Lo que nos ha hecho humanos es el fuego y lo que nos está poniendo en peligro es vivir de espaldas al fuego y a la emergencia climática. Esta reflexión encapsula la paradoja de nuestra era, podemos intentar encapsularla en palabras concepto como la era del Piroceno o, dada la intensidad de los eventos recientes, como Infernalia.
El fuego ha sido una fuerza evolutiva fundamental y un factor intrínseco de nuestro planeta desde que las primeras plantas colonizaron la Tierra hace cientos de millones de años. Para el Homo sapiens, el control del fuego fue un punto de inflexión biológico y cultural. Según Eudald Carbonell, codirector durante décadas de los yacimientos de Atapuerca, expone que «el control del fuego y la cocina fueron fundamentales en la evolución humana, facilitando cambios físicos y sociales, así como el crecimiento cerebral».
Cocinar permitió una mayor ingesta calórica y alimentos desintoxicados, lo que a su vez facilitó el desarrollo de cerebros más grandes, dientes más pequeños, intestinos más cortos y, crucialmente, comportamientos sociales complejos como el lenguaje y la cooperación. Las hogueras extendieron las horas de vigilia para el intercambio social y contribuyeron al origen de mitos y leyendas, la verdadera cultura basada en la transmisión oral que cohesionó pueblos y grupos de humanos, hasta la invención de la escritura.
Sin embargo, a medida que las sociedades humanas se tecnificaron (con el advenimiento del Piroceno tardío o Petroceno), nos desconectamos de esta relación simbiótica. La percepción del fuego se ha limitado a observarlo como una perturbación que debe evitarse a toda costa, un concepto erróneo que fomenta una relación contraproducente. Este olvido del papel natural y cultural del fuego, sumado a la emergencia climática (calentamiento global, sequías más intensas, estrés hídrico forestal) y a unas políticas forestales productivistas, olvidándose de la gente y de los ecosistemas y, por supuesto, del clima mediterráneo y del cambio climático, han creado un escenario de riesgo extremo.
El Despertar de 2025: un territorio abrasado
El verano de 2025 ha sido un recordatorio brutal de esta desconexión. Hasta finales de septiembre de este año, se quemaron en España algo menos de 400.000 hectáreas, consolidando una tendencia alarmante en el arco mediterráneo continental. Desde 1961 han sido recorridas por el fuego más de 9,1 millones de hectáreas, lo que supone un enorme fracaso de las políticas forestales y de las políticas públicas. Recordemos, sin ir más lejos, que en el año 2022 ardieron en España aproximadamente 310.000 hectáreas forestales —es decir, algo menos que este año—, siendo uno de los peores años del siglo XXI, según datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS).
Esta cifra representó casi el 40 % de la superficie calcinada en toda la Unión Europea en aquel año, lo que convirtió a España en el país más afectado por los incendios forestales en la UE. Sin embargo, ni durante el año 2022 ni en el 2025 se ha visto ninguna asunción de responsabilidades por parte de los profesionales que gestionaban estos ingentes presupuestos tanto en prevención como en extinción.
Hemos presenciado la manifestación de grandes incendios forestales convectivos, que se propagan con tal velocidad e intensidad que a menudo escapan de la capacidad de extinción humana. La tragedia de 2025 se extiende más allá de la pérdida inmediata de al menos ocho vidas humanas, de bosques y biodiversidad. Se han perdido extraordinarias zonas de matorrales de gran valor ecológico, también bosques maduros y zonas protegidas que se declararon precisamente por su interés bajo determinadas condiciones, y no bajo el enorme impacto de fuegos descontrolados. También se han producido graves efectos sobre los suelos, como señala el geólogo Antonio Aretxabala, subrayando que los peores efectos son la erosión del suelo fértil y la pérdida de humedad de los primeros estratos.
Esta pérdida de la cubierta vegetal y bacteriana amenaza con la contaminación de acuíferos y aumenta el riesgo de inundaciones catastróficas en otoño y primavera, como ya hemos visto con los arrastres provocados por las lluvias de todo este suelo fértil y de cenizas que contaminarán las aguas.
Un ejemplo desolador de zona protegida afectada y no vigilada fue el incendio que arrasó la Zona Arqueológica de Las Médulas, en León, a principios de agosto de 2025. En esta mina de oro romana, el fuego calcinó totalmente la cola de lavado de La Brea y afectó a la casi totalidad del Sector 3, el principal sector de explotación. Los depósitos de agua y los canales de la red hidráulica sufrieron serios daños, y los canales de evacuación de estériles actuaron como «tubos de propagación» del fuego. Además, instalaciones clave como los miradores de Orellán, Las Pedrices y el Aula Arqueológica quedaron calcinadas. Es decir, ni siquiera las zonas declaradas Patrimonio de la Humanidad han sido protegidas.
Aunque el cambio climático genera condiciones meteorológicas extremas, es crucial recordar que nueve de cada diez incendios forestales en España son provocados por la mano del hombre, ya sea por negligencia o de forma intencionada. El aumento de estos megaincendios es un síntoma claro del abandono rural y de la falta de planificación.
Un nuevo modelo: mosaico, participación ciudadana y otros profesionales
Frente a la impotencia de la extinción pura, que ha sido el modelo desarrollado durante décadas por los actuales responsables de la gestión del fuego en España —es imposible ganar la «carrera armamentística» contra la magnitud de la energía liberada en los grandes incendios—, el foco debe trasladarse a la prevención y a la adaptación. En España, la prevención y la extinción son responsabilidad de las comunidades autónomas desde hace décadas, y este sistema se ha visto desbordado año tras año por la realidad.
Sin embargo, después de la gran tragedia resulta curioso comprobar cómo se han vuelto a asumir las mismas tesis de quienes han estado gestionando el sector forestal durante los últimos 70 años. En algunos análisis de este sector se han olvidado las 800.000 hectáreas de cultivos forestales. Recordemos, por ejemplo, que España ya tiene más hectáreas de Eucalyptus globulus que la propia Australia, o que se siguen extendiendo estas masas sin ningún tipo de control ni gestión, incluso hasta la misma linde de las casas o en espacios protegidos como las Fragas do Eume, que ya cuentan con un 13 % de eucalipto (¿hay que recordar cuánto costó eliminar el eucalipto de Monfragüe o de Doñana?). Este espinoso tema debería analizarse con nuevos enfoques de cara a 2026 y, sobre todo, a los años venideros, con el riesgo aumentado de un cambio climático cada vez más acelerado.
También hay que recordar los tres millones de hectáreas repobladas y no gestionadas, así como el abandono rural que continúa produciéndose, con aldeas que se despueblan cada vez más en toda España. Los «falsos consensos» entre expertos de los mismos lobbies de la biomasa, de la maquinaria forestal o de las certificadoras, que proponen intervenir masivamente en los ecosistemas forestales —incluso con propuestas de ejecución de hectáreas anuales—, chocan frontalmente con cualquier enfoque científico mínimamente serio.
La solución pasa por un cambio de paradigma en la gestión del paisaje, que implique una «cultura de la precaución y la emergencia». En lugar de soluciones simplistas y homogéneas, el objetivo debe ser planificar sierra a sierra y valle a valle. En muchas zonas es imprescindible crear paisajes en mosaico. Los mosaicos de ecosistemas —bosque y no bosque— son más resilientes, y su variación a escala de paisaje, la pirodiversidad, mejora la biodiversidad.
En este sentido, es necesario eliminar la vegetación pirrófita alrededor de casas y carreteras. En el año 2017 no murieron decenas de personas por esta causa de puro milagro. Los espacios protegidos necesitan más personal y más cuidados que otras superficies que históricamente se han considerado menos relevantes para la sociedad.
La participación ciudadana en el sector forestal también debe incentivarse y hacerse efectiva. No se puede desarrollar una política forestal contra la gente, como ya se ha visto a lo largo de la historia de este país. Además, es imprescindible generar empleo en el medio rural y fijar población que vigile y controle los ecosistemas forestales de forma continuada, según una planificación rigurosa; no se puede «ir por allí» únicamente cuando se producen incendios. Las brigadas de extinción deben reconvertirse en brigadas forestales que, durante todo el año, vigilen y gestionen los ecosistemas forestales.
De cara al verano de 2026, la preocupación por los incendios adquiere una nueva dimensión dramática debido a un acontecimiento astronómico: el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026. Este fenómeno, el primero visible en España en más de un siglo, se espera que atraiga a millones de turistas adicionales a la estrecha franja de totalidad.
En última instancia, el desafío que enfrentamos en 2026 es el mismo que reveló la devastación de 2025: la necesidad de dejar de vivir de espaldas al fuego y a los ecosistemas. Solo una gestión territorial basada en la prevención, en la restauración funcional y en la aceptación del fuego como parte intrínseca de la biosfera nos permitirá coexistir de manera sostenible en el Piroceno tardío.
Alejandro Sacristán es divulgador científico.
Fernando Prieto es el Director del Observatorio de Sostenibilidad de España.
Comentarios