Ya más de veinte millones de años atrás pululaban unas desviaciones de primates (desviados a su vez de criaturas inverosímiles) que no presagiaban nada bueno. El infausto presagio se confirmó trece o catorce millones de años después cuando, en África, un tipejo se desgajó del muy poco fiable ancestro de los chimpancés e inició la andadura que desembocó en lo que se ha dado en llamar, casi nada, «humano»: un puto primate que, no mucho después del inicio del Pleistoceno, empezó a hacer cosas inéditas y alarmantes con sus extremidades en el transcurso de una reorganización progresiva de su fisonomía, desde el cráneo hasta el bajo vientre. Caminando sin dificultad mayor (hoy en día, la postura erguida no está del todo conseguida, y no llegará a su término por los «curiosos» hábitos de ocio y trabajo), recorrió largas distancias y, pequeños grupos, en tiempos dispares, cruzaron a la península Arábiga desde el cuerno de África (y aún desde otros pasos), expandiéndose en direcciones este y norte, y desde este este y este norte, a todo límite sin apenas limitaciones.
Desde hace poco menos de dos millones de años encontramos a putos negros (la piel oscura era un requisito para ser y transformarse en homínidos en climas de intensa radiación solar). Estos negroides habían dado un salto espectacular en sus capacidades cognitivas, muy concretamente en el talento para el mal: sin disolver los instintos, añadieron un colosal razonamiento para, sin escatimar en exterminadores extremos, hacerse con el control de los demás. Acelerados por una imaginación desbordante, una audacia sin par, una curiosidad irrefrenable, colonizaron la mayor parte de los ecosistemas y, en consecuencia, de esos putos negros emergieron otros putos colores, donde el blanco resultó ser el más feroz. El puto blanco se ha erigido como la culminación de la Creación desde los tiempos de Adán y Lilith (esta, antes de Eva). Y llegaron tiempos ciertamente espeluznantes. Sin ir más allá de nuestra era: Roma, el Medievo, el colonialismo (Leopoldo ll de Bélgica como uno de los corolarios), el nazismo. Y regresa. Regresa el racismo y la xenofobia a las tierras de los putos blancos, a ambos lados del Atlántico, y ha hincado sus garras en la España del cianuro a cuenta de la regularización de medio millón de inmigrantes (en 2005, cientos de miles de ellos contribuyeron a mejorar las vidas de los que somos herederos de tribus y pueblos de pieles blanquitas, entroncadas con las negritas, que fueron invadiendo esta «España nuestra»; contribuyeron también a dar más de lo que gastaban en sanidad y otros servicios públicos). Los fascistas dicen que «no cabemos todos». Los fascistas hablan del «gran reemplazo». Los fascistas intoxican con el infundio de que en 2027 votarán, naturalmente, a Pedro Sánchez.
La Olor a Muerte 7291, no ha mucho, le espetó a Vox que quién iba a «limpiar» nuestras casas si echábamos a los miserables que llegaban a desempeñar trabajos no muy apetecidos por los «nativos». En su perenne y exitosa demagogia (los imbéciles no paren de crecer: conejillos de indias; ¿acaso es imposible ver lo que nos engaña?: solo hace falta reconocer nuestra miseria, aunque sea levemente, para responder al interrogante), la de Sol cambia repentinamente su discurso y dice que serán regularizados, no los extranjeros de «bien», sino los putos menesterosos, los mismos a los que antes se refería con «humana humanidad». Hasta los ultras católicos, pero ya no apostólicos ni romanos desde la ascensión a los Cielos de un tal Juan Pablo II, piden, cuan renovada cruzada, que no se marque la casilla de la Renta en favor de la Iglesia: la Conferencia Episcopal defiende a los menesterosos, salvo el mitrado habitual, el charlatán que usa el nombre de Dios en vano. Si Jesucristo estuviera esta temporada por aquí, arrojaría de sus templos a los implacables adulteradores y perversos corruptores de su mensaje de misericordia.
Pero ninguno de esos mezquinos sabe, ni querrá saber, que venimos de un puto antropoideo («parecido al hombre») que los paleontólogos han bautizado como «Proconsul» y, luego, entre otros, de los putos «Afropithecus», «Sivapithecus», «Gigantopithecus», «Ardipithecus», «Australopithecus», grandes simios y un no escaso número de especies del género «Homo», que a saber cuál es nuestro ancestro directo, aunque esto carece de relieve en la presente tesitura. Haya sido quien haya sido el último, nosotros, todos nosotros, somos hijos de los putos negros y, por consiguiente, somos todos unos putos negros con cantidades dispares de melanina por adaptación. O sea, que somos unos putos primates y, más allá, unos putos gusanos de mierda en una puta mota de polvo cósmico. Y pronto, antes de lo que no queremos ni imaginar, seremos también nosotros puto polvo.
Dos anotaciones
Es un honor tener un presidente que trate de amparar a los niños y adolescentes de las deyecciones de los tecnohijoputas yanquis. Es un horror que en 2027 nos vayan a gobernar quienes ahora se desentienden de esta principalísima tarea, bien por infame oportunidad (Feijóo y adyacentes), bien por deleznable respaldo a los hijoputas (Abascal y adyacentes), instalándose así ellos en la misma nauseabunda pocilga de aquellos.
El Hijo del Padre e hijo de madre mortal, que la unión de dioses con mortales de muy antiguo viene, dijo, según Juan: «Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra». Y hete aquí que la dueña y señora del cortijo madrileño y pepero tiró no una sino varias piedras a los machitos progres, olvidándose zorramente que los machitos también están entre los fachas, y especialmente entre ellos, como el alcalde de Móstoles, despreciable entre los despreciables, al que ella y su cohorte canalla blindaron (blindaron al verdugo) y echaron a la plaza pública (Puerta de Sol), desnuda y tiritando, a la víctima y, como dan a entender a su parroquia zombi que están libres de culpa, la lapidaron. Pero hay aquí encerrada una inesperada parábola: ella, sucia, y sus sucias y sucios jaleadores son los que ahora son diana de las piedras, muy justa y merecidamente).
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