En bañador en enero

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Una de las terrazas de la playa de Arealonga, en Chapela, a rebosar este sábado
Una de las terrazas de la playa de Arealonga, en Chapela, a rebosar este sábado XOAN CARLOS GIL

Pues aquí estamos. Con bañistas en las playas. Con parques tomados por chavales en manga corta. Con camareros dando la vez para las terrazas. Todo muy normal y rutinario. Salvo por el pequeño detalle de que es enero. Sí, último fin de semana y lo que quieran. Pero estamos en enero. Enero y febrero son los dos señores guardianes del invierno, dos meses que deberían dar escalofríos con solo asomar la patita en el calendario. A nivel estacional, diciembre es, en realidad, un hermano pequeño. Y marzo, un primo lejano y hippy. Unos flojos. Pero de esta época del año cabría esperar algo distinto. Todos esos que aseguran que «estas cosas siempre han pasado» y «es algo de toda la vida de Dios» quizás deberían ilustrarnos con pruebas documentales, porque los termómetros continúan batiendo récords por todo el mundo. Quemamos registros a lo Serguéi Bubka. Día sí y día también. Luego, con estos bailes, como dice alguno, «las plantas se equivocan» y florecen cuando no toca, los insectos se lanzan a explorar otros parajes, alumbrando nuevas plagas, y los turistas... Pues ya se verá. Y, según parece, todo más acelerado de lo que calculaban inicialmente los expertos, los que llevan años avisando del lobo a las ovejitas. Todavía vendrá algún iluminado encantado porque se ha podido tomar estos días una caña con pantalón corto a pleno sol mientras pillaba bronceado. Y criticará a los amargados que ponen «peros» a este presunto buen tiempo. Es cierto que se pueden discutir las recetas, para que los efectos secundarios no machaquen siempre a los más vulnerables. Pero lo que es una locura es negar la enfermedad. A estas alturas, los negacionistas, más que crudo, lo tienen quemado.