Decía el otro día en una entrevista Luis Zahera que le daba mucho coraje cuando los espectadores nos fumábamos en una tarde todo el trabajo que a él le había costado un año entero. El vicio de devorar series en los meses de lluvia nos ha llevado a consumir lo bueno en unas horas. Así que cuando Netflix estrena, por ejemplo, The Crown, la vida de la reina de Inglaterra y su familia se condensa rápidamente en un maratón de domingo. Y así, acabada la gran ficción de la temporada, nos entra de pronto un vacío que cuesta reponer. Porque si somos sinceros, la mitad de las veces el tiempo del domingo por la tarde se convierte en ese tedio de quien repasa con el mando a distancia los tráileres de pelis, series y documentales que nos atontan en la fatiga de una elección imposible. Así que cuando por fin te decides a darle al play a una serie, no pasan ni dos minutos y ya estás en el bostezo del aburrimiento. El tiempo de las plataformas es también el del absurdo, esa pérdida de minutos y minutos en un listado infinito de morralla que aceptas por aburrimiento y que te conduce muchas veces al desastre. Un día teníamos que hacer la selección al revés para alertarnos entre todos —«Las diez series de Netflix que no debes ver»— en un alivio conjunto que evite otro domingo de apalancamiento. Tenemos que borrar del catálogo las series que nos atizan y nos quitan tiempo. Hay que eliminar la morralla de nuestras vidas. Es preferible no tener opción y encaminarnos, en ese caso, a la aventura maravillosa de volver a los clásicos. Cuando el cine era lo mejor.
Comentarios