Asturias está en llamas, y para saberlo la gran parte del principado sólo tiene que asomarse a la ventana y mirar u oler. Asturias arde porque alguien le está prendiendo fuego, como la inmensa mayoría de los incendios tienen un autor. Un autor que es el responsable de esta catástrofe, de estas catástrofes mejor dicho, porque cada llama en el momento es una desgracia. Son esas desgracias que no tenemos en cuenta hasta que las tenemos a la puerta de casa o suceden de una forma masiva como ésta.
116 incendios activos en el Principado a las diez de la mañana del último viernes de marzo, que es cuando estoy escribiendo esto. 116 tragedias que nos golpean a todos. Asturias huele a humo y sabe a ceniza, por el momento no se ha perdido ninguna vida, y esperemos que así sea, pero sí que se han perdido animales, montes y edificaciones. La autovía del Cantábrico estuvo cortada y la capilla de Aristébano, emblema vaqueiro y, por tanto, asturiano, amaneció pasto de las llamas.
Bien es cierto que en esta sociedad tan líquida que está empezando a licuarse hemos dado la espalda al campo, se acercan al medio rural, que siempre se llamó «pueblo» desde la distancia del turista que trata de enseñar a los que allí viven cómo deben hacerlo. Ya nadie cuida los praos, las huertas se hacen sebe y los montes se aselvajan; yo y mi familia los primeros, a la hora de acusar me señalo el primero.
Esto pasa por muchas razones, porque no te dejan y lo prohíben todo, porque no hay necesidad y la propiedad privada exista para que cada uno en lo suyo haga lo que le plazca, porque se perdió esa costumbre tan bonita y necesaria de la sextaferia y porque cada uno vive para sí sin preocuparse del entorno y de los demás. Pero lo que es injusto y acto de populismo vulgar, como todos los populismos, es culpar del fuego a los propietarios y a los políticos; es lo fácil, renegad de aquellos que lo hagan y usen esta desgracia como campo de batalla político, porque debemos estar a algo más serio e importante: cuidar lo nuestro, apagar Asturias. Los incendios pocas veces surgen de forma espontánea, por no decir ninguna, siempre suelen tener un autor culpable de la fatalidad. Y siempre suele estar cerca: un vecino, una empresa, una brigada. No existen cientos de pirómanos, pero sí mucha gente interesada en que todo se chamusque.
Ahora que vemos arder nuestra tierra nos duele. Pero esto pasará y se nos pasará, y en unos días volveremos a ser ciegos y sordos con el medio, privilegiado y fantástico, una tierra que es el paraíso, que nos vio nacer, nuestro sitio de recreo. Una tierra que nos lo da todo y tantas veces la negamos y dañamos.
Que se acabe el fuego, que no olvidemos rápido y que los culpables paguen por ello. Quemar el monte es prender fuego a un trozo de cada asturiano, no hay perdón ni pena que lo pague.
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