«Lupus frater, homo spurius»

OPINIÓN

Imagen aérea del lugar del choque entre dos trenes en Adamuz (Córdoba)
Imagen aérea del lugar del choque entre dos trenes en Adamuz (Córdoba) Susana Vera | REUTERS

25 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

1. El individuo

La necesidad es el punto de inflexión. La necesidad de que las necesidades inherentes a toda persona sean satisfechas es la condición para hablar con propiedad de una comunidad, una comunidad sana, incluso de poder enunciar que hay una comunidad de individuos. Un individuo lo es solo cuando no depende del capricho de otro individuo, o individuos, para ser individuo de derechos intransferibles. No podemos hablar de comunidad si el otro, o los otros individuos, se distancian precisamente en cuanto otro, u otros, en tanto distinción o franquicia, estableciendo una disimetría por la que no es posible atesorar los derechos que cubren las necesidades, en primerísimo lugar las consideradas básicas para la vida, las vitales.

George Bataille escribió en cuadernos filosóficos franceses que «el perfecto desarreglo (el abandono a la ausencia de límites) es la regla de una ausencia de comunidad». Esta ausencia se iguala a la ausencia de vida, porque si estoy muerto dejo de pertenecer a la comunidad, en la que precisamente debe (no debe de) prevalecer el derecho a evitarme la muerte a través de los medios de los que se dota la comunidad para no dejarme morir, si es posible, o aliviar mi enfermedad. Al contrario, el desistir de algunos miembros de la comunidad, me arroja al entorno de esta, arrebatando mis derechos vitales, pero no mis servicios para que la comunidad siga viva, viva y boyante para quienes se han «desindividualizado» en el proceso histórico, constituyéndose en individuos dominantes extremos que disuelven hasta los huesos la comunidad de partida que se asentaba en el principio de insuficiencia, que la Sociología tiene en el centro de sus competencias por la deriva que ha tomado nuestra rama evolutiva, a su vez fraguada por otras seleccionadas (Darwin, Wallace), para ser y seguir siendo: somos porque somos sociedad de iguales (cuando menos, en lo primordial, que ya es mucho para tantos), libres y fraternos, justamente fraternos para sobrevivir en comunidad, una comunidad inclusiva.

2. Los superhombres

Esta fraternidad, sin embargo, se ha dilapidado por movimientos radicales que, y esto es troncal, reiteran y reiteran, hasta calar en la comunidad, el advenimiento de superhombres, en absoluto concordantes con el imaginado por Nietzshe es sus desvaríos. El calado de este catecismo laico es tal porque el aguacero no da respiro y, así, los excluidos contemplan el Diluvio Universal no como «una» realidad, sino como «la» realidad. Aquello que observamos en las comunidades de otras especies que se asocian, como la del lobo, esta paradoja evolutiva no se da. Ciertamente, entre los lobos hay un orden jerárquico, pero nadie es arrojado (solo en ocasiones) a la marginalidad. El principio de insuficiencia hace que un lobo («lupus») sea hermano («frater») del lobo, contrariamente al hombre («homo»), que solo será bastardo («spurius») del hombre, salvo de apariencia o palabra cínica. Escribió Javier Marías: «Como si de hecho no fuéramos siempre también los demás además de nosotros».

Para ser, el principio de insuficiencia tiene que prevalecer; por eso, en la comunidad del animal hombre se agosta el ser, aunque no sabe que se ha quedado solo: es el perdedor. En la cultura estadounidenses se expresa sencillamente: «Tú eres un perdedor; yo soy un ganador». Este «profundo» pensamiento, ya grabado en las piedras de todo lugar, contrasta, sin que ello nos deslice hacia una aporía, por mucho que lo parezca en razón a nuestra vocación de infieles con los hechos, con las proposiciones de Cristo, al que invocan los «ganadores» deliberada e hipócritamente en donación a sí mismos. El leitmotiv del cristianismo, del que se desprenden groseramente, sin tapujos, aquellos, es la demanda de una sociedad en comunión. Sartre denominó «grupo de fisión» a todo colectivo alucinado con su designio de ser portador de la «verdad» (léase aquí, por ejemplo, las élites de cualesquiera de los apartados, y bien apartados, ecosistemas que brotan constantemente, y sin cortapisas, en la comunidad). Esta fusión adquiere una magnitud que cae en el arrebato (léase aquí, por ejemplo, los beneficios crecientes de la banca).

Cuando miembros de una comunidad alcanzan el éxtasis, no desigual al experimentado por santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz (este quizá el prototipo de místico más logrado), liquidan, encierran en toneles de líquido radiactivo a la comunidad entera. Maurice Blanchot no apunta al gregarismo como causa de la extinción, gregarismo común en las sociedades animales, sin que por ello se diluyan, como sí acontece en la sociedad animal que se adjudica el apelativo de «humana», aunque para un animal silvestre humano este apelativo equivale muy certeramente a feroz. El intelectual francés observa que la sociedad animal humana (o sea, con rastro de salvajino) se excluye del resto de sociedades por el «exceso» de algunos de sus miembros en la acumulación de todo dicha que, aparte de combatir la “insuficiencia” de partida del ser, la sobreabundancia le infunde una infinita «suficiencia» en un medio de recursos limitados.

3. La muerte

Es en la muerte del prójimo donde una sociedad se hace sociedad: los demás importan. Contradistinto: cuando los demás (del subgrupo secundario) mueren sin provocar en el otro subgrupo (el de los principales) respeto, la sociedad no es sociedad. En la DANA de Valencia, sujetos concretos del segundo subgrupo, llevan más de catorce meses ajenos a las víctimas del subgrupo secundario. En el accidente ferroviario de Adamuz, muchos de esos mismos concretos principales, al que se han sumado otros, no han esperado a que finalizasen los tres días de luto oficial para recoger la sangre de los 45 fallecidos y arrojarla a los que ya consideran responsables, aun sin pruebas, aun investigándose la causa o causas, y, en concreto, una principalísima, rebasando los usos y costumbres atesorados en el joyero de la razón mínima, adelantándose al funeral de Estado sin rubor en el vilipendio hacia los muertos y los vivos de los muertos, monta en el templo de los templo de la España de la sobreabundancia una «misa nacional», que, para escarnio añadido, se abstuvo de hacer con los ahogados de Valencia. Esta misa será un canto glorioso a la desatada metástasis del cuerpo social. La relación sana con los otros no manosea el fallecimiento, a no ser que esa sociedad se aposte impúdica en La Almudena, donde tendrá lugar el cónclave satánico.

No es pretensión recurrir a la mitología griega y rescatar, como hizo Georges Bataille en su «Teoría de la religión», a Acéfalo, un ser sin cabeza, para reclamar una comunidad no piramidal, comunista en los teóricos términos marxistas. Basta con abastecerse con la idea de «sacrificio», por la que los individuos se dan, descomponiendo sus egos, aunque sea en proporciones chicas, en favor de quienes habitan las mastabas inferiores de una pirámide que no habría de ser erigida como la de Keops, alta y afilada, sino como la de Djoser, la primera levantada en Egipto por el arquitecto Imohtep para su faraón en la primera mitad del tercer milenio a.C., que es más achatada, representando una sociedad con menos insolencia clasista. Tampoco hay que suscribir el concepto de «abandono de uno mismo», porque, entonces, esa comunidad perecería por utópica: una agrupación en torno a una divinidad o una comunista en torno a otra inexistencia, que podríamos aparear, con Lévi-Strauss, con la figura idílica del «buen salvaje».

4. Las pasiones

Dicho desde otro sesgo: la decapitación del jefe de la tribu ancestral, en la interpretación freudiana, supone el paso de la horda a una sociedad reglada bajo la autoridad de un padre (el asesino del jefe) y la conversión de los salvajes en sus hermanos e hijos, sin atisbo de bastardos. Pero es obvio que las pasiones de los autocalificados «animales superiores» relegan las reglas (Constitución, Derecho Internacional, libertad de mercado y no oligopolios…) a un papel residual. Las pasiones son las hacedoras de las cabezas imperiales, económicas o políticas, relegando al resto de los individuos sobrantes, no obstante imprescindibles, al servilismo, originando otra raza de Acéfalos, por cuanto los serviles lo son por haber sido descabezados por una aristocracia (en lo sustancial, ¿qué ha cambiado desde los tiempos de los patricios romanos?) que ha asaltado el «Santa Sanctórum», donde se guardan las Tablas de la Ley una vez «repasadas» por la Ilustración.

El asalto a la reliquia de las reliquias (del pacto de Dios con el hombre al pacto del hombre con el hombre), a la Ley de Leyes, se revela como la violación de la soberanía transcendental, devastando lo que el asesinato, real o ficticio, del caudillo primigenio supuso: una sociedad de dignos, sin descartados. Porque es el respeto a lo nuclear de cada uno lo que nos constituye como uno, entendido, en negativo, ese uno como un uno sin los demás no es uno. Es un ir más allá del orteguiano «yo soy yo y mi circunstancia». Es un resituarse entre los otros: yo en comunicación con los yoes, que es la motivación para formar una comunidad donde yo llego a ser yo con las demás, porque si no yo no llego a ser yo. Un lobo repelido por su manada es un verdadero lobo, pero no un lobo verdadero.