Irrumpe entre sangre un cisne negro

Manel Antelo
manel antelo PROFESOR DE ECONOMÍA DE LA USC

OPINIÓN

IBRAHEEM ABU MUSTAFA | REUTERS

10 oct 2023 . Actualizado a las 09:26 h.

La guerra en Oriente Medio ha irrumpido como un cisne negro. Un cisne negro es un suceso sorpresivo y repentino que nadie tuvo en cuenta, por ser, a priori, altamente improbable, y que para bien o, generalmente, para mal acaba teniendo un impacto severo en la economía, al alterar de forma abrupta las expectativas, las estrategias y la dinámica de los mercados y las autoridades económicas. Sobre la contraofensiva bélica de Israel aún se desconoce cómo evolucionará en el tiempo, cuánto durará y si su onda expansiva amplificará mucho o poco la escalada de tensión a otros países de la región en la que, como es sabido, existen grandes productores de petróleo. Sin embargo, y con independencia de todo ello, la incertidumbre generada por el mero estallido bélico parece suficiente para que se encarezca el crudo y se genere el consabido efecto en cadena sobre los costes de producción y los precios finales. Así, el reto para el BCE de controlar la inflación se vería redoblado y, con ello, la batalla que libra con la clásica herramienta de subir los tipos de interés, aun a riesgo de que ello socave la inversión y la creación de empleo y nos acerque a la recesión.

Podría ser muy difícil para el euro evitar la paridad con el dólar, debido a que la dependencia de las importaciones de petróleo supera el 92 % y no debemos olvidar que el dólar sigue siendo hegemónico como moneda de reserva. Dicha vuelta a la paridad significaría un cambio de paradigma de Europa con las divisas; un cambio que puede mejorar la balanza comercial europea y amortiguar el riesgo de recesión, por cuanto las economías europeas, que dependen en buena medida del comercio exterior y las empresas globalizadas, saldrían beneficiadas de la mayor competitividad derivada de un euro debilitado.

Sin embargo, hay evidentes riesgos. El mayor de todos es que un dólar emparejado con el euro puede complicar la lucha del BCE contra la inflación. EE.UU. es uno de los principales suministradores de materias primas y, por lo tanto, un dólar apreciado obligará a los países de la UE a pagar más, encareciéndose así los precios finales para los consumidores. Teniendo en cuenta que, durante el 2022, Europa compró materias primas a EE.UU. por más de 372.000 millones de dólares (solo por detrás de China a quien compró por valor de 657.000 millones), esa colosal cifra se verá incrementada a menos que se busquen otros países suministradores que acepten euros y cuyas divisas se crucen más favorablemente con la moneda europea. Una alternativa altamente inviable.

Respecto a las transacciones de energía, el escenario se dibuja más nítido, pues EE.UU. suministra el 40 % del gas natural licuado y, asimismo, es un socio petrolífero importante, por cuanto suministró el 13 % de los barriles importados por Europa durante el primer trimestre de este año. Esto, junto con las importaciones de otros países que exigen dólares, hará que la apreciación del dólar nos lleve a un pico inflacionario y a que el BCE se vea obligado a adoptar políticas más restrictivas.

El panorama para España se presenta aún con más riesgos si cabe. Porque a lo anterior hay que añadir, como mínimo, el preocupante flanco débil que supone el cuantioso déficit y el elevado volumen de deuda pública. Como es sabido, tanto el déficit como la deuda resultan tanto más indigestos cuanto mayor sea el nivel de inflación, pues, sin ir más lejos, el gasto de personal de las Administraciones públicas, así como el pago de las pensiones, se multiplican. Y con volúmenes de déficit y deuda pública al alza, el escenario de una posible relajación en la política fiscal se desvanece, con lo cual se perdería una herramienta típica para estimular la inversión productiva y el empleo.