François Ozon adapta «El extranjero» de Camus con una belleza deslumbrante y reabre la herida colonial

Gloria Pintueles ASOCIACIÓN DE CINE LA QUIMERA

OPINIÓN

«El extranjero»
«El extranjero» Carole Bethuel

04 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

François Ozon, uno de los cineastas franceses más reconocidos de las últimas décadas («En la casa», «Cuando cae el otoño»), se enfrenta a la novela más célebre de Albert Camus con una adaptación tan refinada como incómoda. Rodada en un blanco y negro de gran sofisticación visual y presentada en la competición oficial del Festival de Venecia, «El extranjero» destaca por su rigor formal y por la interpretación contenida de Benjamin Voisin como Meursault. Bajo ese clasicismo depurado, sin embargo, late una tensión central que atraviesa toda la propuesta: cómo filmar hoy la Argelia colonial sin convertirla en una postal y hasta qué punto una estética tan pulida dialoga, o entra en fricción, con una obra que nació para romper con el idealismo y con toda ilusión de sentido.

Hay clásicos que llegan al presente como un desafío doble: el de la forma —cómo traducir a imágenes un texto que millones de lectores ya han imaginado— y el de la ética —cómo volver a mirar una obra marcada por las limitaciones, omisiones y contradicciones de su época sin convertirla en un objeto de museo ni en un ajuste de cuentas retrospectivo—. Ozon se aproxima a «El extranjero» consciente de que, con Camus, cada gesto y cada imagen pueden ser interpretados como una toma de posición. Su adaptación reactiva, de manera inevitable, la vieja polémica sobre lo que el Premio Nobel de Literatura dijo, o dejó de decir, acerca de la Argelia francesa.

Lo primero que conviene subrayar, sin rodeos, es que Ozon demuestra aquí una maestría cinematográfica indiscutible. Hay directores que sostienen una película con el guion, otros con el montaje o con los actores. Ozon lo hace, sobre todo, con la imagen. La luz y la composición parecen trabajadas con una minuciosidad casi obsesiva, como si cada plano buscara su propio equilibrio interno. Esa apuesta formal no es un mero ornamento: es el gran motor de la película y, al mismo tiempo, el lugar donde se instala la principal duda crítica: si una dirección artística tan limpia, tan controlada y tan conscientemente estética resulta adecuada para trasladar al cine una novela que, en su núcleo, aspiraba a despojar el mundo de sentido y de épica.

En Camus, lo perturbador no es tanto el crimen en sí que perpetra Meursault como el vacío que lo rodea. La prosa de «El extranjero» avanza desde una frialdad que no solicita empatía: frases cortas, una voz seca, casi indiferente a la emoción que cabría esperar. Ozon, en cambio, propone un viaje visual hipnótico, de una elegancia que conquista al espectador desde el primer momento. El problema no es esa seducción en sí —el cine vive de ella—, sino el riesgo de que empuje el relato hacia una forma de idealización que se aleja de la aspereza esencial del texto. Donde Camus erosionaba cualquier tentación romántica, Ozon se permite rozarla e incluso llevarla hasta un límite que, en algunas escenas —como la de la boya en altamar—, confunde la imagen con un spot de perfume de Giorgio Armani.

Esta tensión se vuelve más delicada cuando la película se presenta como una revisión con conciencia anticolonial. Ozon introduce una novedad significativa: da nombre al hombre árabe asesinado, intentando esquivar una de las críticas más persistentes a la novela, la invisibilización de los argelinos y la reducción de la víctima a una figura anónima e intercambiable. El movimiento es relevante y, además, inteligente: no reescribe el relato desde cero, pero tira de un hilo que el original había dejado apenas esbozado.

Sin embargo, esa voluntad de actualización convive con una puesta en escena que genera fricción. La Argel que vemos en pantalla, reconstruida a partir de localizaciones en Marruecos —principalmente Tánger y Asilah—, se filma con un fulgor que por momentos la acerca a una postal occidental. El propio Ozon ha explicado que rodar en Argelia fue imposible por las actuales condiciones políticas y que eligió Marruecos por su arquitectura mediterránea y por una luz muy similar a la de la costa argelina. El blanco y negro, además, permitió recrear digitalmente la bahía de Argel y completar un paisaje urbano convincente. El resultado es eficaz, pero también revelador y abierto al debate.

Esa Argel idealizada puede leerse incluso como un gesto realista: la Argelia colonial fue, para muchos franceses, una suerte de ciudad balnearia, un espacio donde hacer negocios y llevar una vida a la francesa, con un clima más amable y una sensación de continuidad «civilizada», con su dosis de exotismo. El cine de Ozon captura con precisión esa fantasía. Pero al hacerlo con tanto cuidado, con tanta tersura visual, corre el riesgo de suavizar su violencia estructural. La película señala el sistema racista y colonial, pero al mismo tiempo lo vuelve extrañamente habitable y disfrutable para los europeos.

De esa estética participan también sus dos figuras centrales. Benjamin Voisin (Meursault) y Rebecca Marder (Marie Cardona) están filmados con una fotogenia casi publicitaria. No se trata de su belleza intrínseca, sino de la insistencia de la cámara en convertirlos en imagen deseable, en cuerpos pulidos y casi perfectos, a la manera de las grandes figuras del cine clásico. En ciertos momentos, ese glamour resulta ajeno al universo de «El extranjero» original.

Sería injusto, no obstante, negar lo esencial. Benjamin Voisin ofrece una interpretación sólida y contenida de un personaje especialmente complejo e inaccesible. Meursault es opaco, esquivo, difícil de filmar sin convertirlo en símbolo o caricatura. El actor construye un retrato de desapego que impresiona por su coherencia: un hombre atravesado por el duelo materno, por un horizonte histórico convulso y por una intemperie moral que no sabe nombrar. La pasividad y el escepticismo recorren su conducta; incluso ante su condena, Meursault no articula un discurso de injusticia ni de arrepentimiento, como si la muerte fuera un acontecimiento más en la cadena de lo que sucede. En manos menos precisas, esa elección podría volverse vacía; aquí mantiene un peso específico.

Mi mayor reparo con esta versión de Meursault es, no tanto el trabajo —logrado y reseñable— de Voisin, como lo que la película decide subrayar en él. El personaje aparece excesivamente dramatizado, demasiado «profundo» en el sentido más previsible del término. Silencios cargados, miradas insistentes, una gravedad que lo vuelve más consciente de sí mismo de lo que debería. El Meursault de Camus no es un hombre sombrío: es indiferente, está ausente y eclipsado por el duelo materno y por un horizonte sin resquicio para la esperanza. No busca sentido, no lo fabrica ni lo inventa a posteriori. Y esa ausencia de trascendencia produce una forma extraña de ligereza: no frivolidad, sino una manera de estar en el mundo sin dramatizarlo.

El film, en cambio, lo reviste de un aura de antihéroe significativo. El efecto es paradójico: cuanto más se insiste en su misterio, menos misterioso resulta; cuanto más se encuadra su distancia como gesto relevante, más se acerca a la afectación. La escena de la propuesta de matrimonio lo ilustra con claridad. Marie irrumpe con vida y naturalismo, haciendo creíble su deseo. Meursault responde desde otro registro, como si no compartieran el mismo clima emocional, como si la indiferencia se hubiera transformado en una performance de frialdad. El desfase perjudica no solo a la pareja, sino al mecanismo central del relato.

Aquí es donde la fidelidad se convierte en trampa. Ozon parece empeñado en respetar el texto, en conservar frases, tonos y cierta musicalidad literaria. Pero lo literario funciona en la novela porque está filtrado por una voz narrativa. En el cine, esas palabras pasan al cuerpo, a la boca y a la escena. Necesitan transformarse en lengua oral, respirable. Cuando esa transposición no se afina del todo, lo que en la página era precisión se vuelve artificio y la distancia, declamación.

Aun con estas objeciones, «El extranjero» es una gran película y una de las propuestas más estimulantes de 2025. Precisamente porque Ozon no cae en la tentación de explicar el enigma y porque entiende, aunque a veces lo subraye en exceso, que Camus se construye tanto con lo que muestra como con lo que calla. Su adaptación afronta una dificultad muy contemporánea: cómo traducir un clásico anclado en las tensiones de su tiempo al exigente filtro ético del presente, sin convertirlo en manifiesto ni en absolución. En ese pulso, Ozon sugiere, corrige y desplaza, pero no impone una lectura única. Y quizá ahí resida su logro más sólido: permitir que la obra siga siendo incómoda.

Su apuesta formal, incluso cuando genera dudas, es también lo que hace que la película permanezca. Salí de la sala de cine con la sensación, cada vez más infrecuente, de haber visto imágenes que me acompañarán un tiempo. Por eso, incluso cuando el preciosismo roza la contradicción, prefiero quedarme con lo que el film activa: el deseo inmediato de volver a la novela, de releer ese inolvidable íncipit que nos recuerda que un clásico es, entre otras cosas, aquello que no se agota y que resiste el devenir de los tiempos por su capacidad constante de ser reinterpretado.

Si este año el León de Oro hubiera querido premiar una película capaz de abrir un debate estético, moral y político de calado, «El extranjero» habría sido una candidata más estimulante que la decepcionante e intrascendente última propuesta de Jim Jarmusch («Father, Mother, Sister, Brother»), que se alzó con el galardón. Pero esa es otra cuestión que bien merece crítica aparte…