los ejes internacionales. A pesar de ello, hay un montón de soldados de pacotilla, con certezas como piedras de las que muelen los riñones, gritando «por Ucrania», «a por los rusos» y creyendo que sus alaridos son la espada de la verdad contra el tirano. Tal excitación jubilosa no se alcanza solo por tener certezas. Es la tontuna del mequetrefe que se cree en el bando del matón del recreo. Creen que una guerra que golpea a la energía y la alimentación es una gracia en la que no vamos a perder nada. Y ahí estuvo Almeida, sin levantar un palmo de inteligencia ni moralidad por encima de esos soldaditos bobos, llamando con júbilo bastardos a los rusos que viven aquí y clamando por repatriar a refugiados ucranianos para que vayan al frente. Qué gozada tener razón.

Por eso, la cosa va más allá de Almeida, por circense que haya resultado su caso. Borrell insistió en que si te tiran bombas necesitas armas para defenderte y no diálogo, salvo que la paz consista en la rendición. Quién puede dudar de semejante evidencia. Pero no estaría mal saber qué más que mandar armas, con el entusiasmo de Almeida y el arrojo de los soldaditos low cost, y qué más que las acciones normales de guerra (embargos y similares) están haciendo nuestros gobiernos, qué canales diplomáticos se están activando y a qué actores internacionales que puedan influir se les está dando algún papel.