¿Guerra Mundial? Riesgo real en un orden en descomposición: Del matonismo geopolítico a la erosión del derecho internacional

OPINIÓN

Trump, en el aeropuerto de Mar-a-Lago.
Trump, en el aeropuerto de Mar-a-Lago. Kevin Lamarque | REUTERS

24 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

1. Introducción: cuando el alarmismo deja de serlo

Hablar hoy de la posibilidad de una guerra mundial ya no es un ejercicio de exageración retórica ni de catastrofismo infundado. Es, por el contrario, un análisis prudente de un contexto internacional marcado por la desestabilización sistemática de los equilibrios construidos tras 1945. La reaparición de Donald Trump como actor central —con su estilo imprevisible, agresivo y abiertamente hostil al multilateralismo— no es un fenómeno aislado, sino el síntoma más visible de una enfermedad más profunda: la normalización del abuso de poder en las relaciones internacionales.

Las guerras globales no estallan de forma súbita; se incuban lentamente, al calor de decisiones irresponsables, discursos de odio, debilitamiento institucional y líderes que confunden fuerza con impunidad.

2. Trump y la banalización del poder: del derecho a la amenaza

Trump no ha ejercido —ni parece dispuesto a ejercer— como un estadista clásico. Su concepción de la política exterior se basa en la lógica del chantaje, la humillación del adversario y la instrumentalización del miedo. Amenazas militares, abandono de acuerdos internacionales, desprecio hacia Naciones Unidas y la OTAN, y un lenguaje propio de la intimidación más que de la diplomacia.

Este comportamiento tiene un efecto devastador: legitima la idea de que el poder permite ignorar las normas. Cuando esa lógica emana de la principal potencia militar del planeta, el derecho internacional queda reducido a un marco decorativo.

Las recientes actuaciones y declaraciones de Trump en relación con Groenlandia, Irán y Venezuela añaden un factor de especial gravedad a un contexto internacional ya profundamente inestable. La consideración de Groenlandia como un activo estratégico susceptible de compra o presión política, al margen de su estatus jurídico y de la soberanía del Reino de Dinamarca, revela una concepción patrimonial del poder incompatible con el derecho internacional y con los principios que sostienen el sistema de alianzas occidentales. A ello se suma la intensificación de la retórica belicista frente a Irán, con amenazas implícitas y explícitas que elevan la tensión en Oriente Próximo, así como la persistente instrumentalización del conflicto venezolano mediante sanciones, presiones unilaterales y discursos de intervención, que han contribuido a cronificar la inestabilidad regional y el sufrimiento social. Estas actuaciones comparten un mismo patrón: la normalización de la intimidación como herramienta diplomática, el desprecio por la legalidad internacional y el riesgo evidente de provocar errores de cálculo con consecuencias globales, especialmente en escenarios donde confluyen intereses militares, energéticos y estratégicos. Cuando la fuerza sustituye a la ley, la paz deja de ser un derecho y pasa a ser una concesión precaria.

3. El efecto contagio: autoritarismos en expansión

Trump no actúa en el vacío. Su estilo encuentra eco y refuerzo en otros líderes y regímenes: Rusia, con Vladimir Putin, ha demostrado que la invasión territorial y la guerra de agresión pueden ejecutarse desafiando abiertamente el orden jurídico internacional. China combina un poder económico y tecnológico creciente con una política exterior cada vez más asertiva, especialmente en el mar de China Meridional y respecto a Taiwán. Corea del Norte sigue utilizando el chantaje nuclear como herramienta de supervivencia del régimen. Europa asiste al avance sostenido de la extrema derecha, que cuestiona la UE, relativiza el Estado de Derecho y coquetea con discursos nacionalistas excluyentes.

España no es ajena a esta dinámica, con fuerzas políticas que trivializan el autoritarismo, erosionan consensos democráticos y banalizan el lenguaje del enfrentamiento. Este contexto genera un sistema internacional más fragmentado, más armado y menos previsible.

4. Comparación histórica: ecos inquietantes del siglo XX

El paralelismo con los años treinta del siglo pasado resulta incómodo, pero necesario. Entonces también se subestimó a líderes que parecían caricaturescos, se toleraron violaciones del derecho internacional y se confundió apaciguamiento con prudencia.

La Primera Guerra Mundial nació de una cadena de provocaciones y errores de cálculo. La Segunda, de la tolerancia hacia el expansionismo autoritario. Hoy concurren elementos de ambos escenarios: bloques armados, alianzas tensionadas, nacionalismos exacerbados y una creciente deshumanización del adversario. La historia no se repite, pero castiga con dureza a quienes deciden ignorarla.

5. Cálculo probabilístico: ¿es inevitable una guerra mundial?

Desde un enfoque racional y probabilístico, una guerra mundial no es inevitable, pero sí más probable que hace dos décadas. Los factores de riesgo se acumulan: Multiplicación de conflictos regionales interconectados. reconfiguración de alianzas militares. Proliferación de armas avanzadas y ciberconflictos. Liderazgos personalistas con escaso control institucional.

Sin embargo, también existen factores de contención: la interdependencia económica global, el recuerdo histórico, la disuasión nuclear y la presión de las sociedades civiles. El riesgo no es cero ni es total; es creciente y depende, en gran medida, de decisiones políticas concretas.

6. ¿Qué pueden hacer las instituciones?

Las instituciones internacionales deben recuperar centralidad y autoridad real: reforzar el papel de Naciones Unidas, especialmente en prevención de conflictos. Blindar el derecho internacional humanitario frente a su instrumentalización política. Fortalecer la Unión Europea como actor geopolítico autónomo y coherente. Sancionar de forma efectiva las violaciones graves del orden internacional, sin dobles raseros.

La debilidad institucional es el terreno fértil del autoritarismo.

7. El papel de los líderes democráticos

Los líderes democráticos deben abandonar la política reactiva y el cálculo electoral cortoplacista. Se necesita valentía política, pedagogía social y una defensa firme de los valores democráticos, incluso cuando no generan rédito inmediato.

Callar ante el abuso, mirar hacia otro lado o relativizar discursos extremistas no es neutralidad: es complicidad pasiva.

8. Ciudadanía: la última línea de defensa

Finalmente, la ciudadanía tiene un papel insustituible. La historia demuestra que los grandes desastres no solo se explican por líderes irresponsables, sino también por sociedades desmovilizadas o anestesiadas.

Defender la paz hoy implica: Informarse críticamente. Combatir la desinformación y el odio. Exigir responsabilidad a los gobernantes. Defender las instituciones democráticas y los derechos humanos.

9. Conclusión: evitar lo evitable

Una guerra mundial no es un destino escrito, pero tampoco una fantasía imposible. Dependerá de si el mundo opta por la ley o por la fuerza, por la cooperación o por el ego, por la memoria o por la amnesia histórica.

La paz no se mantiene sola. Se construye, se defiende y, cuando es necesario, se protege frente a quienes la convierten en un simple daño colateral de su ambición.