La polémica entre Pérez-Reverte y David Uclés sobre la Guerra Civil vuelve a plantear el debate en términos culturales, pero deja fuera a quienes no eligieron bando, sobrevivieron sin gloria y regresaron a casa sin victoria.
14 feb 2026 . Actualizado a las 13:12 h.Vaya por delante que siempre me ha caído bien Pérez-Reverte. Admiro, quizás envidio, su fogueo como corresponsal de guerra. Valoro la defensa que siempre hace de la historia de España, fustigando a mucho revisionista de patacón. Y me fascina su universo estilístico, cimentado sobre un sentido del humor en peligro de extinción. ¿Que está rosmón? Ya nos gustaría llegar así a los 74 años. Conviene advertir también que aún no he tenido ocasión de leer a David Uclés, última sensación literaria. Hechas las salvedades, en la polémica sobre el congreso nonato de Sevilla, que se iba a llamar 1936: La guerra que todos perdimos, voy con Reverte. Por instinto generacional, siempre estaré más cerca de outsiders como él o Cercas, insumisos heterodoxos que pese al clima asfixiante siguen ejerciendo la libertad de pensar y escribir lo que les da la real gana. Y en la Guerra Civil, mi brújula siempre ha sido mi abuelo Ángel.
Ángel Morán Morán. Nació en Los Barrios de Luna, montaña leonesa, el 18 de junio de 1918. No hace falta estudiar en Salamanca para calcular que lo lanzaron al horror de la guerra con 18 años mal cumplidos. Primero a Tetuán, base militar desde la que Franco preparó la insurrección. Allí recibió una instrucción acelerada y se tatuó un corazón en el antebrazo. Tras los velos de las mujeres del norte de África alcanzó a ver rostros bellísimos. Es lo único que contó. Después, el puente a la Península, Despeñaperros, el Maestrazgo, el Ebro. Nunca le gustó contar batallitas, no le debieron quedar ganas. A veces recordaba el bombardeo de la Aviación Republicana sobre un pequeño pueblo de Teruel, a la salida de misa. Sobrevivieron cuatro gatos huyendo monte a través. Luego Lleida, la Seo de Urgel, la entrada en Barcelona. La victoria oficial fue una posguerra atroz. En la gran ciudad no había nada que llevarse a la boca: «Salíamos a los pueblos del interior a comer fruta y remolacha que entresacábamos con el fusil». En los cinco años que duró aquel infierno solo una vez logró permiso para volver a Los Barrios, gracias a algún chanchullo que no recuerdo. Al licenciarse le dieron una medalla que nunca nos enseñó. Y rechazó ser policía militar, la vida solucionada, para casarse con mi abuela Lala y volver a las ovejas. Ateo, observador escéptico, más bueno que el pan, antes de que aquella cabeza prodigiosa se fuera al diablo me animó a ser objetor: «Ya hice yo mili por mí y por los nietos de mis nietos».
Así que lo siento, Uclés. Mi abuelo también perdió aquella maldita guerra. Nació con ella perdida. Era el hombre más guapo del pueblo, pero jamás le vi cara de vencedor. Tenía 18 años a medio cumplir cuando se fue. «La generación interrumpida» los llama ese otro gran iconoclasta que es José Luis Garci en Volver a empezar. «Ejemplo de esperanza, amor, entusiasmo, coraje y fe en la vida». Perdieron todos. Los del monte, los exiliados, los asesinados en las cunetas. Los vencedores fueron un puñado de apellidos que aún retumban.
La siguiente guerra, ya se está librando, será generacional. El empobrecimiento juvenil gangrena el mundo entero. Muchos boomers, que seremos mayoría hasta la extinción, ya estamos llegando a la casilla del parchís donde no te comen. Y los jóvenes, que ganan sueldos indecentes y no encuentran dónde vivir, votarán a Vox o al diablo mientras esto no se arregle. Podemos perseguir el trampantojo del franquismo otro medio siglo pero nuestra guerra ya no es esa. No obstante, conviene puntualizar estas cosas ahora que está de moda jugar a ser fascista, travestirse de fascista y tomar cañas con fascistas. Porque ya saben: si camina como una cabra, parece una cabra y huele a cabra, lo más probable es que sea una cabra.
LA FOTO HISTÓRICA
El miliciano de Robert Capa (Revista Life). La épica del fotoperiodismo de guerra a menudo colisiona con el rigor. Como la niña del napalm en Vietnam, muchas imágenes fundacionales no resisten un fact-checking actual. La ausencia de rictus de dolor y el análisis del terreno sugieren una puesta en escena.
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