Este 2026 se cumplen 25 años del comienzo de Operación Triunfo, un fenómeno televisivo que en aquel 2001 se sumaba al reality Gran Hermano, que justo había comenzado un poco antes. Esos 25 años son los que nos separan de hitos mediáticos que reunieron por última vez a toda la familia alrededor de la tele. La final de OT, que tuvo lugar en febrero del 2002, alcanzó una cuota de pantalla del 68% y juntó a familias enteras (tuvo casi 13 millones de espectadores) que oyeron aquel grito de Carlos Lozano: «¡Rooosaa!». El mundo se paralizó igual que meses antes cuando Ismael, en julio del 2000, se había llevado el maletín de GH.
Hoy no somos los mismos. Solo el fútbol es capaz de juntarnos a todos. Nos hemos encapsulado en el individualismo de que cada no vea lo que le apetece mientras, además, chatea con el móvil. Hemos perdido concentración, pero quizás lo que no hemos modificado es nuestra capacidad de identificarnos con los mismos personajes. Veinticinco años después hubiésemos vuelto a hacer ganadora a Rosa, en esa fascinación por darle la medalla al que viene de abajo, al que sufre y se transforma. Ese voto de confianza se lo hubiera llevado de nuevo el vozarrón de Rosa, en ese instinto salvador y demiúrgico del espectador. Veinticinco años después, ¿haríamos ganadora a una mujer resuelta como Chenoa? Mmm.Creo que no.
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