Que una revista como The New Yorker haya cumplido cien años es un milagro que ahora Netflix acaba de documentar en un filme maravilloso y muy recomendable. Lo disfrutarán especialmente aquellos que entiendan el oficio de escribir, de editar, de corregir y de verificar la información. Hasta treinta personas se encargan en The New Yorker de hacer el trabajo de supervisión de un texto para contrastar que los datos son correctos. Les pongo un ejemplo. Llaman a un restaurante para comprobar que efectivamente cuando cogen el teléfono responden tal y como lo ha escrito el autor del artículo. Al frente de ese engranaje perfecto está, desde 1998, David Remnick, premio Pulitzer, que llega a decir en un momento del documental: «¡Es increíble que esto sea un trabajo!». Pero vaya si lo es. En un tiempo en que todo va rápido y se escribe cualquier cosa que se pueda leer en diez segundos, The New Yorker sigue fiel a su filosofía de aportar genialidad y humanidad, o lo que es lo mismo, profundidad, a sus lectores. Si eso es ser la élite —expresa en la cinta la escritora Chimamanda Ngozi Adichie—, es más que necesario. Vean cómo se hace una revista de verdad, observen el minucioso trabajo de poner y quitar comas, mayúsculas, puntos..., y cómo se pule con rigor una creatividad que solo las portadas de The New Yorker, de la increíble Françoise Mouly, han conseguido. ¡Qué inteligencia y qué talento! Sobrevivirán dos siglos más.
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