Como es tradición, en la noche del seis de enero se falló con cierta solemnidad el legendario Premio Nadal. Por lo visto este año han participado más de mil doscientos (cándidos) escritores, obstinados en tentar la suerte como esos niños que dirigen los ojos a la luna esperando que ella les responde con un guiño amistoso. Se suele decir que los premios literarios y en general casi todos son una lotería, un descarado cara o cruz, pero qué va, ni mucho menos, en la lotería al comprar un número nos exponemos al capricho de la suerte, pero sabiendo con absoluta seguridad que alguno de los jugadores se llevará el premio por muy difícil que sea conseguirlo.
En cambio, optar al galardón literario con la novela estupenda y originalísima que nos ha tenido ocupados varios meses y con la que nos sentimos plenamente satisfechos, es un puro ejercicio de masoquismo, solo compensado por el hecho de que al menos la obra la tenemos guardada en el disco duro del portátil a la espera de mejores tiempos. Y así una vez tras otra nos podremos seguir presentando indefinidamente a nuevos premios si la historia que se cuenta en la novela es intemporal y mantiene su vigencia. En el peor de los casos la adaptación para actualizarla se reducirá a un oportuno cambio de fechas acompañado tal vez de un cambio de título, total cinco minutos de rectificación es muy poco tiempo.
Como decía al principio, los románticos que han soñado durante las navidades con el Nadal 2026 superan los mil doscientos, no está mal, son muchos sparrings que pelean de forma gratuita y con gran entusiasmo. Lo cierto es que cuando la noche del fallo manos inocentes han abierto la plica correspondiente a la obra unánimemente elogiada por el jurado, se han quedado estupefactos al comprobar que el autor es nada menos, ¡Eureka!, que David Uclés, el peso pesado más valorado en este momento en el topten de la narrativa. Lo cual confirma, seamos justos, el buen ojo del jurado, no han premiado precisamente a un cualquiera, sino al fogoso padre de la Península de las casas vacías, novela de la que según parece se han vendido más de trescientos mil ejemplares y está traducida a no sé cuántos idiomas.
Si este joven ubetense (como el gran Muñoz Molina) de treinta y cinco años, de estudiado aspecto de hípster rural, físico adecuadamente frágil y acento parecido al granaíno de García Montero, ha presentado una obra de categoría parecida a la Península, como es de esperar de una pluma deslumbrante como la suya, el éxito de ventas está garantizado para Editorial Destino. Como consuelo, los derrotados podrán quedarse con que al menos el premio en esta ocasión no se lo han concedido frívolamente a una cara conocida de la televisión o a la señora que lo consiguió tres años antes que su propio marido. Nada que objetar por mi parte, hablo en serio, calidad literaria les acompaña tanto a Uclés como al matrimonio (más a él), lo que ya resulta un poco más cuestionable es que aceptaran sin rubor ser premiados de antemano colaborando con Destino en ese juego sucio que consiste en convertir al incauto concursante en un mero comparsa cuya participación, unida a la de otros mil corazones ilusos, otorgará al Nadal o al Planeta la categoría de premio prestigioso.
Y desde ese trampolín del prestigio popular, ganadores y sobre todo editores, se embolsarán unos buenos euros, igual que (si se me permite la irreverencia) los soldados romanos se repartieron las ropas de Jesús a los pies de la cruz. En definitiva, Planeta ha fichado para su cuadra a este Uclés que hasta ahora era el mejor jinete de Ediciones Siruela. Se lo ha birlado por las bravas, como según se dice hizo tiempo atrás con Javier Cercas y Manuel Vilas, vaya usted a saber a cambio de cuántos compromisos. No es nuevo el descubrimiento, año tras año se viene repitiendo este fenómeno parecido a un timo institucionalizado, sin que hayamos tenido noticias de la creación de una plataforma de participantes agraviados por la farsa, como sería lógico que ocurriera. El caso es que el chasco se termina olvidando a toda prisa para que el arañazo cicatrice pronto, y mientras tanto las convocatorias seguirán apareciendo para que una nueva remesa de corazones ilusionados se una a la cofradía de corazones decepcionados.
Y así, unos por otros, a los lectores poco les importa que ese libro que acaban de comprar sea consecuencia de tejemanejes entre bastidores, han oído a sus amigos que la historia premiada «engancha» y no se preguntan más, el chicle da igual que sea de fresa o de menta, el caso es morder y morder para aliviar la ansiedad. Nunca ha sido un mundo precisamente muy limpio el editorial, pero en descargo de la descalificación se puede argumentar con humor que tampoco estamos siempre seguros de la calidad que nos ofrecen los restaurantes y no por ello dejamos de disfrutar de la comida, mal que bien sobrevivimos a intoxicaciones y alergias y hasta brindamos con un buen vino de la tierra. O sea, que aunque comamos en casa para soportar la cuesta de enero, si por un casual el asunto de los escritores vejados sale a colación, aceptamos que no hay derecho a que los lectores seamos tratados con tan poco respeto, pero cuando tras el postre venga el cortado cambiaremos de tema, por muy internacional que sea la procedencia de los participantes en el premio. Y eso que en este momento tan venezolano proliferan en España cientos de miles de ciudadanos-abogados que sin el menor rubor mencionan el Derecho Internacional como quien tararea una canción del viejo Sabina.
Es fantástico escuchar o leer a comentaristas que se hacen inmediatamente eco de las opiniones de los grandes plumas y las interiorizan, la coincidencia de pareceres es total, la unanimidad de valoraciones asombra. Que el oso Tran ha violado los más elementales preceptos del Derecho Internacional se ha convertido en un estribillo recurrente desde que se llevaron al inocente Maduro a Nueva York. Lo curioso es que casi nadie ponga al otro lado de la balanza tan graves consideraciones como que el sátrapa tiene enjaulados desde hace muchos años a casi un millar de presos políticos, a los que tortura o asesina a su antojo; como que el número de exiliados que tuvieron que escapar de Venezuela antes de ser defenestrados en las mazmorras del tristemente célebre Helicoide parece alcanzar la cifra de muchos cientos de miles; como que este payaso sin escrúpulos usurpó el gobierno al candidato vencedor en las elecciones en 2024; como que la represión que sufren los valientes opositores es feroz; como que las dudas por la relación de Maduro con el narcotráfico no paran de crecer.
Para impedir toda esta serie de desmanes, pocos invocan el Derecho Internacional, lo verdaderamente inadmisible es que Tran haya secuestrado-raptado-capturado-detenido al máximo responsable de esos horrores. En silencio opinan no pocos demócratas que mucho mejor sería que Maduro continuara tiranizando a sus anchas al pueblo venezolano, la injerencia en el devenir de los países es intolerable-monstruosa-rechazable como lo fue en tiempos de Castro y todavía hoy en el rancho nicaragüense del abominable Ortega. Por lo visto, el despotismo es merecedor del máximo respeto si el sátrapa es de izquierdas, otra cosa es que lo practique la derecha, en ese caso la revuelta social empezará a orquestarse armoniosamente con un despliegue de medios que involucrará al pobre ciudadano. Lo estamos comprobando día a día con los sucesos de Irán, a pesar de que los manifestantes muertos ya son casi tres mil, apenas se oyen voces críticas con el régimen. Asuntos internos de un país. En este contexto de efervescencia mundial, la mejor novela ganadora tendría por título: «Derecho Internacional propiedad de la Izquierda Internacional». Sin embargo, si por un momento son honestos esos atribulados españoles, no dudarían en celebrar abiertamente que setenta u ochenta años atrás, un ejército mesiánico hubiera violado el sacrosanto Derecho Internacional para derrocar a Franco. Calma, pongamos a remojo las barbas y para distraer la inquietud estemos positivamente expectantes ante lo que nos cuente Uclés en su novela, creo que dentro de tres semanas estará a la venta. Seguramente en la fase de promoción también a él le escucharemos invocar con solemnidad el decálogo de los Derechos Humanos, la singularidad del momento político impone recitar de memoria el catecismo, en caso contrario correrá el peligro de vender menos novelas de las calculadas por Destino para rentabilizar los treinta mil euros del premio. Y sería una pena, con lo mucho que le gusta la pasta al chaval. Punto y final.
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